sábado, 8 de marzo de 2014

Falta de códigos (por L. Bruschtein)

Dos personas reclaman por seguridad. Una de ellas ha sido asaltada. La otra es un político en campaña que reproduce calcado el mismo discurso. Una de las dos está mintiendo y obviamente no se trata de la que ha sido víctima de la inseguridad. El enojo y el dolor, el sentimiento de impotencia y vulnerabilidad ante la violencia que ha sufrido, explica la reacción exaltada, la necesidad y la exigencia de una respuesta inmediata. No solamente la explica, sino que además despierta un sentimiento de identificación y solidaridad en el resto de la sociedad. El político, en cambio, utiliza ese discurso para usurpar el lugar de la víctima, está tratando de capitalizar esa reacción, aunque sabe que lo que sucedió no puede ser reparado, que lo que se haga tendrá efecto mayormente como prevención hacia el futuro, y sabe que aún así será necesariamente en forma parcial y progresiva, porque no puede haber resultados inmediatos.

Los políticos son los primeros en identificarlo cuando uno de ellos está usando la inseguridad como tema de campaña. Cuando una persona ha sido víctima de un delito violento resulta ilógico y hasta cruel tratar de discutir con ella, lo único que se puede hacer es solidarizarse con su dolor y tratar de contenerla. Cuando un político imita el discurso de la víctima está buscando la misma reacción, o sea que cualquier intento de discutir con él sea identificado como un acto desnaturalizado en detrimento de la víctima y a favor de los victimarios.

Esa metodología transmite la apariencia de abordar la problemática de la inseguridad, pero en realidad la está blindando ante cualquier intento de hacerlo y discutirla desde enfoques ciudadanos que puedan traspasar la ilusión de respuestas inmediatas y milagrosas. Y se trata justamente de un problema que requiere la convergencia de miradas diferentes y de una reflexión que pueda superar incluso, en el caso de las víctimas, la ira y el dolor que enturbian más de lo que aclaran.

Es una metodología también que pone en juego las peores herramientas de la política, porque no se motoriza sobre el afán de justicia, sino sobre el temor y el dolor de las personas. Convierte el temor y el dolor en mercancías para la demagogia. Son mecanismos emotivos que han usado los peores tiranos para justificar sus excesos.

Ha sido una práctica habitual de las dictaduras. Lo cual no implica que todos los que las usan sean tiranos, pero se ubican en los niveles más bajos de calidad cívica donde la carga demagógica y emotiva es tan fuerte que obstaculiza y ensucia la posibilidad del debate democrático. El debate es instalado en un terreno pantanoso, en una situación similar a la de alguien que tratara de imponer racionalidad en una turba futbolística.

La oposición reculó en bloque cuando detectó que Sergio Massa usaba estos mecanismos para embestir contra la reforma del Código Penal, en la que varios de sus miembros habían participado como parte de la comisión multisectorial que trabajó durante dos años. No le importaron los argumentos ni si era necesaria la reforma ni desautorizar a dos de sus figuras más prestigiosas, el radical Ricardo Gil Lavedra y Jorge Pinedo, del PRO, con tal de zafar rápidamente y dejar solo al oficialismo. La Coalición Cívica se había negado a integrar la comisión multisectorial porque no concibe que pueda existir la necesidad de consensos que incluyan al oficialismo.

La reforma del Código no se ha plasmado todavía como proyecto. No se ha llegado a discutir ni a presentar. Más allá del ámbito del derecho y la Justicia no se entiende la importancia del tema, por qué es necesario y por qué requiere consenso más que aprobación por mayoría y minoría y mucho menos entienden los aspectos técnicos. Se trata de un debate no nato y toda la campaña de Massa ha sido justamente para impedirlo.

La consigna principal de esa campaña ha sido que la reforma del Código está pensada para favorecer a los delincuentes y no para proteger a los ciudadanos. El rechazo del debate, la forma extremista como está planteada y el momento en que se lanzó muestran más la urgencia de Massa de recuperar espacio para sostener su candidatura presidencial para el 2015 que preocupación por la inseguridad.

Hay periodistas que vienen repitiendo que Massa ocupa el primer lugar en encuestas que nadie ha visto. Ha sido siempre la forma de Massa para instalarse como candidato. Pero las primeras encuestas que aparecieron mostraron a Daniel Scioli por delante de Massa, que a su vez tiene problemas para retener al voto conservador no peronista que tiende a migrar tras la candidatura de Mauricio Macri. Además, la estrategia del ex intendente de Tigre apuesta a mostrar una imagen ganadora para traccionar dirigentes del peronismo. Es más difícil hacerlo si aparece segundo, tercero o cuarto a nivel nacional en las encuestas.

La embestida furiosa contra la reforma del Código está más relacionada con esa necesidad electoral del massismo que con una preocupación real sobre el tema. Básicamente porque la esencia de la reforma en realidad es la unificación de legislación que ya existe y que se fue superponiendo a lo largo de décadas. Lo nuevo que se agregue seguramente tendrá un tratamiento diferente. Como gran parte de esa base electoral conservadora no peronista en disputa es radical o macrista, con esta maniobra Massa trató de dejar emblocados a la UCR y al PRO con el oficialismo.

La reforma del Código fue asumida por una multisectorial porque se trata de normas que encuadran la convivencia de la sociedad en su conjunto y que por consiguiente exceden al pensamiento de una sola fuerza política, sea del oficialismo o de la oposición. La CC despreció la participación en esa tarea y el Frente Renovador no existía cuando se formó la comisión. Las fuerzas de oposición que se incorporaron junto con juristas y expertos asumieron esa responsabilidad cívica porque entendieron la importancia del tema y no para secundar al oficialismo. Fue una actitud elogiable que se desmereció ahora con el apresuramiento a desdecirse ante la ofensiva demagógica del Frente Renovador.

Massa adelantó los tiempos electorales porque necesita retener su base electoral y está obligado a mantener autoinflada una imagen ganadora para atraer a otros dirigentes del peronismo. Los partidos de oposición plantearon entonces que no es el momento para discutir la reforma del Código, con lo que un tema de fondo fue finalmente postergado por un juego político que adelanta la competencia electoral.

De todos modos, el uso de soluciones mágicas, absolutas e inmediatas para problemas complejos durante una campaña electoral es un recurso de baja calidad. Esta campaña ubica al Frente Renovador como un heredero del viejo peronismo menemista, con las mismas artimañas que se le han cuestionado a la vieja estructura del PJ bonaerense. No hay ninguna renovación en ese sentido, sino por el contrario, la repetición de viejas mañas.

El problema de la inseguridad no se resuelve con la reforma del Código Penal y menos con su rechazo, pero su debate forma parte de un proceso para buscar soluciones e incluso para agilizar el ejercicio de la Justicia al facilitar el trabajo de los jueces. Usurpar el discurso de las víctimas con fines electorales es un recurso puramente demagógico y como tal siempre tendrá un efecto contrario al que dice perseguir. Las consecuencias de llevar al extremo ese discurso han sido, entre otras frustraciones, Aldo Rico como jefe de la Bonaerense y Juan Carlos Blumberg como legislador ad hoc. En todo caso, el problema de la Justicia y la inseguridad tendría que ser más importante que la circunstancia de una disputa electoral.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Relata, relata que algo quedará

Cuando hablan o escriben del “relato (K)” están diciendo: “este Gobierno construye un verso para que te lo creas pero en realidad no es más que eso, un verso, una ficción, una total falsedad imaginada para los giles propios y los despistados ajenos”. Cuando hablan o escriben del “relato (K)” también están diciendo: “nosotros, que de esto sabemos mucho porque ya lo vivimos en otro tiempo, nosotros, que a este gobierno le sacamos la ficha al toque, te vamos a ayudar para que te des cuenta del gran verso de estos tipos”.

La imposibilidad de asistir a todas las posibilidades de expresión que “la realidad” tiene para ofrecernos obliga a que, en la enorme cantidad de los casos, esa realidad deba sernos transmitida por alguien: es ahí cuando nace el relato. Nada más normal y atávico que esto.  

Lo gracioso e insólito de los medios de comunicación enfrentados al gobierno (porque si algo los define es la subestimación intelectual hacia sus destinatarios) es la pretensión de hacer creer que la realidad argentina es producto de un único y falaz relato (el relato K). En ningún momento le insinúan a sus lectores la posibilidad de que ellos también, cada día, están construyendo un relato, otro relato, de esa realidad. No, la propuesta alucinada de estos medios es hacer creer que en la realidad argentina hay dos opciones: su interpretación falsa (el relato K) y su interpretación verdadera, la realidad real, la indiscutible (obviamente, la de ellos).

Afirmar y repetir incansablemente que toda versión del gobierno es una total falsedad, una pergeñada impostura tiene la intención de simplificar al máximo cualquier lectura o interpretación de la realidad. Los medios de comunicación no enfrentan al “relato k” en sus contenidos, simplemente lo descalifican, le imputan una completa falsedad. ¿Qué más perverso que un grupo de personas que deciden construir una Gran Mentira con el fin de engañar a toda una sociedad? En lo que estos medios parecieran no reparar (porque saben del adiestramiento de sus consumidores) es en la posibilidad de que esta estrategia frente al enemigo sea leída como una auto confesión.  

A continuación presento una lista de notas publicadas en apenas cuatro medios en cuyo título es posible leer la palabra “relato (K)”. Se trata de una lista parcial, en absoluto completa. Por supuesto, esta lista no incluye las otras cientos de notas que incluyen la idea de “relato (K)”. La obsesión, recurrencia y estrategia de instalar la idea de un (falso) relato K en torno a la realidad argentina nos conduce a la hipótesis de “el relato del relato”.
           

La Nación:

* Relato e impunidad, el refugio que busca Cristina (F. Laborda)

* El kirchnerismo y la guerra del relato (F. Laborda)

* El nuevo relato de Cristina que nos lleva a 1952 (F. Laborda)

* Golpe al corazón del relato (F. Laborda)

* Nueva fase del relato K: ahora, a los jueces (F. Laborda)

* El poder cristinista, el relato oficial y los límites de la sociedad (F. Laborda)

* Cristina, del Día del Relato Oficial al tan mentado 7-D (F. Laborda)

* Cristina, presa de la fragilidad de su relato (F. Laborda)

* El país de las maravillas del relato cristinista (F. Laborda)

* El nuevo relato de Cristina: las uvas están verdes (F. Laborda)

* El relato K para los nuevos desafíos (F. Laborda)

* Un cúmulo de contradicciones y distorsiones en el relato K (F. Laborda)

* El fin de la épica, ¿el fin del relato? (O. D'Adamo)

* Mística e identidad: las cuatro fases de la relatocracia (O. D’Adamo)

* El relato cambia, para que nada cambie (P. Mendelevich)

* El capítulo onírico del relato K (P. Mendelevich)

* Yahuar, más preocupado por el relato que por la realidad (C. Mira)

* Farándula K: los traductores del relato (L. Di Marco)

* La Presidenta, ante un relato que se aleja de la realidad (J. Oviedo)

* Inflación, interés y el relato que no cierra (J. Oviedo)

* Un relato, el único plan de Gobierno (J. Oviedo)

* Relato y victimización en lugar de política (J. Oviedo)

* Los peligros de un nuevo relato (G. Montamat)

* Construir un relato alternativo (G. Montamat)

* El “relato” y los cortes de luz (Editorial)

* La imagen del “relato” nos cuesta demasiado (Editorial)

* Brasil jerarquiza su educación y Argentina, el relato (Editorial)

* El fútbol, al servicio del relato kirchnerista (Editorial)

* YPF, otra frustración del relato kirchnerista (Editorial)

* El “relato” y la mentira (Editorial)

* Un relato oficial plagado de flagrantes contradicciones (Editorial)

* La desaparición de Julio López y los límites del relato (Editorial)

* Una década ganada sólo en el relato (Editorial)

* YPF, con tanque lleno, no depende del relato (P. Sirvén)

* Boudou, el personaje preferido del “relato” K y anti K (P. Sirvén)

* Un relato kirchnerista se estrelló en Washington (A. Ventura)

* La épica del relato llegó a la ciencia (H. Sábato)

* El Gobierno configuró un relato cuando debió instalar el diálogo (E. Galli)

* El relato de la antipolítica (M. Devoto)

* Un “nosotros” ausente en las grietas del relato oficial (F. Sandez)

* Otro relato para el país que viene (F. Pinedo)

* Las mil y una noches del relato kirchnerista (F. Seminario)

* Economía, interpretación y relato (E. Levy Yeyati)

* El guardían del relato kirchnerista (M. Veron)

* La outsider que discutió el relato kirchnerista (J. Fernández Díaz)

* Otro relato de la Argentina kirchnerista (J. Morales Solá)

* Contradicciones de un relato que prescinde de la realidad (J. Morales Solá)

* En busca de un nuevo relato (N. Scibona)

* Un giro en la política militar y en el relato ideológico (R. Fraga)

* La venganza del relato (D. Larriqueta)

* El Gobierno no cree en su relato (M. Rodríguez Yebra)

 

Clarín:


* Cuando se acaba la política del relato (Van der Kooy)

* Cristina, sin relato y con más enemigos (Van der Kooy)

* El relato naufraga frente a la adversidad (Van der Kooy)

* El modelo y el relato K están en crisis (Van der Kooy)

* Como tambalea el relato, vuelven las guerras (Van der Kooy)

* Sobra el relato, pero faltan las respuestas (Van der Kooy)

* A pesar del relato, algo no anda bien (Van der Kooy)

* Un relato con militares, gendarmes y policías (J. Blanck)

* Conflicto a la vista entre relato y realidad (J. Blanck)

* La crisis del relato K, clave en la histórica elección de la izquierda dura (L. Fernández Moores)

* En 2014, publicitar el relato K costará unos 3 millones por día (A. Alfie)

* El desendeudamiento, otro relato más (J. Lanata)

* Chau relato, hola ajuste (J. Lanata)

* El próximo proyecto de Guillermo Moreno: escribir "El relato del Modelo" (J: Blanco)

* Relato K: ya se gastan 2 millones por día para difundir actos de gobierno (M. Bidegaray)

* El relato épico sobre YPF, sometido a un examen (M. Bonelli)

 

 Perfil:

 
* Celebraron el Día de la Memoria con relato K y críticas a Macri y Clarín

* Diccionario del relato K (P. Mendelevich)

* Relato económico (R. García)

* Relato blanqueado (A. Leuco)

* Relato vs realidad (A. Leuco)

* Ni el endeudamiento ni el relato evitarán el ajuste (E. Szewach)

 
El Cronista:
 

* Directv, la operadora preferida del relato k

* Hay más deseo de purificar el relato que de corregirlo (H. de Goñi)

* Una luz roja que atraviesa el telón del relato (H. de Goñi)

* El aggiornado relato kirchnerista también incluye al Fútbol Para Todos (B. Vázquez)

* El costo del relato (M. Tombolini)

* Se viene el film de Caetano: ¿una autocrítica del relato K? (M. Pérez)

* Democratizar la Justicia o ¿una nueva trampa del relato K? (M. Pérez)

* Con el relato no se resuelven los problemas (P. Pérez Paladino)

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Las grietas del doble pacto (Marcelo Sain)

(Este texto fue publicado en la última edición de El Dipló, Diciembre 2013 (antes de los acontecimientos de estas últimas semanas), por Marcelo Sain, Diputado provincial por Nuevo Encuentro y director del Núcleo de Estudios sobre Gobierno y Seguridad de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo).

En agosto de 2011, dos meses antes de las elecciones presidenciales, en el marco de un ajuste de cuentas entre grupos narcos de San Martín, en la provincia de Buenos Aires, se produjo el secuestro y asesinato de Candela Sol Rodríguez, una niña de 11 años. La policía bonaerense, bajo la supervisión directa de sus jefes superiores y de las propias autoridades ministeriales, construyó una presunta banda criminal a la que le imputó el hecho. Lo hizo utilizando testigos de identidad reservada vinculados al mundillo criminal de baja estofa o que eran informantes de la propia policía. Ello fue posible porque el fiscal dejó en manos policiales la conducción de la investigación y consintió, junto al juez de garantías, el armado de la causa.

El objetivo era ocultar las extendidas relaciones construidas desde hace más de una década entre la policía y los grupos narco que operan en San Martín. En septiembre de 2012, la Comisión Especial de Acompañamiento para el Esclarecimiento del Asesinato de Candela Sol Rodríguez, creada en el Senado provincial, confirmó la vinculación del crimen con el narcotráfico. Los legisladores no se anduvieron con eufemismos: “Algunos funcionarios policiales, denunciados por sus vinculaciones con el narcotráfico y referenciados de una u otra manera en la causa, son narco-policías que cobran a las bandas locales para que operen libremente”.

En octubre de 2012, el jefe de la Policía de Santa Fe, comisario general Hugo Tognoli, fue detenido sospechado de proteger a grupos narco que operaban desde hacía mucho tiempo en las grandes ciudades de la provincia. A partir de entonces, fueron detenidos numerosos jefes y oficiales acusados de formar parte de emprendimientos narco o de tener algún tipo de vínculo con ellos. En junio de este año la justicia federal imputó a Tognoli, junto a otros policías, como partícipe necesario del comercio de estupefacientes agravado por su rol de funcionario público.

En septiembre pasado, efectivos de la Dirección de Drogas Peligrosas de la Policía de Córdoba, incluyendo al jefe, fueron detenidos. En el marco de la causa judicial y a través de los sucesivos testimonios que se conocieron y de los eventos que ocurrieron desde entonces –entre ellos los supuestos asesinatos de dos policías que fueron presentados como suicidios–, se supo que, desde mucho tiempo antes, los policías cordobeses, de estrechísima relación con la Drug Enforcement Administration (DEA) estadounidense, protegían narcos y regulaban el negocio a cambio de dinero y drogas.

Los tres casos confirman la idea central de este artículo: el Estado, a través de las prácticas ilegales de sectores activos y poderosos de sus policías, no sólo forma parte del narcotráfico, sino que ha sido el factor determinante de su expansión y configuración actual.

El tema es tanto más grave cuanto que la clase política, sea de derecha, centro o izquierda, lo rehúye, y para ello apela a gambetas discursivas: algunos dirigentes han señalado que los poli-narcos son funcionarios deshonestos institucionalmente aislados que no comprometen al resto de la organización ni, muchos menos, a sus responsables políticos. Otros indicaron que los policías implicados son víctimas inofensivas de operaciones mediáticas de la oposición. Unos pocos dan cuenta del problema pero no comprenden su envergadura institucional. La mayoría guarda un activo silencio.

Lo que se intenta ocultar es que el involucramiento policial en el narcotráfico es la consecuencia inevitable de una modalidad de gestión del crimen inscrita en un doble pacto de gobernabilidad de la seguridad pública que se impuso en Argentina desde los años 80. Este doble pacto implicó, por un lado, la delegación del gobierno de la seguridad por parte de las sucesivas autoridades gubernamentales a las cúpulas policiales (pacto político-policial). Y, por otro lado, el control de los delitos, y en especial de la criminalidad compleja, por parte de la policía a través de su regulación y su participación (pacto policial-criminal). Este doble pacto está en la base del problema actual.

El doble pacto

Desde la recuperación de la democracia en 1983, la política argentina se desentendió de la seguridad pública. Se impuso, casi unánimemente, el desgobierno político de la seguridad y, junto a ello, la gobernabilidad policial de la seguridad, lo que se tradujo en la delegación de la gestión de la seguridad a las cúpulas de las instituciones policiales y en la conducción autónoma de éstas.

Esta delegación se explica por dos razones. Por un lado, la consideración en el mundo político de que las instituciones policiales, aun conservando las mismas bases funcionales, orgánicas y doctrinarias que se establecieron cuando fueron creadas hace medio siglo, y aun reproduciendo casi las mismas prácticas represivas y corruptivas del pasado, constituyen el principal instrumento institucional para el control del crimen y la gestión de la conflictividad social. Y, por otro lado, la tradicional apatía e incapacidad con que los sucesivos gobiernos abordaron los asuntos de la seguridad pública, y fundamentalmente las cuestiones policiales y las problemáticas criminales.

En los 90, cuando el tema se convirtió en un asunto de relevancia para la opinión pública, el pacto político-policial no sólo se mantuvo indemne sino que resultó funcional a la lógica por medio de la cual los gobernantes intentaron surfear los problemas derivados de la inseguridad. Mientras las autoridades gubernamentales desplegaban discursos y acciones tendientes a atenuar los efectos políticos y sociales de la ola de inseguridad, sobre todo en tiempos de campaña electoral, las policías abordaban la problemática procurando impedir que dichas cuestiones originaran escándalos o dieran lugar a situaciones de crisis institucional. En suma, se trataba menos de enfrentar el delito que de evitar sus efectos políticos desestabilizantes.

En el contexto de este pacto político-policial, los sucesivos gobiernos consintieron –casi siempre de manera tácita pero también a veces de forma manifiesta– la regulación policial del crimen. Lo importante no era la ilegalidad de la actuación policial y, en ese marco, la reiteración sistemática de prácticas abusivas y corrupciones, sino la ausencia de problemas que enturbiaran la gestión oficial o la situación política. Todos callaron –y, por ende, avalaron–que el Estado controlara el crimen mediante el crimen.

Dicho de otro modo: la política argentina acordó que los asuntos criminales son de incumbencia policial y que su control bien puede implicar la participación de la policía en su regulación ilegal y la estructuración de un dispositivo estatal paralelo, siempre que ello no dé lugar a coyunturas críticas que pongan en tela de juicio la legitimidad y estabilidad de los gobernantes o de algunos de sus ministros o secretarios de Estado. En este sentido, la policía gestionó las problemáticas delictivas más complejas y de mayor rentabilidad interviniendo en ellas (1).

Mercados ilegales y policías reguladores

La regulación policial ha sido la condición fundamental para la formación y expansión de los mercados ilegales de bienes y servicios más diversificados y rentables: el de las drogas ilegales; el de los autopartes y repuestos obtenidos del desguace de automóviles robados, y el de los servicios sexuales provistos a través de la explotación de personas.

Durante el período constitutivo, los grupos criminales se movieron buscando la consolidación del emprendimiento delictivo y la estabilización de las relaciones con la policía, así como con los clientes y otros actores económicos clave. Peter Lupsha (2) denomina esta fase como “etapa predatoria”: los actores delictivos procuran el dominio exclusivo sobre un área, vecindario o territorio que resulta fundamental para el desarrollo de sus actividades o para la expansión de las mismas, garantizando dicho dominio mediante el uso de la fuerza o la violencia “defensiva” a los fines de “eliminar enemigos y crear un monopolio sobre el uso ilícito de la fuerza”, siempre persiguiendo la obtención de “recompensa y satisfacción inmediatas” más que detrás de “planes u objetivos a largo plazo”. En esta fase inicial, el grupo criminal mantiene una relación de subordinación a los actores políticos y económicos brindándoles fondos o sirviendo para eliminar o extorsionar a grupos disidentes o enemigos de éstos. “La pandilla criminal –afirma Lupsha– es sirviente de los sectores políticos y económicos y puede ser fácilmente disciplinada por éstos o sus agencias de ley y orden.”

En el caso argentino, el actor clave que garantizó la estabilidad del ambiente, la clandestinidad del negocio y los medios para consolidarlo como emprendimiento económico fue la policía. El amparo y la protección de los “representantes de la ley” a los grupos criminales han sido, en este nivel inicial, la principal condición de desarrollo de los mismos. Por cierto, sin la protección policial en Argentina habría, sin dudas, narcotráfico, robo de autos o trata de personas. Pero el significativo aumento de estas modalidades criminales –y, en particular, la rápida estructuración de los mercados y las economías ilícitas vinculados a ellas– ha encontrado en la regulación policial un enorme impulso. Y ello fue así porque, hasta ahora, la envergadura del negocio criminal no ha hecho posible la autonomización delictiva respecto de la ordenación policial.

Como destaca Matías Dewey, el éxito de los grupos criminales no se fundó apenas “en su destreza o capacidad logística sino en que han logrado relacionarse con ciertos sectores de un socio muy exclusivo: el Estado”. La protección policial constituyó el eje de la articulación entre agentes estatales y miembros de organizaciones criminales. Como explica Dewey, nadie la necesita más que un criminal y nadie tiene más posibilidades de otorgarla que un agente estatal (3). En suma, la policía ha sido la verdadera “autoridad de aplicación” de las reglas de juego del negocio criminal. Y ello sólo ha sido posible porque, aun con deficiencias e imperfecciones, logró mantener el control efectivo de los territorios y de sus poblaciones.

Esta regulación supone una modalidad particular de protección estatal al emprendimiento delictivo. A diferencia del patrocinio efectuado por los grupos mafiosos italianos o rusos, que no ha implicado ninguna forma de asociación con el Estado, en Argentina la regulación policial del crimen apuntó básicamente a evitar que las reglas formales sean efectivas, es decir, suspender la aplicación de la ley y crear espacios con una “regulación interna sui generis” que resulten propicios a los emprendimientos criminales (4). Pero esta falta de acción no equivale a no hacer nada. Al contrario, implica una serie de operaciones activas que no se limitan a crear zonas liberadas, sino que también conllevan la detención y la liberación de personas y la protección de informantes, entre otras cosas.

Así, la venta de protección va más allá de ciertas modalidades de corrupción tendientes solamente a obtener ganancias o generar fondos para el autofinanciamiento ilegal de un sector de la policía. Se trata, en realidad, de una transacción ilegal estructurante del propio negocio criminal. En otras palabras, un arreglo derivado del manejo por parte de la policía de un conjunto de dispositivos y destrezas informales mediante las cuales ha sido capaz de brindar estabilidad y seguridad a la trama criminal y, con ello, garantizarle una relativa previsibilidad. La policía, explica Dewey, construyó “un ambiente relativamente seguro y predecible para ciertos intercambios económicos”, lo que la convirtió en parte de la empresa criminal.

Todo esto con dos objetivos fundamentales. Por un lado, obtener fondos. Y, por otro lado, ejercer un cierto control del delito mediante su regulación efectiva. En el marco del pacto político-policial, el compromiso político de la policía estuvo orientado a garantizar una gobernabilidad de la seguridad pública y gestionar las problemáticas criminales sin notoriedad social ni escandalización. De este modo, la tutela policial a los embrionarios grupos narco fue la condición necesaria para la expansión y estabilización del mercado ilegal de drogas, en la medida en que permitió tanto el dominio territorial como la clandestinidad que los hicieron políticamente viables. Pero todo cambia.

Las grietas

La posición dominante de la policía ante los grupos criminales operó como la principal condición de reproducción del crimen. En Argentina, a diferencia de otros países de la región, la envergadura y diversificación de los emprendimientos criminales aún es acotada desde el punto de vista de su densidad económica así como también en su incidencia sobre sectores y actividades legales. Hasta ahora, las actividades del narcotráfico –y de las otras manifestaciones criminales organizadas– eran llevadas a cabo por grupos que no poseían autonomía respecto del Estado y, en particular, de las fuerzas de seguridad que los han protegido, favorecido, moldeado y alentado. Estos grupos no han detentado una capacidad de cooptación o control directo de porciones del sistema institucional de persecución penal –fiscales, jueces y policías– ni de las estructuras de gobierno encargadas de la seguridad pública. Tampoco cuentan con la capacidad para llevar a cabo estrategias de contestación armada contra el Estado. Hasta ahora, dependían del Estado, de sus dispositivos paralelos, de la policía. El doble pacto era eficaz.

Pero ya se ven grietas. El caso Candela, así como las detenciones de narco-policías en Santa Fe y Córdoba, son una manifestación elocuente. Y ello porque implicaron el quiebre de la capacidad policial de regulación eficaz del crimen y, por ende, el fin de la invisibilidad política y social del entramado policial-criminal y del involucramiento político más o menos directo en esa modalidad de gobernabilidad de la seguridad. Estos casos revelan el paulatino desfasaje entre ciertos emprendimientos del narcotráfico y el sistema policial de regulación.

La causa hay que buscarla en la transformación del narcotráfico en nuestro país. En la última década, el crecimiento sostenido del consumo de drogas ilegales, en particular de cocaína, en las grandes ciudades argentinas favoreció la formación paulatina de un mercado minorista creciente, diversificado y altamente rentable, cuyo abastecimiento fue provisto mediante una diversificada estructura de menudeo. Esta expansión se explica por una serie de condiciones y disposiciones culturales y económicas pero también por un factor fundamental: la proliferación de “cocinas” en las que se comenzó a producir localmente cocaína. La adquisición en países limítrofes de pasta base y su traslado transfronterizo, el fácil acceso a los precursores químicos necesarios y el aprendizaje para la elaboración del clorhidrato de cocaína les brindaron a los grupos narco locales la oportunidad de convertirse en productores.

Esto cambió todo. No sólo se diversificó el emprendimiento criminal en cuanto a su estructuración espacial y organizacional sino que se amplió significativamente la disponibilidad y oferta de cocaína en el mercado interno. “Empezaron a aparecer las cocinas, en las cuales, en un pequeño espacio y con un par de bidones de precursores se elabora la droga”, explica el sociólogo Enrique Font (5). Eso hizo que se diversifique territorialmente la producción y que se multipliquen las personas vinculadas a la venta de drogas reproduciendo un sistema parecido al de la economía informal.

Esta novedosa vinculación directa de la producción con la venta minorista de cocaína amplió la envergadura del negocio, que se hizo más complejo y rentable. Pero también favoreció la competencia entre grupos criminales por el dominio de ciertos territorios o circuitos de producción y comercialización de drogas, lo que derivó en ajustes de cuentas mediante el accionar de sicarios o enfrentamientos armados. Todo esto, sumado a la intromisión de alguna que otra policía no vinculada al negocio y dispuesta a desarticular el pacto bajo el amparo de algunos pocos jueces y fiscales, comenzó a horadar poco a poco la eficaz clandestinidad, que le garantizaba estabilidad y discreción al emprendimiento narco.

Las incógnitas

El desarrollo del negocio narco y, en ese contexto, la diversificación y el fortalecimiento organizacional de los grupos criminales que lo llevan a cabo se conjuga con las cada vez más evidentes incompatibilidades entre el dispositivo legal del Estado y el esquema paralelo creado por la policía, que genera confrontaciones por la protección del crimen. Esto está contribuyendo a inviabilizar, política y socialmente, la regulación policial del crimen.

Los grupos criminales que consiguen afianzarse en un determinado ámbito geográfico, ampliando sus negocios y conexiones, comienzan a entablar relaciones de creciente paridad con los actores institucionales –entre ellos la policía– y económicos, mediante la combinación de una destreza empresarial dirigida a satisfacer la demanda de bienes y servicios ilícitos. Con el tiempo, van fortaleciendo su capacidad corruptiva mediante acciones sistemáticas de soborno y la inversión en actividades económicas lícitas o, directamente, en el financiamiento de la política, de algún gobernante o de algún candidato. Se trata del período que sigue a la etapa inicial de penetración, lo que Peter Lupsha denomina “etapa parasitaria”, en la que el grupo criminal desarrolla una interacción corruptiva con los sectores del poder. “La corrupción política que acompaña la provisión de mercancías y servicios ilícitos –explica Lupsha– proporciona el pegamento necesario para unir los sectores legítimos de la comunidad y las organizaciones criminales del bajo mundo”, posibilitando que el grupo criminal adquiera una significativa incidencia sobre la economía, la política y la institucionalidad locales. Esto, a su vez, le permite quebrar la posición de subordinación que mantenía con la policía y la justicia. Así, la expansión del grupo criminal lo ubica en una relación de “mutualidad” con los sectores económicos, políticos e institucionales y hasta de subordinación de los mismos, en un contexto signado por un creciente control de las estructuras gubernamentales. “El anfitrión, los sectores políticos y económicos legítimos, se vuelve ahora dependiente del parásito, los monopolios y las redes del crimen organizado, para sostenerse a sí mismo”. Se pasa así a una etapa simbiótica, en la que el crimen es dominante: “Los medios tradicionales del Estado para hacer cumplir la ley ya no funcionan, pues el crimen organizado se ha vuelto parte del Estado; un Estado dentro del Estado” (6).

La incógnita pasa por saber si la política tendrá la voluntad y la capacidad para abandonar esta modalidad de gestión del crimen o si, en su defecto, insistirá en su reproducción, incluso al riesgo cierto de que la transformación del fenómeno criminal termine quebrándola. El panorama es poco alentador. Luego de destapado el caso Candela, el oficialismo se impuso cómodamente en las elecciones de gobernador de la provincia de Buenos Aires de octubre de 2011. Lo mismo sucedió en las elecciones legislativas de 2013 con las victorias oficialistas en Córdoba y Santa Fe. Estos triunfos se produjeron a pesar de las evidencias de que sus gobernantes habían consentido el doble pacto, lo intentaron ocultar cuando se hizo público y lo continuaron, aggiornándolo apenas, después, lo cual confirma que la incidencia electoral de estos desmadres es menor. Todo esto, en definitiva, alimenta el letargo gubernamental y refuerza el riesgo de que derive en una peligrosa reproducción caótica del doble pacto.

1. Marcelo Fabián Sain, “La policía, socio y árbitro de los negocios criminales”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2010.
2. Peter Lupsha, “El crimen organizado transnacional versus la Nación-Estado”, Revista Occidental, Instituto de Investigaciones Culturales Latinoamericanas, Tijuana, Año 14, Nº 1, 1997, pp. 27 y 28.
3. Matías Dewey, “Al servicio de la comunidad… delictiva”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2011.
4. Matías Dewey, “Illegal Police Protection and the Market for Stolen Vehicles in Buenos Aires”, Journal of Latin American Studies, Cambridge, Volumen 44, noviembre de 2012, p. 687.
5. La Capital, Rosario, 28 de septiembre de 2011.
6. Peter Lupsha, “El crimen organizado transnacional…”, op. cit., pp. 28 y 29.
 

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Quién está saliendo de la crisis? (por V.Navarro, en Público.es)

El título de este artículo no es del todo acertado, pues implica que antes de salir de la crisis, alguien estaba en crisis y, sin embargo, ha habido personas que nunca han experimentado negativamente la crisis. En realidad, varios estudios muestran que en la mayoría de los países a los dos lados del Atlántico Norte, el 10% (no solo el 1%) nunca ha estado en crisis. Y ha aprovechado la crisis del 90% de la población para mejorar todavía más su riqueza, desde su renta hasta su propiedad. Y los números hablan por sí mismos.

Así, en EEUU, donde los datos son, por lo general, creíbles, se puede ver que la mayoría de la riqueza que se ha ido creando durante estos años de crisis ha ido a parar a este 10%. Robert Reich (que había sido Ministro de Trabajo durante la Administración Clinton, y que, desde que dejó el cargo, se ha ido convirtiendo en una de las voces más críticas hacia el Estado federal y su instrumentalización por el capital financiero -que quiere decir la banca-, instrumentalización que también ocurrió durante la Administración Clinton en la cual Robert Reich sirvió) ha escrito extensamente indicando que a la Bolsa (es decir, Wall Street, el centro financiero de EEUU) le ha ido muy bien, pero que muy bien. Se ha disparado en los últimos años de la crisis. Solo este año ha crecido un impresionante 24%, siendo el mayor beneficiario de esta situación el 10% de renta superior, que posee el 80% de todas las acciones que se cotizan en la Bolsa (es más que probable que una situación semejante haya estado también ocurriendo en España). Robert Reich (que es ahora Profesor de Políticas Públicas de la Universidad de California en Berkeley), se refiere a una encuesta a las familias estadounidenses (hecha por el American Affluence Research Center) en la que se muestra que las familias pertenecientes a este 10% indicaban que su situación financiera era mucho mejor ahora que antes de que comenzara la crisis.

Mientras, la situación del 90% continúa siendo más que preocupante. El 75% de la población indica que el estado de la economía es negativo o pobre. Es difícil alcanzar niveles más altos de insatisfacción. Y tal insatisfacción está basada en un sufrimiento generalizado entre la población El porcentaje de niños en EEUU que recibe algún tipo de ayuda federal y/o estatal en algún momento de su infancia para poder comer, ha alcanzado la cifra del 50%, el mismo porcentaje de todos los adultos (de 18 a 65 años). Nunca antes se había llegado a estas cifras de dependencia de ayudas del Estado, incluso en áreas tan vitales como el alimento y la nutrición.

Ahora bien, lo que es incluso más notorio de distinción es que este enorme crecimiento de las desigualdades (una minoría rica que se ha ido enriqueciendo incluso más a costa de la mayoría, la cual se ha ido empobreciendo) ha sido consecuencia de las políticas públicas llevadas a cabo por el gobierno federal, que ha ayudado enormemente (y por todos los medios) al capital financiero, es decir, a la banca y a lo que en EEUU se llama la Corporate Class, es decir, a los miembros propietarios y gestores de las grandes corporaciones del país. Como denunciaba recientemente la senadora Elizabeth Warren, en su revisión de las agencias reguladoras de la banca (ver esta sesión del Congreso en mi blog www.vnavarro.org), es imperdonable que los grandes bancos responsables de la crisis sean hoy todavía más grandes y más opacos que al inicio de la crisis, y todo ello con la ayuda del gobierno federal. Según la senadora Warren, los cuatro bancos más importantes de EEUU son nada menos que un 30% más grandes de lo que eran antes de comenzar la crisis, y controlan más del 50% de todos los activos bancarios del país. Pero, aun cuando la banca y compañías de seguros han sido las más beneficiadas, otros sectores de la clase corporativa se han beneficiado también enormemente. ¿Por qué esta ayuda masiva y sin precedentes a la Corporate Class?

La respuesta es fácil de ver cuando se ve quién financia las campañas electorales del Congreso de EEUU. En uno de los informes publicados por el centro Citizens United que analiza quién financió en el año 2012 las campañas electorales en EEUU, el lector encontrará la respuesta. La lista de donantes a candidatos al Congreso es la lista de quién es quién en la Corporate Class, es decir, quién está al servicio de quién. Las mayores empresas bancarias en Wall Street, las grandes compañías de seguros, las grandes compañías energéticas, el American Petroleum Institute, ExxonMobil, y un largo, largo etcétera. Son las que financian el Congreso de EEUU. Y España está yendo en esta dirección en líneas muy rápidas y a marchas forzadas. ¿Alguien duda de que los partidos gobernantes hoy en España y en Catalunya hayan recibido dinero de grandes compañías, incluidos bancos?

En realidad, la gran mayoría de partidos políticos (y de medios de información y persuasión) están endeudados hasta la médula. Y la deuda es con los bancos, que tienen un enorme poder político, sin que nadie les haya elegido. En una democracia donde, en teoría, cada ciudadano tiene que tener la misma capacidad de decisión en el proceso político, los banqueros tienen muchísima (repito, muchísima) más influencia política que usted o yo. En realidad, ellos son los que mandan (ver mi libro con Juan Torres Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero). Y a eso tienen la desfachatez de llamarlo “democracia”.

Fuente

jueves, 14 de noviembre de 2013

Un poco de peronismo

Cuando me separé de los estudiantes volví a casa y en la esquina de Nassau Street y Harrison encontré a un hombre, con jeans y campera de franela a cuadros, que hacía propaganda política aprovechando el semáforo largo de la avenida. Alzaba un cartel de apoyo al candidato republicano en las elecciones legislativas de mayo. Le había agregado una banderita norteamericana, señal de que pertenecía a la derecha patriótica. Nunca había visto el acto proselitista de un solo hombre. Todo se individualiza aquí, pensé, no hay conflictos sociales o sindicales, y si a un empleado lo echan de una oficina de correos en la que trabajó más de veinte años, no hay posibilidad de que se solidaricen con un paro o una manifestación, por eso, habitualmente, los que han sido tratados injustamente se suben a la terraza del edificio de su antiguo lugar de trabajo con un fusil automático y un par de granadas de mano y matan a todos los desocupados compatriotas que cruzan por allí. Les haría falta un poco de peronismo a los Estados Unidos, me divertí pensando, para bajar la estadística de asesinatos masivos realizados por individuos que se rebelan ante las injusticias de la sociedad.

El camino de Ida. Ricardo Piglia. Pág. 44

sábado, 9 de noviembre de 2013

La Nube

Si uno se toma el arduo trabajo de escuchar, por ejemplo, Radio Mitre o el 90% de la programación de Continental es inevitable sentir que buena parte de los periodistas que allí trabajan piensan y hablan como si viviesen en una nube de pedos. ¿En qué consistiría esta nube? Básicamente un país gobernado por una banda de sicarios, improvisados, truhanes, mafiosos, mentirosos, fabuladores, vengativos, etc. Un país gobernado por gente capaz de todo. Los periodistas que viven dentro de esta nube, en consecuencia, se sienten parte de una resistencia poco menos que heroica.

Escuchar a Leuco relatando el robo que sufrió esta semana (situación que lamentablemente le toca a miles de ciudadanos) fue una experiencia desopilante. Apenas sucedido el hecho el periodista no cesó de aportar ambigüedad en relación al robo. Intentando vincularlo todo con una acción del propio gobierno habló de “motochorros seleccionados”: es decir delincuentes pagos (por la diktadura, obvio) para atacarlo a él, precisamente a él y no al boleo. Hasta llegó a sugerir, sin vergüenza, que Verbitsky podría haber sido ¡el instigador!

Rápidamente uno podría pensar, primero, en una vil victimización. Segundo, en una operación, en un aprovechamiento informativo del caso. Y tercero, en la nube de pedos.

Hay periodistas que el Relato del gobierno ilimitadamente perverso les viene como anillo al dedo para sentirse y transmitir una anacrónica y delirante idea de Periodismo de Resistencia (a la Carrió). Los escuchás hablar y los tipos parecieran creerse verdaderamente parte de una resistencia cuasi heroica. Algo similar a lo que pudiera salir de la mente imaginativa de un niño que construye un enemigo malísimo, monstruoso y amoral frente al cual se propone como el oponente dispuesto a combatirlo y aniquilarlo.

Leuco le cuenta a Bravo su catastrófico episodio callejero como si el tipo fuera Rodolfo Walsh narrando una emboscada de las patotas de la dictadura. Los comentarios de sus compañeros de radio más los llamados telefónicos de los oyentes van construyendo un Súper Leuco desopilante. Poco menos que la experiencia de un héroe de la Segunda Guerra Mundial relatando cómo es que zafó de las garras nazis. ¡Y todo hace creer que el tipo se la está creyendo! Narra cómo le robaron la computadora como si se tratase del archivo oculto del FBI. Y a nadie de los que lo escuchan se le ocurre frenarlo en sus alocadas pesquisas. A todos les parece una hipótesis posible, creíble. Esto es la nube de pedos.

Magdalena y Morales Solá viajaron a Papá USA a llorar por la diktadura. ¡Morales Solá, colaboracionista y censor durante la dictadura! Magdalena vuelve y se encuentra con la Afip (otra vez, igual que miles de ciudadanos). Nuevamente surge una única hipótesis: el gobierno amedrenta a la Resistencia Periodística.

La construcción de un Monstruo de mil Kabezas, perverso y sin límites para el ejercicio del mal, es el pie necesario para construirse ellos como los combatientes por la Libertad y la Verdad. Resulta bastante insólito ver a la aristocracia del periodismo sentirse ¡y creerse! parte de la Resistencia.

No advierten que hace diez años muchas de las aristocracias de la Argentina (no todas, lamentablemente) están siendo cuestionadas en sus privilegios. Ellos están convencidos de que sus palabras no deben ser juzgadas, reprobadas ni hasta atacadas en el barro de los medios de comunicación. La Ley de Medios les da miedo no por lo que el gobierno pueda hacer con su implementación (¡el mismo gobierno al que dan por muerto!). A lo que le temen es a la lupa que como nunca hoy tienen encima. La lupa que los revela como incoherentes, corporativos, contradictorios y vulgares. No se bancan que una columna radial o gráfica pueda tener como consecuencia una puteada callejera o una burla televisiva (mientras que cada día ellos insultan, escrachan sin pruebas, se mofan, demonizan, inventan, especulan, etc.). Juegan en el barro y pretenden estar siempre de punta en blanco.     

lunes, 4 de noviembre de 2013

De 1 a 0,7 (por Juan Gelman)

Los muchachos de “Ocupar Wall Street” tendrán que revisar consignas: ya no es el 1 sino el 0,7 por ciento de los acaudalados quienes controlan el 41 por ciento de la riqueza mundial. Así lo afirma Jason Bellini en el Wall Street Journal precisamente (2013 Wealth Report//line.wsj.com, 15/10/13). El periodista se basa en un informe reciente del poderoso Credit Suisse según el cual ese 0,7 por ciento está formado por personas cuyos “bienes tienen un valor neto de más de un millón de dólares” (www.credit suisse.com, 10/9/13). Son unos 32 millones de los 7000 millones de habitantes del planeta y su riqueza reunida asciende 99 billones de dólares.
 
El informe del Credit Suisse divide al 0,7 por ciento en dos grupos: a) el que tiene de 1 millón a 50 millones; b) los de 50 millones para arriba, que en EE.UU. son 45.000. La vasta mayoría de millonarios en el mundo, 28 millones de personas, posee entre 1 y 5 millones, otros 2,2 millones de 5 a 10 millones de dólares y más de otro millón de 10 a 50 millones de billetes verdes. “Dos millones de nuevo millonarios aparecieron en todo el mundo el año pasado.” El 91,6 por ciento de la humanidad se reparte un 17 por ciento de lo que queda.

Se asiste a una crisis económica muy particular. La recuperación estadounidense fue muy, pero muy, benéfica para los multimillonarios por quinto año consecutivo, es decir desde la recesión del 2008. Pero lejos están los tiempos en que los estadounidenses del rubro constituían el 40 por ciento del total mundial y casi todo el resto era de Europa occidental y Japón. Una investigación compartida por Forbes (www.forbes.com/billio naires, 4/3/13) y el Instituto de Estudios Políticos de Washington mostró que la multimillonariez se desplazó de manera notable hacia la región Asia/Pacífico.

Ahora EE.UU. (442 multimillonarios) viene escoltado por China (122, cero en 1995) y Rusia (110). En cuarto lugar se encuentra Alemania (58), seguida de India (55), Brasil (46), Turquía (43), Hong Kong (39) y el Reino Unido (38). Resulta que hay más en Turquía que en cualquier otro país europeo, salvo Alemania.

Claro que no hay winners sin losers. “El desempleo mundial ha subido tras registrar una disminución durante dos años consecutivos y podría aumentar aún más en 2013”, advierte un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (www.ilo.org, 22/1/13). El número de sin trabajo aumentó 4,2 millones en 2012 y el organismo de la ONU estima que llegará a 202 millones este año, superando el record de 199 millones del año 2009 registrado en el momento más brutal de la crisis. En el 2014 habría 3 millones más. Un cuarto del incremento en el 2012 se produjo en las economías desarrolladas y repercutió en otras regiones, en especial en Asia Oriental y Meridional y el Africa Subsahariana.

Todo periodista sabe que la acumulación de cifras aburre a cualquier lector y quien esto escribe pide las disculpas del caso. Pero la que asoma detrás de la frialdad de los números redondos es un espectáculo nada primoroso. La presentación cuantitativa de la OIT es alarmante y más aún lo es el desacoplamiento de sus partes. Unos 73,4 millones de jóvenes serán desocupados en el 2013, según estimaciones de la OIT, un incremento de 3,5 millones respecto del período 2007-2013: se da “una proliferación de los empleos temporales y un creciente desaliento entre los jóvenes de las economías avanzadas: y empleos de baja calidad, informales y de subsistencia en los países en desarrollo”. Cuando se consiguen.

No es todo, claro. A más edad, más posibilidades de perder el empleo. La alternativa es mantenerlo con salarios a la baja y padecer la inestabilidad de los contratos, la no jubilación, el trabajo en negro, la pregunta de si será posible mantener a la familia en adelante, una sensación de inseguridad que afecta a millones de hogares en todo el mundo, sin duda más que el terrorismo de Al Qaida. Tal vez por eso hay que vigilarlos a todos. Saber qué indignación cultivan y cómo pudiera estallar algún día.

El informe mundial sobre salarios 2012/13 de la OIT subraya que “las diferencias entre el aumento salarial y la productividad laboral, y entre las personas con más ingresos y las que menos perciben, son cada vez mayores”. En su informe 2010/11, que analiza datos de 115 países o el equivalente al 94 por ciento de los 1400 millones de asalariados en el mundo, la OIT revela que “el crecimiento promedio de los salarios mensuales cayó del 2,8 por ciento en 2007 (antes el estallido de la crisis) a 1,5 por ciento en 2008 y 1,6 por ciento en 2009. Si se excluye a China, el crecimiento de los salarios
bajó a 0,8 por ciento en 2008 y 0,7 en 2009”. La torta es grande para algunos, chiquita para casi todos los demás.

jueves, 10 de octubre de 2013

El Papi Malo

 
 
Elecciones 2013 / Marca personal / Cien horas con los candidatos

Luis Barrionuevo: la revancha de un eterno sobreviviente

Política
Con el peso de su gremio, volvió a Catamarca para ser diputado; quiere tener un papel protagónico en la mesa de poder del peronismo poskirchnerista
Por   | LA NACION
 
 
 
Otro pozo. La Amarok gris se sacude. Baja del cerro por un camino árido y pedregoso. Sentado en el asiento del acompañante, Luis Barrionuevo, el brazo por fuera de la ventanilla, levanta la mano para hacer equilibrio y que no se le vuelque el Speed. Va por la mitad de un día que ya es agotador. "Qué hago yo acá pudiendo estar en Miami?", dice fuerte, y se ríe.
 
Empezó la mañana antes de las 7 en un hotel de Santa María, casi en el límite con Tucumán, con tres grados bajo cero. Ya regateó con cuatro dirigentes la plata que les iba a dejar, entregó seis camas en un hospital, pateó penales en un potrero, llevó a la iglesia un cuadro con la cara de Francisco, se disfrazó de cacique en un museo, y todavía no son las 12.

A los 71 años, Barrionuevo quiere ser otra vez diputado nacional por Catamarca. Después de mucho tiempo de jugar sus cartas detrás de escena, el hombre que conoce todos los trucos del poder volvió al territorio. "Si me estoy rompiendo el culo así, es porque quiero volver con la diputación, no con el culo roto", dice con la sutileza de siempre, ante la pregunta de qué está buscando.

En las elecciones primarias salió tercero, con el 19 por ciento de los votos, lo suficiente para entrar como el tercer diputado si le va igual en las generales. Pero volver al Congreso es sólo una parte del plan de este peronista que ya fue senador y diputado, que presidió por más de una década Chacarita Juniors y que lleva 16 años como líder absoluto del sindicato gastronómico. Su apuesta va mucho más allá de Catamarca: Barrionuevo pretende ser un armador de peso en la mesa del "nuevo peronismo". Nostálgico de los tiempos de Carlos Menem, aspira a volver a ser del club de los que pongan al próximo presidente.

En Oyola, en una casita escondida entre talas y pastizales, 40 personas llevan más de tres horas esperándolo con el locro helado cuando el candidato se baja por fin de la camioneta. Cuando todos se ubicaron en sillas de plástico en torno a las tres mesas que juntaron en la galería, les hace un anuncio: "El kirchnerismo está terminado. El próximo presidente va a ser amigo nuestro. Puede ser el gallego De la Sota o Massa". Para su auditorio, las inquietudes son mucho más urgentes: no tienen agua y reclaman desde hace años un sistema de transporte público para llegar a la ciudad. Él los escucha y asiente. Les dice que apuesten al cambio, y el cambio, explica, es él. "Catamarca tiene 360.000 habitantes y yo conduzco 600.000 gastronómicos. Y ustedes podrán ver por televisión cómo los atendemos."

Aunque se instaló en Catamarca, Barrionuevo tiene dos campañas en la cabeza: la suya y la de Sergio Massa. Pero no es de los aliados que el candidato bonaerense elige exponer a la luz. "Ahí está Graciela. Yo no me meto", dice él. La diputada Graciela Camaño, a quien Barrionuevo nunca llama "mi mujer", sino "Graciela", o alguna vez "La Negra", lleva casada con él más de 30 años y tiene un rol clave en la campaña de Massa: organizar la fiscalización; es decir, garantizar que no les roben votos.

Mientras tanto, en Catamarca, Barrionuevo juega su batalla solo. O no tan solo. Puso a su gremio a disposición.

Dice que la campaña le costará unos 500.000 pesos, pero que buena parte la resuelve con "donaciones de amigos", y sostiene que el "verdadero gasto" está en la fiscalización y la movilidad. Para eso, cuenta, tiene a los muchachos del gremio de esta provincia y las de alrededor. Y además piensa traer a otros 50 de Buenos Aires, con más experiencia en elecciones, para cubrir los lugares "de mayor peligro". Dice que el gremio puede. "¿La UOM no bancó el regreso de Perón a la Argentina?", alega.
Tan verticalista es su manejo del sindicato que, mientras él recorre los valles, en el vuelo AR 2440 viene llegando a Catamarca uno de sus hombres con un pilón de cheques para firmar. Viajó para traérselos. Sólo Barrionuevo tiene firma.

"Rojitas, hacé entrar a la gente. Que vayan pasando, dale, que ya nos vamos." Es martes y Barrionuevo, las manos en los bolsillos, entra a la "oficina de información turística" de Los Nacimientos, un caserío enclavado entre montañas áridas donde parece hacer años que no para un turista.

Pegada en la pared, casi contra el techo, Barrionuevo ve la foto de sus adversarios. Ella y Él, sonrientes. Rojitas le habla, pero él no desvía la mirada. Llama a Fernanda, su jefa de prensa, entrecruza las manos y le hace piecito para que arranque la boleta de los kirchneristas. Ahora sí, se instala detrás del escritorio.

Que su marido es diabético y necesita un médico. Si pueden levantarle un baño en la casa de su suegra. Hay vacante, pero no me nombran en la escuela. Barrionuevo no anota; escucha y da consejos. "¿Pero cuánto pesa tu marido? Nosotros le traemos los remedios, pero él tiene que adelgazar." Mira la hora en su reloj TAG. Buzo con el escudito del Pebble Beach Golf Club, chaleco de gamuza, anteojos Prada, boina escocesa. Vestido entero en la gama de los marrones, tiene un aire de patrón de estancia.
El que anota, de pie a su lado, es "Rojitas", que promete que se va a ocupar. Juan Carlos Rojas es el secretario del gremio gastronómico en Catamarca. Chiquito, cara curtida, pelada franciscana y anteojos, tiene a su cargo la logística. Se mueve con la ambulancia del sindicato, una Sprinter blanca con luces verdes y sirenas, convertida en depósito móvil de las donaciones del candidato.

Las sirenas no las prenden. Para hacer ruido tienen el "barriomóvil" de Santa María, un viejo camión de cabina azul y caja de maderas pintadas de naranja, abierto por atrás, donde diez chicos van tocando bombos y trompetas. Arrancan prolijo, pero treinta kilómetros más adelante van empujándose haciendo pogo, y cambiaron la marcha peronista por canciones de cancha.

En la ambulancia viaja casi todo lo que Barrionuevo reparte. Desde leche y frazadas hasta equipos completos de fútbol que dicen "Barrionuevo diputado", y vinos que tienen como etiqueta una foto del candidato sonriente y de traje, con la leyenda "La esperanza en marcha". La Sprinter va primera en la caravana. Casi siempre unos kilómetros más adelante, los muchachos van preparando el terreno para la llegada del candidato.

Lo mismo que hacía Barrionuevo en la primera campaña de Menem, cuenta Juan Otero, "Juanqui", su chofer. "Íbamos de avanzada y le juntábamos data. Entonces el Turco llegaba y decía: «José, cómo anda su madre, ¿sigue internada?». Y así en todos los pueblos." Barrionuevo se ríe.
Juanqui va al volante de la camioneta que baja de Los Nacimientos. Barrionuevo nunca maneja y cuando llega a la estación de servicio de las afueras de Belén demuestra que ni siquiera sabe si la Amarok es gasolera o naftera. Tampoco maneja en Buenos Aires. "Cuando viajamos a Mar del Plata, Graciela no me larga el volante ni en pedo", cuenta, mientras Juanqui baja a buscar un playero. Es la hora de la siesta.

Juanqui es "el fercho de Luis" desde hace 30 años. Es un peronista oriundo de San Martín que no se le despega nunca y habla poco. Su admiración por el jefe es enorme. "Tiene unos huevos? ¡cómo va al frente! Y eso que ahora estamos grandes?", dice. Después de llevarle un año los palos, empezó a jugar al golf con él. Es uno de los pocos del equipo a los que Barrionuevo no verduguea.

Detrás de la Amarok viene el resto de la caravana con sus hombres. "El Papi Malo" lo llaman ellos a sus espaldas, pero están seguros de que él ya lo sabe y que le gusta. "No sé para qué los traigo, si me tengo que ocupar de todo yo", provoca divertido por teléfono a dos que se perdieron.
La número dos de la lista de Barrionuevo, Gladys Moro, pasó de largo. También gremialista, ella es radical, aunque la cargan con que ya empezó a tratar a la gente de "compañero".

Con Barrionuevo viajan Marcelo Rivera, legislador provincial, y Fernanda Minotto, la encargada de la prensa. Atrás llega Sergio "Charly" García, abogado catamarqueño, ex presidente de la caja forense de la provincia y excelso contador de cuentos, y en una Hilux negra, otro abogado, Víctor Pintos, que se hizo famoso como defensor de Guillermo Luque en el caso María Soledad.

"Yo le di a Lanata los 34 puntos de rating", se jacta Barrionuevo con LA NACION cuando retoma el camino. Eso fue gracias a otro de los pasajeros de la caravana, Solano Navarro, joven empresario que contactó a Federico Elaskar con Barrionuevo. El candidato también hace gala de haber reconciliado a Martín Redrado con Luli Salazar, de haber inventado las caravanas de Menem y de haber hecho desde su sindicato "concejales, diputados y gobernadores".

Ya caída la tarde, en el hotel de Belén, Barrionuevo le asegura a un living de dirigentes que a la mayoría de los intendentes los hizo él. Que después se pasaron, pero que igual muchos le responden. "Huelen sangre, y el peronista cuando huele sangre dispara", dice por lo bajo.

Después de tantas campañas, Barrionuevo asegura conocer muy bien a su gente. "Y ésta no sabés lo que es? una talibana." Habla de Nelly, una morocha bajita de más de 60, de pelo corto enrulado y boa de lana con brillos, que en Santa María le discutía a quiénes tenía que ir a ver la mañana siguiente. "Después vino a mi pieza, me hizo mate cocido y me revisó el presupuesto de los otros. Me querían currar con la comida? A mí que soy gastronómico", dice burlón.

Está claro que a Barrionuevo le gustan las mujeres fuertes. Su mujer es la mejor prueba. "La Negra es de fierro", dice. Baja de su habitación y acaba de hablar por teléfono con ella. "La piña que le da a Kunkel... La gente por la calle en Mar del Plata le besaba los puños", relata. Según dice, al principio la historia no le gustó mucho. "La llamé y la cagué a pedos. ¿Cómo vas a hacer eso? Patotero yo y patotera mi mujer. Me desprestigiás", dice el hombre que acuñó frases como "Si en la Argentina dejamos de robar dos años, nos salvamos todos", y que sigue alegando que las urnas que su gente quemó en 2003 eran de una elección pasada. Pero sonríe: "Ahora, vos viste que Kunkel nunca más jodió?".
La gira por el interior está terminando y, camino a San Antonio de la Paz, donde lo esperan 15 chivitos y un centenar de personas, la pregunta por su coquetería para vestirse es la única que lo deja pensando. Dice que no es ropa cara, que es de golf, que casi todo se lo regalaron y que él no es "marquero". También, que no tiene por qué andar en sandalias. Pero diez minutos después de bajarse de la camioneta suelta la Coca Light que venía tomando para abrazar a un viejo puntero y, sin una palabra, le cambia su boina escocesa por un gorro blanco que parece de pintor. Con él seguirá viaje por los pueblos que faltan.

Otra vez en el camino, vuelve el recuerdo de campañas pasadas y todos los cuentos terminan en alguna historia sobre Menem, con quien el candidato dice haber perdido todo contacto desde que "hizo el ridículo de volverse K". Se nota que Barrionuevo las fue adornando de tanto contarlas.
Suena una zamba triste que repite "Por qué ha cambiado la vida me pregunto a cada paso", y la Amarok empieza a bajar la Cuesta del Portezuelo, llegando ya a la capital. "Un día íbamos en el Menemóvil por Ciudad Evita, Menem estaba cansado y se metió a dormir. Yo tenía patillas. Me puse el poncho que me tapaba bastante la cara, me paré y empecé a saludar. La gente encantada, hasta que un hijo de mil putas se trepa al Menemóvil y dice: «Ése no es Menem. Es trucho». Se pudrió todo. «Nos van a matar a todos», digo. «Vayan a buscarlo. Que vuelva Carlos»."

Barrionuevo evoca "el carisma del Turco" con nostalgia. Media zamba después, hablando como para sí, como quien quiere convencerse a sí mismo más que a los demás, dice fuerte: "Massa también tiene de algo de eso".

 

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