lunes, 27 de septiembre de 2010

Demonizar al enemigo





Cada día que transcurre la utilización de este recurso se va tornando, simplemente, insólita. Antes que de utilización deberíamos ya hablar de manipulación. Todos los medios opositores hacen, a su modo, uso y abuso de esta estrategia comunicativa que es, aunque muchos lo ignoren, tan vieja como nefasta. Ensayemos, pues, un discriminación de cómo se elabora la táctica mediática de una demonización.

Desde hace ya algunos años el principal objetivo de tal demonización es, con mayoritaria predilección, el ex presidente Néstor Kirchner. Desde el conflicto con el campo (marzo de 2008) para acá él ha sido el elegido.

Está claro que para demonizar a alguien, a cualquiera, será necesario, en principio, una doble acción: de realce y de minimización. Estamos hablando de la acción de realzar vicios y carencias y, en simultáneo, de la minimización de virtudes y aciertos. Pero lo fundamental será, siempre, orientar el gps periodístico hacia todo lo malo, feo y sucio de la figura a demonizar. Demos por sentado lo ilimitado que puede llegar a ser esto en manos de una prensa (la de hoy, la de estos tiempos, acá y en el resto del mundo) a la que, imperiosamente, le interesan un par de cuestiones básicas y fundamentales: sostenerse en el mercado (vender, vender, vender) y asegurarse hacia adelante sus intereses estructurales y particulares (poder, poder, poder).

Pensemos, entonces, en las estrategias.

1- A la figura a demonizar siempre hay que intentar asociarla, arrimarla, emparentarla con otra figura cuya “peligrosa maldad” ya haya sido comprobada o, por lo menos, comúnmente aceptada. Si detenemos la historia en nuestro más estricto presente tenemos que pensar en algunos nombres bien puntuales. Tenemos que pensar, primero, en Hugo Chávez. Toda la prensa opositora coincide en esto: Chávez es el mal, en él se encarnan el peligro y la amenaza. Todo lo que los medios nos hacen llegar acerca de Venezuela es abominable (visión mimética, vaya casualidad, de la que ejerce, por ejemplo, la CNN). De manera que, teniendo ya a un demonio constatado, habrá que acercar al nuevo que se pretende construir hacia el viejo ya conocido. De Caracas a Buenos Aires hay más de 5000 kilómetros de distancia pero en Argentina muchos están convencidos acerca de lo que pasa en Venezuela. Pocos parecen sospechar que lo que pasa en Venezuela es, en realidad, lo que se nos dice que pasa en Venezuela.

(Entre paréntesis). Ayer hubo elecciones legislativas en Venezuela y el chavismo ganó en 17 de 23 estados, lo cual le permitió al partido gobernante hacerse con 90 escaños sobre un total de 165. La noticia en casi todos los diarios opositores fue: “la oposición entra fuerte al Parlamento” o “la oposición le arrebató la mayoría absoluta a Chávez”. Deberíamos pensar en la cada vez mayor distancia que existe entre los grandes medios de comunicación y el grueso de las poblaciones. De lo contrario estaríamos en el seno de una región que se solaza en el síndrome de Estocolmo.

Continuemos. Si Chávez es el mal será entonces necesario tejer similitudes, conspiraciones, pactos, etc. entre el futuro nuevo demonio, N. Kirchner, y Chávez. La revista Noticias, con toda la fineza intelectual que la caracteriza, no dudó en una de sus tapas en disfrazar a Kirchner con las ropas de Chávez bajo el título “El plan para ser Chávez”. Pero la alevosía de Fontevecchia no quedó allí. Algunos meses antes había hecho algo parecido (lo mismo en realidad) disfrazando a Kirchner con las ropas, nada más y nada menos, ¡de Adolf Hitler! La imaginación del Ceo de Editorial Perfil para vender sus productos es, sin dudas, ilimitada (poco nos cuesta verlo reírse a carcajadas de sus propios clientes).

Vayamos para atrás: segundo gobierno de Perón. Todo aquel que lo haya vivido o estudiado recordará cómo la prensa, la oligarquía agraria, los militares, la iglesia y el empresariado empujaban hacia una maniquea asociación entre Perón y Hitler. Como en aquel entonces el malo constatado era el austríaco lo que había que intentar hacer (siempre sorteando la realidad) era emparentarlos. (¡Después el gorilaje no duda en afirmar que es al peronismo al que le hacen falta los pobres que no piensan!). Viendo la tapa de Hitler-Kirchner lo único que se nos ocurre pensar es en cuán actual continúa siendo la figura del führer. Casi sesenta años después la imaginación de Fontevecchia repite la misma fórmula que pretendía demonizar a Perón. Recordemos que los que hitlerizaban a Perón fueron los mismos que lo derrocaron y los mismos que masacraron a miles obedeciendo sólo a una criminal sed de venganza.

Los opinadores del diario La Nación conforman, tal vez, la línea más dura hacia la demonización. Antes que “la línea más dura” deberíamos hablar de la línea más imaginativa. La mayoría de las veces se encuentran obligados a esfuerzos tremendos para retorcer sus lecturas de la realidad en pos de la demonización. Néstor Kirchner es, para ellos, un puzzle al cual arman y desarman cada día. Él se presenta como la verdadera obsesión, al punto que les es imposible escribir de otra cosa. Al día de hoy ya lo han dado vuelta una y mil veces, han psicoanalizado su mente, su organismo, su fisonomía, su pasado, su futuro, se han aventurado en el desciframiento de su mirada, sus pensamientos, sus deseos más ocultos, sus metas más temibles, etc. Una cotidiana autopsia que ha convertido a estos opinadores en circunstanciales psiquiatras, médicos, gurúes, chamanes, médiums. Los diagnósticos siempre acaban siendo monstruosos porque, justamente, lo que se está practicando es la descripción de un Monstruo.

Uno de los estigmas favoritos para la demonización es la idea de violencia. Todos sabemos que lo violento nunca gusta. Pocas cosas como lo violento es más unánimemente detestado por las mayorías. Si uno se entrega mansamente a la literalidad de las columnas de opinión de La Nación uno se aterroriza porque, efectivamente, siente que nos encontramos frente al Mal Supremo. Pero si uno ha estudiado mínimamente “análisis del texto”, o tan siquiera si uno es adepto a leer novelas, se topará con textos de un delirio inventivo fenomenal (además de las posiciones más conservadoras, gorilas y sectarias que se puedan admitir). Los títulos de las columnas, ya de por sí, son fabulosos (en el estricto sentido de la fábula): “Urge descifrar el insólito adn del ex presidente”, “La obsesión por la venganza”, “La guerra más peligrosa de los Kirchner”, “Kirchner, el castigador”, “La Casa Rosada ataca de nuevo”, “El gobierno lanza un ataque decisivo”, “Esa manía de Kirchner de perder dinero y votos”, “La cada vez más peligrosa euforia kirchnerista”, “Nunca se habló tan mal de los Kirchner en el mundo”, “Kirchner, el gran titiritero, ataca de nuevo”, “La curiosa psicología del gobierno K”, etc.

Obsesión, guerra, castigo, peligro, manía, ataques: el universo semántico de los columnistas de La Nación se encuentra más cerca de Hollywood que de la realidad política argentina. Vemos claro que la voluntad del diario es estimular el pánico ante la amenaza K; en pos de ello se valen casi siempre de la misma modalidad analítica consistente en adentrarse en las más finas capas psicológicas del Monstruo, es decir N. Kirchner. Esto sucede todos los días, como una lenta sucesión de gotas que pretenden ir horadando las subjetividades. Cuesta creer que estos columnistas realmente creen en lo que escriben. Si así fuera resulta inentendible cómo continúan asumiendo el terrible riesgo de emitir opiniones ferozmente contrarias al Monstruo. Más difícil es entender cómo las personas que destilan veneno en forma de palabras son las mismas que aseguran de que no hay libertad de expresión. Salvo durante el primer peronismo nos será complicado encontrar otra época de la historia argentina en la que se ultraje tanto la figura de un/a mandatario/a.

Es hora ya de que vayamos entendiendo que la libertad de expresión es el caballo de Troya del periodismo, la coraza dentro de la cual se guarecen algunos medios y periodistas para desde allí impartir sentencias, verdades y augurios funestos. Cuando el país careció verdaderamente de libertad de expresión diarios como La Nación pactaron complicidad con los carniceros de la dictadura. El problema no es que esto último no se sepa, el problema es que al lector típico de La Nación eso no le importa en lo más mínimo.

Decíamos antes que una de las acciones típicas de una demonización es el realce de lo malo, lo feo y lo sucio. Simultánea a esta acción está la de minimizar todo aquello que pudiera aportarle un rostro humano al Monstruo que se pretende construir. Uno de los caballitos de batalla de la prensa opositora es el afamado viento de cola. Hace años que según la prensa este viento de cola es el único responsable de la sanidad de la economía argentina en relación a años anteriores. En este contexto el viento de cola es poco más que una acción del azar, ajena, externa, sin un autor, sin firma. Es como responsabilizar a la buena fortuna, simplemente, el correcto curso de los números. El país, bajo esta lectura, es un corchito suelto en un océano de aguas calmas y favorables.

Otro recurso de minimización es el de culpabilizar a una oposición política demasiado débil e ineficaz. Como si esto último (que es del todo cierto) fuera el único factor que posibilita la existencia de un gobierno con apoyo de la gente. También al genio de Fontevecchia le debemos la fabulosa ocurrencia del “efecto carótida” a partir de la cual la imagen positiva de N. Kirchner ascendió tras la operación que le practicaron allá por febrero de 2010. La estrategia en este sentido siempre suele ser la misma: lo bueno es aleatorio o foráneo o simplemente… inentendible como ha sabido decir el monacal jefe de editoriales de La Nación, Fernando Laborda: “Tal vez solo reste pedir la ayuda de un psicólogo para auxiliar al matrimonio presidencial”.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Unos y otros


Acaso un modo de describir el espíritu del común de las personas pueda ser el siguiente: los que se colocan –irrestrictamente- del lado de los que menos tienen; los que se colocan –sacrílegamente- del lado de los que más tienen.

Un sinfín de motivos, con toda probabilidad, habrá de poner a unos en un sitio y a otros en otro. Y cada cual, desde el espacio elegido, desplegará su mirada hacia las cosas del mundo.

¿Acaso estaremos hablando de ideología, de naturaleza o, llanamente, de amor?

sábado, 11 de septiembre de 2010

La Gran División - Parte 2

Sabido es que las empresas de medios que se hacen fuertes y poderosas a partir de una clara organización monopólica brotan a lo largo y ancho del orbe. Del cuarto poder (nombre que se le atribuye al anglo-irlandés Edmund Burke, 1729-1797) ha quedado prácticamente menos que resabios. Hoy, en no pocos lugares del planeta y junto con otras tantas corporaciones, disputan el primer poder palmo a palmo.

La organización monopólica de parte de la prensa argentina es tan sólo uno de sus vicios. Vicios que, en estado embrionario, vienen desde sus mismísimos orígenes (1801: fundación del Telégrafo Mercantil, Rural, Político-económico e Historiográfico del Río de la Plata); para no hablar de los gobiernos de Rosas y del papel político que encarnó la prensa en manos de, fundamentalmente, los unitarios odiadores del Restaurador.

(Paréntesis). Es una promesa una somera revisión de las llamativas similitudes entre el papel político de la prensa durante los gobiernos de Rosas-Perón-Cristina Fernández. En absoluto para comparar a estos tres personajes políticos sino para asistir a ejemplos de cómo el periodismo es capaz de operar directamente sobre los hechos públicos. Mejor dicho: cómo la prensa puede ser capaz de adoptar un incisivo rol de contra-poder.

Los vicios son, por lo tanto, de viejísima data. La tentación de ir más allá de la mera exhibición de la práctica periodística pareció ser, desde siempre, irresistible. En última instancia esto no construiría un vicio per se. El vicio está en las trampas, como suele ser. En las trampas y en las mentiras (periodismo independiente).

Para el buen desenvolvimiento de sus vicios las empresas de medios han necesitado, siempre, de la complicidad de otros sectores no menos trascendentes de la vida pública. La complicidad de otros poderes. Casi siempre el principal aliado fueron los poderes políticos.

(Paréntesis). Si hubiéramos de hacer un recorte temporal deberíamos hacerlo en el año 1976, año en el cual se modifica rotundamente el escenario comercial de la prensa argentina. A partir de la ventaja sustancial que implica que tan solo tres diarios obtengan un precio “especial” en la primera materia prima del producto, el papel prensa, comienza a cambiar la cosa (recordemos que en ese entonces el periódico era, además de la radio, el vehículo más fuerte de comunicación de masas). Resulta insoslayable, por lo tanto, comenzar a pensar la cuestión desde allí (desde el momento en el que comienzan los privilegios para pocos).

El principal aliado es el poder político porque es este el encargado de las regulaciones. La venta de la empresa Papel Prensa a los tres principales diarios de la Argentina fue un pacto. Videla les cede acciones mayoritarias, el gobierno conserva otras, y entre todos se comprometen a no molestarse. “No molestarse” es la manera más tibia de decir esto. Lo que pactan es una relación de complicidad en tiempos en los que había mucho por encubrir. Esto es imposible de negar porque en las hemerotecas están las pruebas más flagrantes: los editoriales de la época. De manera que el comienzo de los privilegios para pocos coincide (mejor dicho: se trata de una causa y efecto) con el comienzo de las complicidades frente a un escenario repleto de abusos de todo tipo.

(Paréntesis). Sólo en un país cuanto menos misterioso acontece que determinados individuos que las hicieron gordas, aún hoy, treinta y cuatro años después, pretendan continuar imponiendo sus intereses. Pensaremos los motivos.

Los vicios son costumbres que por su gustito rico, aunque malsano, se empecinan en repetirse una y otra vez.

Decíamos que la organización monopólica no es la peor cara de las empresas de medios. La peor faceta es la de aquellos que la hicieron posible extrayendo réditos varios de la situación. Me refiero a la casi totalidad del sector político del 83 a la fecha. ¿Por qué?

Porque la clase política se adaptó ágilmente a la situación. Es decir, los políticos entendieron que la cosa era de un solo modo. ¿De qué modo? La prensa debe ser un aliado para la llegada al poder y, sobre todo, para la permanencia. Uno a uno, los diversos políticos practicaron la sumisión al poder de las corporaciones mediáticas en busca de sus objetivos personales. Normalizaron lo que no hubiera debido ser en absoluto normal. Lo hicieron por intereses, por cobardía y por nefastos.

La famosa palabra gobernabilidad. La clase política entendió siempre que una de las necesidades para sustentar una gobernabilidad más o menos armónica era la sumisión al poder de las empresas de medios. Pacto entre caballeros: ni siquiera cuando el poder de los mismos medios decidió cortar cabezas (gobiernos) y traicionar los pactos de cooperación, ni siquiera en estos casos, la clase política salió a gritar. Obviamente, no se queja quien reconoce y acepta las reglas de antemano. Los vicios son costumbres… y la clase política argentina estuvo siempre plagada de ellos.

(Gran paréntesis). Hasta el mismo ex presidente N. Kirchner reconoció públicamente que cuando Duhalde lo eligió como candidato a presidente lo mandó, antes que cualquier otra acción, a sentarse con el CEO del grupo Clarín. Luego, cuando llegaba el turno de Cristina, fue el mismo CEO el que le cuestionó a N. Kirchner la elección de la candidata porque, simplemente, se trataba de una mujer (algo más, seguramente, estaba oliendo el gran tramoyista de las sombras del poder en la Argentina). También el ominoso J.B. Yofre supo confesar (no sin el orgullo y la gracia que sólo un genuino corrupto de espíritu es capaz de poseer) que fue “un alto dirigente de una empresa de medios” quien lo “sugirió” a él, Yofre, al entonces presidente Menem para que pase a ser el número uno de la SIDE en lugar de otro candidato con menos calificaciones (como si esto último fuera posible).

Por último, un ejemplo bien calentito, bien reciente. En cercanías de las próximas elecciones un sector político opositor del oficialismo (oportunamente auto denominado Peronismo Federal) nos vuelve a ofrecer una muestra gratis de cómo entienden y abordan la política. Esta vez ya sin disimulos ni pudores. Cinco personajes relevantes (famosos) de la política argentina aceptan una invitación a cenar en la casa del CEO del grupo Clarín. Convengamos que nunca antes habíamos asistido a una demostración tan alevosa de sumisión a una corporación de medios. De manera que los tipos, muchos enemistados entre sí luego de alianzas tan fugaces como blasfemas, van y se sientan a la mesa de un tipo que, sentado desde la punta, “los quiere escuchar”. Insólito para muchos menos para cada uno de los allí presentes que practican lo que decíamos más arriba: la normalización de lo que no debería ser normal. No sólo esto: el CEO en cuestión decide que la noticia del acontecimiento se haga pública. Esto sí que es nuevo. Nuevo y, creemos, positivo: ahora se nos muestra lo que históricamente se tejía en las sombras más funestas. Algunas cosas tuvieron que suceder en los últimos años para que la fiesta de máscaras se convierta ahora en una fiesta a cara descubierta. (Fin del gran paréntesis).

En fin e insistiendo: la clase política acató siempre la sumisión irrestricta a las corporaciones mediáticas. La sucesión de pactos en este sentido provocó que entre tantos culos sucios mancomunados interesadamente resultara muy difícil que algún día la cadena de vicios se viera interrumpida. La tela de araña del poder estaba así diagramada y todos fueron sumamente prolijos a la hora de obedecer.

Pero un día las cosas se complicaron. Y a río revuelto nos está siendo posible ver con más claridad algunas malformaciones históricas de la construcción de poder en la Argentina.

Uno: En 2007 Magneto quiso que el gobierno le hiciera lobby para quedarse con Teléfonica y Kirchner se negó. Eso está bien.
Otro: Sí, pero lo hizo para quedársela él.

Uno: A mí me parece bien que el gobierno le haya quitado el fútbol a Clarín.
Otro: A mí me parece una medida populista más. Usan el fútbol para auto publicitarse y gastan millones de pesos en vez de gastarlos en otra cosa.

Uno: La nueva Ley de Medios Audiovisuales es fundamental para acabar con los monopolios.
Otro: Es un invento para que los K se queden con todos los medios y así eternizarse en el poder.

Uno: Fibertel incumplió con la ley y el gobierno actuó en consecuencia.
Otro: Una falacia. El gobierno se la va a entregar a empresarios amigos, como siempre.

Uno: La investigación sobre Papel Prensa es necesaria para que de una vez por todas se sepa la verdad.
Otro: Inventaron una historia de película. Lo único que quieren es arruinar a Clarín.

Uno: Con los hijos de Herrera de Noble es indispensable llegar a la verdad.
Otro: Lo que le están haciendo a esos chicos es de una crueldad absoluta. Ellos deben decidir por sí solos.


Como vemos, los unos y los otros de la Gran División continúan oponiendo sus verdades universales.

Los pactos de solidaridad interesada entre las corporaciones mediáticas y el poder político, un buen día, empezaron por resquebrajarse para ir transformándose en una verdadera batalla. Que se trate de una batalla sólo habla de la dimensión del poder corporativo (el poder político ya lo conocíamos de siempre; el mediático sólo algunos y nunca tan expuesto como en estos días). Por supuesto que detrás de la batalla, como suele suceder, existen intereses. Los de afuera (que no somos de palo) deberíamos interrogarnos con cuáles de los intereses en pugna es conveniente identificarse.

Lo cierto es que, como pocas veces sucede, hay que congraciarse con la discordia producida. Todo aquel que la rechace de plano lo único que desea es que la construcción de poder en la Argentina siga dirimiéndose en la oscuridad de las mesas de las corporaciones; que el poder político continúe subordinándose a los CEOs de las empresas privadas.

Entonces: nada malo (nada más malo que todo lo malo anterior) podrá extraerse de la confrontación entre poderes corporativos y poderes políticos. Ojo: nada señala el fin de un tiempo. Quiero decir que el actual escenario de confrontaciones de poderes no implicará, necesariamente, que mañana no se tejan nuevos vínculos de signos similares; “nuevos” pactos de cooperación entre “nuevos” sectores. Las corporaciones (de medios u otras) son tan globales como la necesidad de otras fuerzas de poder de establecer alianzas de intereses. Lo positivo será siempre, de todos modos, albergar la posibilidad de ver las manos de los tramoyistas.

Volviendo a la insana costumbre monopólica (más parecida ya a un modo de ser que a una mera costumbre) que obliga a que todo se trate de una cuestión de poder; o a una conservación del poder. Cómo explicamos, si no, que un grupo concentrado de poder como el Grupo Clarín decida entregarse a un desgaste semejante como el que está llevando a cabo en los últimos años. Para ellos el combate es tan aguerrido e ilimitado porque su modo de ser en la acción (ya histórico) sirve sí, y solo sí, si tienen consigo la mayor parte del poder. Pareciera no existir la posibilidad de una disminución del poder, de un repliegue de fuerzas. Se es fuerte en tanto se es monopólico, en tanto se practica y ejerce la concentración económica. Todas las tácticas, en consecuencia, acaban resultando válidas y justificadas en esta lógica corporativa.

La fe de una corporación de medios en este tipo de batallas suele consistir, fundamentalmente, en la conservación de la feligresía (o en el incremento de ésta). Nada debe resultarle más seductor a un CEO de medios que trabajar con las subjetividades de su público consumidor (por ese y otros talentos ha llegado hasta allí). Si hay que mentir se miente, si hay que tergiversar se tergiversa, si hay que horadar conciencias se horada. Los caminos por lo que se ha llegado a una acumulación semejante de poder nunca han podido ser ni limpios ni cándidos; ¿por qué habrán de serlo, acaso, en el preciso momento en donde hay tanto en juego? La fe de una corporación radica en la convicción de que no hay nada más conquistable que las subjetividades. ¿Por dónde comenzar, pues, a elaborar un plan de batalla?

Uno: exaltando el papismo de muchos.
Dos: demonizando al enemigo.
Tres: alertando sobre la inminencia de la catástrofe.
Cuatro: desmoralizando día tras día.
Cinco: tejiendo alianzas contra el enemigo común.
Seis: excitando el resentimiento.
Siete: profundizando en el ejercicio de la victimización.
Ocho: invisibilizando a unos y sobreexponiendo a otros.
Nueve: castigando a los dubitativos.
Diez: manipulando el lenguaje visual.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Desde Poble-Sec dice mi amigo Diego:

Sólo para agregar algo: el sector o clase a los cuales haces referencia (la clase media y media alta, que es la franja consumidora de estos tipos de comunicación y que además, como bien decís, no cree nada si no se lo confirma, sobretodo, la televisión) es la parte de la sociedad que habitualmente define las elecciones porque es la gente que puede consumir no sólo “información”. Creo que por eso está planteada fuertemente la división en este sector de la sociedad. Además, lo digo como parte de este sector, no creo que tengamos acceso real a las divisiones que se mantienen en los sectores más invisibles de nuestro país (que son, seguramente, más básicas y más urgentes que las otras). Por otra parte, este otro sector, el más pobre, es prácticamente anulado en las pantallas de la televisión o en las páginas de los diarios; sólo son noticias cuando roban o matan a alguna persona perteneciente al otro sector, al “dividido”. Creo que desde hace años los reclamos y las necesidades básicas de este segmento están ocultas en los medios que me da la sensación de que el sector dividido sólo piensa en función de su seguridad para seguir consumiendo y realizando su vida. Sólo una parte del grupo dividido ve con claridad estos reclamos, quizás más genuinos que los nuestros.

Las preguntas que se me ocurren son: ¿Qué pretende parte de este sector dividido? ¿Cuáles serían las medidas que los harían felices ya que los reclamos no son tanto en el aspecto económico? ¿Qué tipo de país pretenden? ¿Qué tienen pensado hacer con el otro sector? Que lo digan así estamos todos más tranquilos y podemos seguir dividiéndonos.

martes, 7 de septiembre de 2010

La Gran División - Parte 1

Todo parecería dividirse en dos. La polarización absoluta. Nada tan sospechoso como cuando los estados se presentan dominados por esta sensación.

Cabe, entonces, preguntarnos: ¿Es real esta división? Si así lo fuera ¿quiénes son los beneficiados y quiénes los perjudicados? ¿Qué sucede con la aparente ausencia de los grises entre tantos blancos y negros? ¿Tendrá que ver en algo de todo esto la diversidad de ideologías?

Lo seguro es que a la supuesta Gran División la encarna tan sólo una parte de la población. En absoluto toda la población. Es cierto que hoy, como hacía años no sucedía, muchas más personas se han implicado en la cuestión política. Pocos escenarios resultan más propicios para esta implicancia numerosa que aquel que hace creer en la existencia de tan solo dos sitios de enunciación (de un lado o de otro). También es posible entender el fenómeno a partir de las nuevas tecnologías comunicativas a partir de las cuales la cuestión política llega a los individuos de una sociedad.

¿Quiénes son, entonces, los que integran la Gran División?

Por empezar, todos aquellos quienes por diversos motivos se sienten atraídos por los sucesos que en apariencia conducen al universo de lo político.

Todos aquellos quienes más o menos seriamente siguen estos sucesos, van detrás de ellos con un ritmo casi diario. La supremacía actual de internet ha modificado sustancialmente el modo de vinculación con “los sucesos”. Sobre todo porque internet pretende hacernos creer que hay sucesos a cada minuto. Nada más falso.

En este sentido hay algo en común (fundamental) entre las dos facciones de la Gran División. ¿Qué es? La sumisión (adictiva) a los medios de comunicación. Los dos polos de la sociedad que permanecen enfrentados (insisto: no se trata de toda la sociedad, sino de apenas dos facciones) coinciden en esto. Para ambos, la Realidad es, fundamentalmente, lo que leen, lo que observan en los medios y, no menos clave, lo que heredaron.

(Paréntesis): no resulta para nada extraño la posibilidad de que existan habitantes de una de las facciones que, en determinado momento y circunstancia, cambien de bando. En este sentido, podemos hablar de volubilidad.

Antes de continuar será necesario insistir en lo siguiente: no hay Realidad por fuera de la que se pretende como tal en los medios de comunicación. Guste o no, hoy lo Real es asumido en sus múltiples mascaradas: noticias, informes televisivos, columnas periodísticas, editoriales, edición de imágenes, correveidiles y doñarosismos varios. Hoy, la política teje su veracidad en el gran telar de la tele-política. Lo político arriba a la sociedad, indefectiblemente, mediado, en un siempre y fatal a través de. En otros tiempos, quizás, era factible aprehender la Realidad en las calles, en los barrios, en los comercios. Hoy también; pero siempre con la intervención previa y constante de los medios de comunicación. Hoy la gente recién cree en algo cuando asiste a su representación, a su mediatización. La representación, hoy, es alevosamente más valedera que la acción directa. Ésta última no llega a calar tan hondo en las subjetividades como la primera.

Si hay un sector de la sociedad más adaptado que otro a las nuevas formas de comunicación de masas, esa es la clase media y aquellas que le siguen hacia arriba. Son las clases que mantienen un trato diario (hasta adictivo) con internet, con la televisión y, en menor medida, con los periódicos de papel. Es este tuteo constante con los medios de comunicación el que le hace creer a estos sectores de la sociedad que están unidos a la Realidad. Los otros, los de afuera, son capaces de existir en la prescindencia de la información, es decir en la prescindencia de la Realidad. Simplemente se dedican a vivir, plácidamente indiferentes.

De manera que será de suma importancia atender al sector de gente que entabla y constituye las partes de la Gran División. El sector de gente atestada de comunicación. Aquellos que no pueden prescindir de esa conexión permanente. Hasta son capaces de visitar decenas de veces los mismos portales de internet, dueños de una patológica convicción de estar siguiendo minuto a minuto el transcurrir de la Realidad. Porque si hay algo de lo que no quedan dudas es de que esa sensación de constante maratón detrás de la realidad no es más que una apócrifa construcción de los medios de comunicación (tal y como la comprenden y abordan sus Chief Executive Officer).

Para las dos facciones de la Gran División hay otro punto común, y en esto son ambas intransigentes: el imperio del tiempo presente. La Realidad entendida como representación impone tal vertiginoso ritmo que no queda tiempo ni energías para echar un vistazo hacia atrás, hacia el pasado, es decir la Historia. Todo nace y muere en cuestión de minutos. Para gran parte de los integrantes de la Gran División la Historia no es más que un cúmulo de anécdotas más o menos atendibles.

Si hay algo vulgar en este actual fenómeno que implica este Gran Disenso es que cada una de las partes se encuentra en pleno estado de convicción acerca de la posesión de la Verdad. Suele pasar esto muy a menudo. Y cada una de las partes entiende y practica la ley de no concesión de esa Verdad. De manera que ya tenemos un problema no menor. Enfrentamiento de Verdades.

Un largo camino se ha desmalezado ya como para que existan chances de aceptar el compartimiento aunque más no sea de una mínima porción de la Verdad. Pero no, esto no parece ser posible, al menos hasta la fecha.

En cualquier lid, siempre, están los que atacan y los que defiendan. En nuestro caso argentino, como puede pasar en muchos lugares del mundo, cualquiera de las dos partes se sienten igualmente atacadas, situación que utilizan para justificar su ulterior ataque. Lo que resulta indudable es que estamos en presencia de un flagrante problema de incomunicación. Es posible que una de sus causas sea, como dije, la obediencia ciega a la ley de no concesión de la Verdad (una suerte de fanatismo por la posesión de la Verdad). Pero también es cierto que las dificultades de comunicación, aun en el más completo disenso, hablan a las claras de diferencias irreconciliables a la hora de someter la subjetividad a las diversas representaciones de la Realidad (aunque suene paradójico no lo será tanto: un período de tanto exceso de comunicatividad no puede sino acabar produciendo grandes dificultades a la hora de, precisamente, comunicarnos). Este formato de enfrentamientos se ha dado repetidamente en la Historia a partir de banderías políticas desde siempre contrariadas. El pasado está repleto de ejemplos en este sentido.

(Paréntesis).Hoy, en nuestro país Argentina, la cosa no pasa tanto por esos senderos. De la democracia para acá los diversos partidos políticos han dado tantas muestras de panquequería, traición, ineficacia, oscuridad, mentira e hipocresía que es lo más normal del mundo que a la fecha la cosa no se dirima por el color de las banderas. ¿Entonces lo novedoso de hoy en día es que la cosa pasa por caminos inéditos? En absoluto.

Hay partidos que nos han ofrecido tantos rostros que ya resulta imposible aceptarle tan solo uno. Hay otros (todos en realidad) que les ha tocado estar ahí, con las riendas entre las manos, y han fallado con alevosía. De manera que hoy la lectura de la cuestión política no tiene que ver con banderías (tal vez aún queden rastros de eso pero en grupos históricamente implicados con los trapos). Para la tele-política, en la que se ha convertido hoy la política a secas, lo clave, lo verdaderamente importante, es el político (es decir su figura, su acting, su performance en los sets que semanalmente visita, su simpatía, su pinta, su gracia y, sobre todo, sus millas acumuladas en los medios). Hoy los únicos trapos que importan son los que lleva encima el político-individuo. Éste es un partido en sí mismo (Carrió encarnaría el ejemplo más melodramático de esto). Sobre todo los jóvenes, a diferencia de hace cuarenta años atrás, son los más aptos para desentenderse de las telas y las consignas. Con los trapos a la cancha y después a casa a verlo por la tele. Si bien el éxito del político pasa por su auto representación a través de los medios desde el mismo momento en que nacieron los medios masivos, hoy, más que nunca antes, sólo cuenta la eficacia de esa auto puesta en escena.

Por supuesto que también, por momentos, hay ideas. Y no descarto que muchas personas las tengan y las apliquen en sus subjetividades. (Fin del paréntesis).

Qué más se puede agregar, entonces, acerca del escenario actual.

Se puede decir, ahora sí, que una de las diferencias más sensibles entre las partes de la contienda es que hay quienes creen y quienes no creen. Y es justamente esta oposición de actitudes frente a la realidad política, la de creer y la de no creer, la que torna las discusiones un tanto frustrantes para todos. Cómo se persuade a alguien para que acabe contemplando, cuando menos, la posibilidad de entregarse a creer. Cómo se le hace entender al otro que su creencia es el resultado de una más que evidente mentira que no es capaz de ver ahí, delante de los ojos. Al comienzo hablé de volubilidad y es cierto, hay casos, todavía queda gente que acepta aceptar el cambio de posición sin mayores complejos (como si la historia política de los últimos cincuenta años no nos regalara sobrados ejemplos de exagerada volubilidad).

Todos se arrogan el derecho a creer o a no creer. La misma medida de gobierno que uno defiende el otro la ataca; uno arroja una cifra de la economía y el otro la rebate calificándola de falsa; para unos la corrupción se fija en un sector y para otros en otro. En fin, un verdadero diálogo de sordos en el que todos se sienten dueños de una Verdad invulnerable.

Uno: A mí me parece perfecta la nacionalización de Aerolíneas Argentinas.
Otro: Yo creo que no porque ya sabemos cómo se termina cuando el Estado mete la mano.

Uno: A mí me parece bien que se promueven y apliquen leyes anti monopólicas.
Otro: A mí no, porque lo que quieren es manejar todos los medios de comunicación.

Uno: A mí me parece bien la política de derechos humanos.
Otro: Basta de revolver siempre en el pasado, nunca miramos hacia el futuro, siempre el pasado.

Uno: La economía anda bastante bien.
Otro: Para mí es un completo desastre y cuando te quieras dar cuenta explota todo, esto es peor que el uno a uno.

Uno: La asignación universal por hijo es una medida excelente.
Otro: Por qué no dan trabajo en vez de regalar plata.

Etc…

No sólo hay personas que creen en algo y otras que no. También hay quienes determinada acción política les cabe y a quienes no les cabe en absoluto (suele pasar, es cierto, que el que no se siente beneficiado por tal acción política muy rara vez acabe festejándola).

Pero cómo es posible llegar a una polarización de las creencias tan rotundas. Suponemos que por varios motivos. Cualquier gobierno es pasible de cometer torpezas varias que provoquen la antipatía de muchos. Muchas de las veces fue la economía la que comenzó a deteriorar la marcha de los gobiernos. En nuestro país, desde hace algunos años, hay un escenario insoslayable. Un escenario que, cuanto menos, aporta una gran dosis de influencia para el descrédito hacia el equipo gobernante. En Argentina, desde marzo de 2008, un gran sector de la prensa monopolizada se erigió como el principal oponente político del equipo gobernante.

¿Qué pasó? ¿Cómo se originó esta confrontación? De eso hablaremos ahora.
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