sábado, 30 de octubre de 2010

Caca en la cabeza

Ya no me quedan dudas de que la idiotez, cuando es cultivada con esmero y fruición, acaba resultando ilimitada. Tres veces en el día de ayer me tocó escuchar la siguiente teoría: “¿será Kirchner el que está adentro del cajón?”. Una chica joven (con una capacidad enorme para desperdiciar la juventud) dijo: “para mí deberían abrir el cajón para comprobar que el que está adentro sea Kirchner”.

Sí, ya sé, hay estupideces que no deberían tener lugar. Pero hagamos una excepción para intentar sacar algo en limpio.

Primero: hay personas que elijen nutrirse de la ficción antes que de la realidad. Esto, dentro de todo, no sería algo demasiado nuevo. Lo interesante es imaginar cómo se llega a niveles tan hollywoodenses de pensamiento, cómo se dispone la intelectualidad de un sujeto para arribar a esa tosquedad.

Segundo: estos dichos no fueron escuchados ni en una villa de emergencia ni en un taxi ni en espacios marginales. Por el contrario, fueron escuchados en la zona más rica de la ciudad.

Tercero: ¿cómo podemos extrañarnos de que, todavía, haya personas que abran determinados diarios y crean estar enfrentándose a “la realidad”?

Cuarto: me tengo que mudar de forma urgente.

Muchos, algunos, otros: YO

Escribe otro, en el diario de hoy:

"¿De qué nos hablan esa consternación, ese río de lágrimas, esa congoja evidente, incontrastable? Hay gente desesperada que gritó su dolor, que cantó, rezó y aplaudió. Hay muchos que ahora se sienten huérfanos.

¿De qué nos habla ese fenómeno? Desde luego, muchos lo explicarán como un producto de los planes sociales, del clientelismo, de ómnibus cargados por el aparato pejotista o sindical en el conurbano. Muchos dirán que para no pocas personas era la única oportunidad que tenían en sus vidas de entrar en la Casa Rosada. Algunos dirán que ahí había mucho curioso o que es otra expresión de la necrofilia argentina, tan acendrada. Y otros dirán que gran parte de la ciudad siguió su vida normalmente, como si nada hubiese pasado
".

"Muchos lo explicarán...", "muchos dirán...", "algunos dirán...", "y otros dirán...":

La cobardía suele conducir a algunos a tecerizar las palabras y las ideas propias en las supuestas voces de otros. Estos "otros" son utilizados como el caballo de Troya dentro del cual se guarecen los cobardes, amantes de las sombras... Éstos últimos, incapaces de asumir la autoría en la enunciación, se conforman en inscribir sus reales pensamientos disfrazados de ajenidad.

Más callejeramente: no se bancan estampar lo que piensan. ¡Como si no nos diéramos cuenta!

Sarmientino

Escribe uno, en el diario de hoy:

"Ese pueblo de arriba y de abajo es el que llora a Néstor Kirchner y el que por estas horas se siente desamparado y se aferra a Cristina, con la ilusión de que haya recogido el testimonio y siga la carrera. Y hay otro pueblo, hay otra Argentina, mucho mayor que aquella, que ha asistido con pasmo a lo que acaba de pasar.

Deidad y demonio, Kirchner expresa mejor que nadie al país fracturado de estos días, al de los días que pasaron y al del tiempo que está por venir
".

165 años después de que Sarmiento escribiese su Facundo. Civilización y Barbarie el conservadurismo congénito de La Nación continúa sin poder enunciarse sino desde el exclusivo sitio de la civilización.

jueves, 28 de octubre de 2010

El día después de ayer

Como cabía esperar, el día después llegó. Entonces llega, también, la pluma de los bárbaros.

Escribe hoy uno de ellos:

Que Néstor Kirchner nunca ganó una elección nacional como candidato: ¿Y? Si algo poseen como mandato los liberales conservadores que anidan en La Nación y en tantas otras madrigueras es la idea del éxito. Adoran la noción de éxito.

Que Kirchner, en 2005, embistió contra el ALCA de Bush porque en su momento éste era una figura débil a causa de la guerra contra Irak. Que al principio, cuando Bush estaba fuerte, Kirchner poco más le rindió pleitesía: con este esquizofrénico argumento el Rey de los Condicionales hace lo mismo de siempre: lo apoya con supuestos dichos de Kirchner, con frases escuchadas en los pasillos de la Casa Rosada, con presuntas confesiones de ex aliados, etc. El Rey del Habría, a la hora de desacreditar hasta la más mínima acción de sus odiados, carece de límites para retorcer la realidad hasta que ésta le acabe “diciendo” lo que él, en realidad, pretende decir: en el caso de la cumbre en Mar del Plata lo que el Rey desea es hacerle creer a sus lectores que Kirchner, lejos de ser un osado oponiéndose al ALCA, fue un cagón oportunista. ¿Se puede ser tan idiota de pensar que hay momentos más propicios que otros para atreverse a disentir con la primera potencia del mundo? ¿Se puede ser tan miope de no entender que se trató de una voluntad regional, latinoamericana, frente a vetustas políticas de sumisión? Sí, se puede. Porque un conservador liberal siempre entiende que la mejor posición es la central, lo más cerca posible de quien posee los timones del mundo.

Que Kirchner fue siempre el príncipe del oportunismo y que nunca terminó de entender al conjunto de la sociedad argentina: ¿el conjunto de la sociedad argentina? ¿quién es el conjunto de la sociedad argentina? El 28 de octubre de 2007 Cristina Fernández ganó con más del 46% de los votos (8.651.066 personas), uno de los mayores márgenes desde el retorno de la democracia: ¿más de ocho millones de personas votaron a alguien que continuaría el proyecto encabezado por otro alguien que nunca entendió al conjunto de la sociedad argentina? Un conservador liberal, sabemos, entiende siempre que “la sociedad” es la porción del mundo que él y sus amigos habitan.

Que Kirchner, en vez de “aliarse” con Magdalena Ruíz Guiñazú, decidió hacerlo con Bonafini, D’Elía, Moyano y Kunkel, que éstos últimos son los más rechazados por una inmensa mayoría social: otra vez lo mismo, ¿quién es esa inmensa mayoría social? ¿De dónde extrae el Rey del Modo Potencial sus estadísticas? ¿De conversaciones con taxistas o en la misma redacción en la que trabaja?

Que Kirchner sabía módicamente de economía porque a estas alturas cualquier postulante a presidente sabe de números, que Kirchner sabía que ninguna receta antiinflacionaria carece de algunas medidas impopulares, que no decidió adoptarlas para preservar su popularidad: ¡autodefinición liberal si las hay! La inflación se corrige a costa de impopularidad, es decir castigando de abajo hacia arriba. Ya deberíamos saber que esas recetas no dan ningún resultado positivo, que simplemente son las recetas elaboradas por los cuervos del FMI y del G-20. Resulta obvio, de todas maneras, que un conservador de derecha opte, siempre e irreductiblemente, por un recetario de esa calaña ¿Por qué? Porque para él, insisto, el mundo es la porción de tierra que habita.

Que Kirchner se sabía “terminado” por las encuestas realizadas por sus propios encuestadores, que hasta es posible que por eso se haya muerto: para apoyar esto, el Rey de la Fuente Invisible se sirve, y van…, de una presunta conversación entre Kirchner y su encuestador. Difícil ser más vil y embustero, hay que reconocerlo. Desde hace años no puede evitar mezclar supuestas informaciones con su deseo personal. El deseo del fin del kirchnerismo, en sus líneas, ya ha pasado a ser, antes que una hipótesis, un verdadero clamor. También sabemos que un conservador de derecha suele adorar a sus jefes, suele ponerse la camiseta de la empresa antes que nadie (papismo). Ojalá este sea el caso, de ser así, de ser el Rey de los Obedientes, veríamos algo disminuida su condición de artero miserable.

Escribe otro:

Que Cristina nunca ejerció la presidencia, que siempre fue su marido quien lo hizo, que ahora, muerto el jefe, al gobierno no le va a quedar otra que “transar” con la oposición o con quien deba hacerlo, que el futuro está lleno de interrogantes, que “el alma” de Cristina esto, que su “psiquismo” lo otro: otra vez lo mismo: deseos individuales con disfraces de pronósticos. Con el cadáver aún tibio del gran odiado ya han comenzado a agitar la Muerte Mayor, la de un proyecto político al que rechazan y anhelan ver acabado.

La derecha periodística argentina pretende hacer pasar los lineamientos políticos del equipo gobernante como meros caprichos de una sola persona: Néstor Kirchner. Ellos entienden, en consecuencia, que muerto éste esos mismos lineamientos políticos deben verse modificados. Desde las diversas pajareras conservadoras sale esta idea. Agitan, además, el recurso más apreciado de la derecha: el temor. El temor, ya sabemos, lleva los apellidos de Moyano, las Madres, etc.

Si tuviéramos que relevar dos rasgos eternos de la derecha podríamos destacar: el odio (como sentimiento) y el miedo (como recurso). También el clasismo. También la arrogancia. Nunca pudieron tolerar los tiempos políticos que no los colocaron en el centro de la escena. Antes, años ha, la hacían fácil: se aliaban con iguales y a tumbar. Hoy, esta vieja costumbre de la derecha, adquiere matices un poco más solapados. Del 83 para acá las fuerzas militares han dejado de interpretar el papel protagónico a la hora del “borrón y cuenta nueva”. Ese lugar ha sido cedido, fundamentalmente, a las corporaciones (de medios u otras); son éstas las que se han ido acostumbrando a timonear el rumbo político y económico del país. Por supuesto que con la complicidad del sector político; parte del cual hoy mismo, hasta hace unos pocos meses, elige la mesa doméstica de un CEO de medios para recibir los lineamientos hacia el futuro próximo.

La derecha periodística hoy vive un presente aciago porque advierte que ya no es dueña del rumbo político del país. Ni siquiera se hacen de la paciencia debida: por el contrario, encontraron en las “columnas de opinión” el último atalaya desde el cual lanzar sus invectivas liberales. Mientras no cesan de hablar de la violencia del gobierno, de su despotismo, de sus ya célebres “modos”, día a día pretenden hacernos creer que en sus textos brillan las luces de la civilización, el respeto, la concordia, el sano disenso. Los lectores que en estos textos persiguen la confirmación de sus resentimientos podrán creérselo. Otros, muchos, no.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Hoy y Mañana

Hoy lloviznan las condolencias. Hasta los reconocimientos caen como agua del cielo. Hoy la retórica es la retórica honrosa de las exequias. Hoy las palabras se pretenden piadosas, es decir civilizadas y oportunas. Hoy, muchos, interpretan sus demostraciones de civilidad ante cada micrófono, ante cada monitor. Hoy lloran los cocodrilos.

Pero siempre hay un mañana.

Mañana, cuando se seque el maquillaje del dolor y la pena, van a retomar el vuelo alrededor del cadáver. Mañana van a comenzar lentamente a volar en redondo. Mañana las plumas llenas de tinta roja volverán al ruedo insufladas de salvajismo. Mañana acabará el teatro y también sus representaciones. Mañana las aves carroñeras de dientes limados retomarán su tarea. Mañana comenzará el sueño de los taimados de hoy y de siempre.

miércoles, 13 de octubre de 2010

De sinécdoques...

Antes que nada es necesario remarcar lo que ya debería saberse acerca de la circulación de este texto escrito por John Carlin y Carlos Pierini. No hay que ser poseedor de una brillantez superlativa para advertir que textos como éste cobran inmediatamente el valor de maná sin igual para los sectores de la prensa opositora y sus fieles consumidores. Son éstos los que multiplican ad infinitum su circulación, su puesta en repetición con el fin de despertar en las subjetividades resentidas la potente sensación de estar frente a una síntesis clarificadora de nuestros eternos males.

Pensamientos como el que esta riquísima nota nos regala (un pensamiento muy estilo La Nación, muy grondonesco o moralesolanesco si se quiere) aumentan su valor más por lo que omiten que por lo que ofrecen en literalidad. Una nota con evidentes pretensiones sociológicas no debería evitar decir, por lo menos, varias cosas no menores. Por ejemplo que el artículo nace en las páginas del diario El País. Si bien para el pensamiento de los autores este diario seguramente representará un inmejorable espacio de buena prensa, seria y confiable, también es necesario decir que se trata de una empresa llena de intereses comerciales en América Latina. Intereses que es muy probable que no se lleven del todo bien con las políticas del gobierno argentino en relación a monopolios y corporaciones.

Los que hicieron de este texto aparecido en el diario El País una Verdad revelada, una clarividente explicación de los motivos de nuestros fracasos, son los mismos cuya ideología les dicta acerca de la importancia del “cómo nos ven afuera”, “la imagen que tienen de nosotros”, “para los otros somos esto”, “todos se dan cuenta menos nosotros… porque los argentinos nunca podemos dejar de ser un país bananero, bruto, come vidrio, inculto y, fundamentalmente, ¡peronista!”.

Este modo de ser ideológico (el diario la Nación es actualmente su más comprometido promotor y representante) encubre pobremente una visión clasista de la sociedad, una visión que sin animarse a decirlo directamente no cesa de sugerir que los males argentinos se explican a partir de la embrutecida calidad de buena parte de sus ciudadanos. Este sarmientino modo de leer la realidad se yergue sobre la idea de que una sociedad, para que le sea posible el éxito y el renombre, debe erigirse sobre tan sólo una parte de sus gentes: la parte supuestamente culta, formada, preparada, los dueños de la razón y el justo arbitrio. Para este modo de ser ideológico, una sociedad jamás arribará a éxito alguno si el peso de las decisiones continúa estando en manos de la negrada inculta, ciega y apasionada, bruta en su pura emocionalidad, carente de formas y modos civilizados. Este borgeano modo de leer la sociedad es, como decía, clasista, es decir divisorio entre un nosotros (capacitados) y un ellos (in-capacitados).

(Entre paréntesis). No deja de resultar paradójico (no tiene nada que ver con la paradoja en realidad) que los que públicamente se excitaron con este texto interesadamente sobrevalorado son los mismos (me refiero a la actual prensa opositora) que en la década del setenta pretendieron sostener la infame idea de una campaña anti-argentina cuando en el exterior hablaban de torturas y desapariciones. Hoy, en cambio, no pueden abandonar una ya patológica hipocresía atendiendo y relevando cada día “lo que afuera se dice de nosotros”, siempre y cuando eso que se diga maltrate al equipo gobernante y a todos quienes deciden democráticamente apoyarlos.

Hay que decir, además, que estamos frente a un texto riquísimo en la exhibición del modo de ser ideológico ya referido. Tal es así que prácticamente en todas sus líneas asistimos a una exquisita síntesis de ese modo de pensar las cosas del mundo. En este sentido se trata de un texto que no nos da respiros. A pesar de esto, tomemos aire y pensemos.

Lo que primero y más claramente rezuma el texto es su visceral anti-peronismo (en Argentina decimos gorilismo).

(Paréntesis literario). En esto resulta inevitable el recuerdo del cuento La fiesta del Monstruo, 1947, de Borges y Bioy Casares. También, algo más atrás en el tiempo, podríamos recordar El matadero (de Echeverría) o La refalosa (de Ascasubi). Estamos hablando de textos claves y fundantes del modo de ser ideológico que divide su visión del mundo entre los bárbaros (los otros) y los civilizados (nosotros). Por supuesto que también Sarmiento puede anotarse más de un poroto en la construcción de este modo de ver las cosas.

El texto de Carlin y Pierini es, antes que otra cosa, anti-peronista. Aclarado esto, sigamos.
Además de su claro anti-peronismo el texto goza de un inmejorable poder de simplificación (presente e histórica). A cada paso leemos brutales argumentaciones del tipo causa-efecto que inevitablemente hacen de la reflexión socio-histórica poco menos que un ejercicio de infantes.

Por ejemplo:

La idea (hoy embanderada por los asesores de Mauricio Macri y repetida por éste) que insiste en sostener que la Argentina de 1910 era un país rico y próspero. Sólo aquel que interprete a una sociedad bajo una mirada clasista y oligárquica será capaz de juzgar al país del centenario a partir de tales adjetivos. La omisión de una buena cantidad de logros conseguidos a lo largo de cien años no es una omisión permisible. O se trata de una omisión artera o se trata de minusvalorar determinados logros: o las dos cosas juntas.

El recurso de en la Argentina de 2010 hablar de un pasado brillante y prometedor (el de 1910) forma parte de la misma maniobra que pretende forzar una igualdad entre el gobierno de los Kirchner y el de Chávez u Ortega. ¿Cómo es esto? Se trata de hurgar o crear un punto de comparación con el fin de arruinar el juicio sobre el presente. Se falsea la realidad de un pasado rico para contraponerlo a un presente supuestamente paupérrimo (mensaje que sólo podrá ser aprobado por aquellos que quieren creer que en 1910 reinaba la justicia social, la división del ingreso, los derechos de los individuos de toda clase, etc.). De modo semejante se pretende ligar el presente argentino con los demonios que este modo de ser ideológico considera ya constatados: Chávez u Ortega. También de alejar el presente argentino de “los ángeles” constatados: Lula o Bachellet o Piñera o Mujica (esto siempre y cuando Mujica los siga convenciendo del total olvido acerca de su pasado tupamaro; apenas deje de suceder esto no demorarán en meterlo en la bolsa de los demonios, bolsa de la que sacaron a Lula luego de sus bellas estadísticas valoradas adentro y, sobre todo, afuera de Brasil).

De modo que para arruinar una lectura del tiempo presente este modo de ser ideológico va a necesitar siempre puntos de comparación que acentúen la ruina actual. Por eso la construcción (falsa) de un pasado lleno de brillo y de un presente con algunos demonios a los que seguimos por puro masoquismo.

El tercer mal que nos propone el texto es Maradona.

Nada más simple para un modo anti-peronista, es decir anti-popular, de ver el mundo que focalizar todos sus defectos y vicios en la figura del ícono popular número uno: Maradona. El afán de metaforizar con la figura de Maradona el origen y la explicación del fracaso de toda una sociedad no sólo vuelve a acentuar un alto poder de simplificación sino que, peor aún, con ello se nos ofrece una buena dosis de miseria humana.

La idea de los autores es la de explicar la devoción de un pueblo por su máximo ídolo deportivo como la cifra de nuestro fracaso como sociedad. ¿Por qué? Porque ellos entienden que en la figura idolatrada se concentran vicios mucho más generales que nos estigmatizan como una sociedad retrasada, idiota, masoquista, carente de valores y formas, viciosa.

(Paréntesis para ser claros). Los autores masacran a Maradona porque éste ha demostrado afinidad con el equipo gobernante. Y la ha demostrado mediante las formas rústicas, populacheras y suburbiales que los dueños de la buena moral y las buenas costumbres le adjudican al otro, al bárbaro, al negro de mierda, al inculto y al soberbio.

A este modo de ser ideológico la figura de Maradona les sirve para enumerar uno y cada uno de sus odios clasistas. Entre las múltiples manchas que se le destacan al ídolo popular se dice: “desprecio por la ética del trabajo”. ¿A quién le entra en la cabeza querer asociar a Maradona con un desprecio por la ética del trabajo? ¿Cómo es posible no asociar la carrera deportiva de Maradona, justamente, con una voluntad de trabajo inigualable? ¿Acaso tan idiota se puede llegar a ser como para creer que los logros deportivos de Maradona fueron, además de por su talento innato, el resultado de una brutal fuerza de trabajo?

Los autores, además, nos regalan las claves con las que interpretan los valores humanos. Estos valores son, a menudo, los mismos con los que se maneja fatalmente la mayoría de la prensa. Uno de ellos, quizás el más importante, es el valor del éxito. La actuación de la selección argentina de fútbol, para la manera de pensar de los autores, fue, sin metáforas, desastrosa. Ellos dan por sentado que el hecho de no haber sido los campeones del mundo, los mejores de la tierra en la disciplina, es, lisa y llanamente, un verdadero fracaso, una vergüenza nacional. Para los autores, que la gente haya acudido a Ezeiza en masa para saludar a Maradona y a los jugadores es algo inentendible. ¿Cómo ir hasta el aeropuerto para aplaudir a un grupo de fracasados que no supieron ser los mejores del mundo? ¿Cómo un pueblo puede ser tan mediocre de vitorear una derrota, de manifestarle su afecto y apoyo a alguien que no ganó? ¿Cómo la gente no reaccionó con un severo castigo hacia aquel que no logró el éxito absoluto? ¿Seremos un pueblo que, por este tipo de actitudes, ama el fracaso, la derrota, la miseria que significa no ser los primeros?

Para el modo de ser ideológico de los autores sólo el éxito merece los reconocimientos, sólo la victoria máxima es merecedora de una actitud festejante. Para ellos el fracaso debe ser castigado porque su modo de ver el mundo se erige, fundamentalmente, sobre los pilares del éxito. Este modo de pensar (que refleja la mayoría de los valores que bajan desde los medios masivos de comunicación) se concatena perfectamente con una visión clasista de la sociedad, una visión anti-popular, una mirada aristocratizante. Sólo el éxito vale porque sólo los exitosos nos enseñan los mejores valores para funcionar como individuos y como sociedad.

Se nos dice:

En realidad el que se ha chupado todo, desde alcohol hasta cocaína, ha sido Maradona. Nadie lo acusa ni lo maltrata por su triste enfermedad. Solo se trata de señalar su soberbia desconsiderada, de carácter profundamente narcisista, base de sus penosas afecciones del alma, metáfora de la patología crónica de un país”.

Difícil toparse con unas líneas más desagradables que éstas. ¿Cómo los que así escriben y piensan pueden ser capaces de ubicarse subrepticiamente del lado civilizado de la sociedad? ¿Del lado de los que no se comen ninguna, al revés de una mayoría bruta e inculta que celebra los fracasos deportivos?

No son, estos autores, los primeros que masacran a Maradona por su relación con las adicciones. Ya varios son los que practicaron la patética tarea de despellejar a aquel que ha pecado con vicios diversos. Para este modo de ser ideológico aquel que ha sucumbido a la infausta garra de los vicios merece el mayor de los desprecios, la mayor de las reprobaciones. Para ellos sólo se drogan los débiles, los enfermos, los infelices de cuna, los irresponsables. “Nadie lo acusa ni lo maltrata por su triste enfermedad”: absoluta mentira que ni siquiera un niño es capaz de creer. Un poco más abajo en la nota leemos: “Un director técnico que no tiene ni ha tenido capacidad para manejar su vida…”. Se lo acusa, se lo maltrata y se lo estigmatiza del mismo modo que se hace con las capas inferiores, las capas “fracasadas” de la sociedad. Tan lejos seguramente estuvieron siempre de un mísero gramo de cocaína que les es imposible saber del titánico esfuerzo que a algunas personas les significa salir de esta droga. Tan lejos están que ese esfuerzo que debería ser digno de admiración, de ejemplo, les es absolutamente indiferente. Ellos se quedan en que Maradona se drogó y se chupó todo y ya está, suficiente para estigmatizarlo. Se quedan en ello porque la mirada que aplican al mundo es una mirada impoluta, prístina, una mirada que enferma a aquel que sucumbió, a aquel que teniéndolo todo para ser un héroe limpio no lo haya sabido aprovechar. Este modo de ser ideológico detesta, entre tantas cosas que detesta, la suciedad, la debilidad, el fracaso. Como contraparte, este modo de ser adora lo impecable, lo puro, lo intachable, lo que para ellos es ejemplificador y edificante para una sociedad como la que ellos añoran. Por lo tanto ¡nada de dioses sucios, íconos pecadores, hombres falibles, malhablados y soberbios! ¿Cómo es posible emitir discurso dando por sentado que lo hacemos desde una limpieza moral intachable? ¿Cómo es posible albergar un juicio de uno mismo tan límpido como para acechar al otro cuando abunda en suciedad y malos hábitos?

Una muestra más de la brutal simplificación intelectiva de los autores de la nota (propagandística) dice que “el fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país”. Acto seguido (con el eterno diario del lunes con el que la prensa suele querer mostrarnos toda su inteligencia y sabiduría) los autores toman a Batista y al ¡triunfo de un solo partido! como contraparte positiva de la labor de Maradona como DT de la selección. Esto, sin embargo, no resulta más que confirmante en aquellos quienes cifran el mundo bajo la única ecuación éxito=bueno / fracaso=malo. Lo gracioso (y patético) es que para masacrar el trabajo de Maradona se sirven de un ejemplo tan módico como el de un entrenador que hasta la fecha ganó tan solo un partido. Y amistoso.

Para este modo de ser ideológico todos los caminos conducen a la hipocresía.

A la hipocresía, fundamentalmente, de una clase media que vive convencida que merece más de lo que tiene y que, en consecuencia, no puede evitar el resentimiento hacia el otro, ese otro al que considera menos, menos merecedor de lo que tiene; porque ha hecho menos, porque no se ha educado tanto como él, porque no trabaja como él, porque es bruto y vota a cambio de cosas concretas como comida o planes. Los que más y mejor reciben el guante de este modo de ser ideológico es esta clase media eternamente disconforme con su situación social. Una clase que detesta las acciones de las masas cuando ésta no la representa, cuando la masa no la identifica y, por ende, no la incluye. Una clase media (las altas siempre fueron mucho más obvias) que a diario practica la discriminación hacia la negrada incivilizada que sólo reacciona a partir de lo que le dan: como si las clases medias y altas no se comportaran del mismo modo. Una clase que concentra todos los males en ese otro al que ve como la manzana podrida de la sociedad, una clase que está convencida de que si todos fueran como ella las cosas marcharían excelentemente bien.

Una clase media para la que, como los autores de la nota dicen aquí y allá, la explicación de todos nuestros fracasos en tanto sociedad radica en que ese otro inculto no puede menos que vivir comprando espejitos de colores, que es para lo único que le da la cabeza. Ese otro embrutecido que a lo único que atina es a hipnotizarse con líderes maquiavélicos cuyo poder y existencia nos arruina a nosotros, a los que estamos en condiciones de discernir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo sano de lo enfermo. La gran culpa de nuestros fracasos, por otra parte, no está fuera de nosotros, tampoco en el maldito pasado que hay que dejarlo atrás y parar ya con su odiosa remoción, tampoco la gran culpa se halla en otras naciones históricamente opresoras de las más débiles, tampoco en los golpes militares que uno tras otro nos fueron asolando desde 1930: no, la gran culpa se esconde entre nosotros, más cerca de lo que se piensa.

La gran culpa de nuestros fracasos habita en aquellos que sucumben a la adoración de ídolos sucios, falsos dioses llenos de defectos, de vicios, de derrotas vergonzosas; pésimos ejemplos para nuestros niños que serán el futuro, íconos pecadores que se expresan mal, faltos de modales y petulantes, dioses que ni siquiera se auto laceran en las horas posteriores a sus fracasos, que no se desangran ejemplarmente frente al pueblo como para dejarle a éste bien en claro que no ganar, no ser los mejores del mundo, está mal, pésimo. Dioses que están en lugares inmerecidos porque no han estudiado, porque no se han esforzado como corresponde, dioses que usufructúan lugares regalados y no debidamente ganados. Pero sobre todas las cosas, lo peor de lo peor, dioses que se apegan a causas innobles, populacheras, con las que nosotros, la buena sociedad, la útil, la que conoce el camino, no sólo no comulga sino que aborrece.

Porque a los otros dioses posibles, los que piensan como nosotros, a esos sí los queremos. A esos sí les hacemos la vista gorda, a esos sí le perdonamos los vicios y nos quedamos tan solo con sus virtudes. A esos pequeños dioses de la vida cotidiana que desde un diario o desde un programa de televisión nos acercan cada día las verdades mejor reveladas, a esos sí los adoramos. Tanto los adoramos que somos capaces de olvidarnos que hace treinta y pico de años alentaban con su complicidad la carnicería, las abominaciones que en otros sitios del planeta rápidamente nos espeluznan. El domingo leemos a estos nuestros pequeños dioses de la opinión, puros, prístinos. Si alguna vez escribieron “accidente” en lugar de “asesinato”, “extremistas” en lugar de “personas” ya está, ya pasó, hay que mirar hacia adelante, hacia el futuro, no podemos quedarnos en el pasado. Bah, en algún pasado sí, como el de 1910, pero no en otros pasados, pasados feos, sucios y malos.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...