lunes, 31 de octubre de 2011

Clase media argentina: una especie muy particular



Por supuesto que cuando se habla de “la clase media argentina” uno siempre acabará construyendo generalidades un tanto arbitrarias. Pero nomás uno comienza con la descripción todos podemos ser capaces de entender a quiénes nos referimos. 

Esta clase socio-económica, como todas, establece sus propias reglas de vinculación en el mapa general de la sociedad. Es decir que construye “una mirada” a través de la cual observa, interpreta y juzga a un otro al que entiende o por debajo suyo, o por arriba.

La “genética histórica” de la parte más reaccionaria de la clase media argentina ha solido siempre detestar a las clases bajas y ser, cuanto menos, condescendientes y hasta admiradores de las clases superiores.

Resulta tristemente fácil escuchar hablar de “negros”, “ignorantes”, “mantenidos”, etc. Si existe una actitud resentida de la clase media suele ser dirigida hacia abajo y no tanto hacia arriba. Como si existiera una sospecha que los que están por debajo son los que más ponen en riesgo la calidad de vida –su seguridad y su permanencia- de la clase media. 

La mayoría de las veces las clases medias no consiguen ver en las clases altas una dosis real de amenaza (por supuesto que en todo esto hay mucho de la gigantesca red comunicacional que suele criminalizar a las clases más humildes: radican en éstas y no en otras el germen de la delincuencia, la promiscuidad, el avasallamiento del orden y la moral. Los medios de comunicación se expresan bajo estos términos porque, claro está, no son manejados precisamente por las clases inferiores sino más bien todo lo contrario). Es probable, hay que decirlo, que no seremos testigos del día en que un traje-corbata-maletín inspiren el mismo temor que una vestimenta humilde y desaseada. El hombre, sabemos, se hace más por sus prejuicios que por sus juicios. Las clases altas no llegan a representar una amenaza o un riesgo para las clases medias porque son las primeras las que poseen lo que anhelan las segundas. Las clases altas funcionan, en todo caso, como horizonte ilusorio; las clases bajas, por el contrario, como temido infierno. 

Para la clase media la clase baja es la más fácilmente corrompible porque lleva en su vientre el gen de la corrupción. La clase media detesta que a la clase baja la supervivencia no le cueste lo mismo (o más) que a ella. “Que se le regalen cosas” subleva la capacidad de tolerancia (de por sí baja) de esta clase media. Por el contrario, no se le da por rechazar a los ricos por la abundancia que tienen, por las ventajas que esta abundancia les habilita. En relación a esto último, tiende a pensar que hay sólidas reglas de merecimiento en esa abundancia. De igual modo (aunque con una muy diferente vara) se piensa que las clases bajas ocupan, también merecidamente, su lugar en la sociedad. Esta clase media es fatalmente insolidaria: en definitiva lo quiere todo para ella, o al menos desea ser siempre prioritaria. 

Esta clase media de la que hablo posee una severa dificultad para ver en las clases inferiores a las víctimas de la sociedad. Es más, los más acérrimos clasemedistas la ven como los victimarios de un estado de cosas. Lejos de sensibilizarse, mucho menos compungirse, por la carencia casi obscena de ese otro, entiende que es éste la manzana podrida de la sociedad. Le es muy dificultoso anhelar la integración de los que están por debajo; lo pueden llegar a manifestar “de la boca para afuera” pero rara vez lo sienten. 

La clase media argentina es por lejos la más celosa de todas las clases sociales, también la más temerosa: el dominio del miedo muchas veces explica el odio, el resentimiento y el desprecio. Es, en este sentido, la clase más salvaje. Cuando experimentó miedo ante el “desorden social” exigió  mano férrea y hasta se le ocurrió, años más tarde, inventar dos demonios para justificar el desempeño sangriento de uno solo. Dicen que Brecht dijo que “un fascista es un burgués asustado”; por estos lados tenemos que decir que “un fascista es un clasemedista argentino asustado”. 

La clase media argentina es, por sobre todas las cosas, hipócrita y astutamente olvidadiza. De su pasión por el olvido nace su hipocresía. Como “vive olvidando” esta clase media siempre es dueña de la Razón, es decir de la Verdad de todas las cosas. También es mediante su pasión por el olvido que pretende siempre para sí misma “una visión virginal y virtuosa de sí mismas” (R. Forster). Vale un ejemplo histórico: la Plaza de Mayo repleta de gente exigiéndole al gobierno beodo de Galtieri Paz, Pan y Trabajo y a los pocos días (¡muy pocos días!) la msima Plaza repleta de gente y patriotismo contra los ingleses y Susana y Mirtha donando sus joyas: clase media argentina en estado puro.    

La clase media no puede ni quiere entender que “el problema” no son los pobres, las clases bajas de la sociedad. El problema son los ricos, los que tienen en exceso. La desigualdad no es una creación de la pobreza sino de la riqueza. Sólo una total equivocación de los valores humanos puede hacer posible que no se comprenda esto. Y para hacerlo desde ya que no es necesario criminalizar al rico porque hacerlo sería repetir el gesto clasemedista. Hay infinidad de otras explicaciones de estos fenómenos, empezando por la relación de toda la humanidad con el vil metal. Pero elijo cerrar con un gaffiti sublime escrito en los muros de Rosario que reza: “ser millonario es de mala educación”. 

Mauricio Alonso.

domingo, 30 de octubre de 2011

La bilis del gorila blanco


Hay un argumento plausible. Tal vez sea una ilusión, un mero producto de la humana voluntad de querer ver lo que en realidad no existe. Pero cuando se toma en cuenta que muchos de sus partidarios más enardecidos se molestaron con la Presidenta porque a la hora del triunfo descomunal de ese domingo les pidió a los militantes que no insultaran a los adversarios que la felicitaban, puede advertirse que quizás ése sea el problema profundo y esencial del peronismo. Dicho de frente: fecunda, procrea, incuba y nutre cachorros capaces de ser atroces. Cuando el líder del momento necesita replegarse en las dulzuras de la cordialidad institucional, gritan y actúan de manera desaforada y destructiva. Los líderes del movimiento han generado dialécticas furiosamente belicosas, es cierto, y no se los puede excusar. Fue Perón el que prometió “por cada uno de los nuestros caerán cinco de ellos” y fue Néstor Kirchner quien escarnecía a las entidades agropecuarias, equiparándolas con los Comandos Civiles Revolucionarios de 1955 y con las fuerzas de tareas de la dictadura de 1976 a 1983. El Perón furibundo y dictatorial de los años cincuenta se asumió como león herbívoro antes de morir y fue él que despreció sin ambages a los Montoneros, que mucho antes de ser echados, en mayo de 1974, habían asesinado a José Rucci a 48 horas de que el viejo caudillo fuera plebiscitado por el 62% de los argentinos...

...Un viejo dilema se le presenta a todo aquel que quiera entender dónde empiezan y hasta dónde llegan las fronteras del peronismo. Panegiristas explícitos como Artemio López proclaman que “esto es peronismo, el kirchnerismo es peronismo puro”, mientras que un veterano justicialista hoy fuera del poder, como Julio Bárbaro, decía horas antes del domingo pasado que “la Presidenta es la más peronista de todos los candidatos”. El problema es que el peronismo ha subsistido y proliferado durante seis décadas retozando sin problemas en las confusiones interpretativas más agudas. Como si fuera una cosmogonía eternamente sacudida por polémicas similares a las de la hermenéutica bíblica, siempre cruzadas por la portación de “la verdad” que algunos se adjudican, en el nombre del peronismo se acuestan en el mismo lecho las afirmaciones más encontradas...

...Los gobiernos peronistas que la Argentina sigue prefiriendo contra viento y marea se apoyan en unas tasas de permisividad sorprendentes...

sábado, 29 de octubre de 2011

Força Lula


La Nación se equivocó (igual podrían aprender de una buena vez por todas)

El peligro de creer que la austeridad es la salvación

Los mercados celebraron el acuerdo que emergió en Bruselas anteayer. De hecho, comparado con lo que podría haber ocurrido -un ruidoso fracaso para alcanzar consensos-, la situación de que los líderes europeos hayan estado de acuerdo en algo, por más vagos que sean los detalles, es un acontecimiento positivo.

Sin embargo vale la pena tomar distancia para ver el cuadro más amplio, es decir, el abyecto fracaso de una doctrina económica? una doctrina que provocó graves daños tanto en Europa como en Estados Unidos. Esa doctrina se basa en la afirmación de que, en el período subsiguiente a una crisis financiera, los bancos deben ser rescatados pero el público en general debe pagar el precio.

Así, una crisis generada por la falta de regulación se convierte en una razón para desplazarse aún más a la derecha; una época de desempleo masivo, en vez de estimular esfuerzos públicos destinados a crear empleos, se convierte en una era de austeridad, en la que se recortan los gastos del gobierno y los programas sociales.

Esta doctrina se impuso porque, según se decía, no había alternativas -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados- y se alegaba que la austeridad fiscal en realidad crearía empleos. La idea era que el recorte de los gastos infundiría mayor confianza tanto a los consumidores como a las empresas. Y esa confianza supuestamente estimularía los gastos privados, más que compensar los efectos depresores de los ajustes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un crítico cáustico se refirió a los supuestos efectos expansionistas de la austeridad como algo equivalente a la creencia en "la confianza en los cuentos de hadas". Bueno, sí... ese crítico era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente.

La austeridad expansionista, en particular, es defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado urgió a todos los gobiernos europeos a abocarse a la "consolidación fiscal". Y el año pasado también, cuando David Cameron se convirtió en premier inglés, inmediatamente se embarcó en un programa de recortes de gastos, en la convicción de que estimularía la economía. Su decisión fue recibida con elogios por muchos entendidos estadounidenses.

Ahora, sin embargo, pueden verse los resultados, y el cuadro no es lindo. Grecia fue empujada por sus medidas de austeridad a un bache aún más profundo? y esa caída fue la razón que, según concluía un informe clasificado dirigido a los líderes europeos, determina que el programa existente en ese país sea impracticable.

La economía británica se ha estancado bajo el impacto de la austeridad, y la confianza, tanto de las empresas como de los consumidores, cayó.

Tal vez lo más revelador es lo que ahora pasa por ser una historia de éxito. Unos meses atrás varios expertos empezaron a celebrar los logros de Letonia, que tras sufrir una terrible recesión, logró reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era un país fiscalmente sólido. Eso fue, por cierto, impresionante, pero se produjo al costo del 16% de desempleo.

Entonces, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es una receta para la prosperidad. ¿Pero acaso había otra alternativa? Por eso estoy en Islandia, un país que hizo algo diferente.

Si usted lee habitualmente notas sobre la crisis o ve documentales sobre el tema sabrá que se suponía que Islandia debería ser la cara del desastre económico: sus desenfrenados banqueros cargaron al país de enormes deudas y dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero algo divertido ocurrió en el camino hacia el Armagedón económico: la misma desesperación de Islandia volvió imposible cualquier conducta convencional, liberó así a la nación y le permitió transgredir las reglas. Mientras todos rescataron a los banqueros, haciendo que el público pagara el precio, Islandia dejó que las instituciones cayeran y amplió su red social de seguridad. Mientras todos trataban de apaciguar a los inversores, Islandia impuso controles provisionales sobre el movimiento de capital para darse lugar para poder maniobrar. ¿Y cómo resultó?

Islandia no evitó daños económicos de envergadura ni una caída significativa de los estándares de vida. Pero sí consiguió limitar el aumento del desempleo y el sufrimiento de los más vulnerables; la red social de seguridad sobrevivió intacta, al igual que la decencia básica de su sociedad. Cuando todo el mundo esperaba un absoluto desastre, todo eso representó un éxito político. Y hay allí una lección para el resto de nosotros: el sufrimiento que enfrentan nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de penuria y de una sociedad mucho más dura, fue por elección. No tenía y no tiene por qué ser de esa manera.

Traducción de Mirta Rosenberg .

miércoles, 26 de octubre de 2011

Apuntes sobre el poderómetro. Por Mario Wainfeld.

La reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los records de aprobación que conlleva le valen, sin duda, un nivel envidiable de legitimidad. El pueblo soberano le confirió poder, por un lapso determinado y supeditado a las normas constitucionales. El dato es traducido de modo curioso, agitado por lo que podríamos llamar pensadores enfurecidos opositores (PEO). Según muchísimas interpretaciones volcadas en estos días, la Presidenta tiene el poder más amplio de toda la historia argentina. Los vocablos para definirlo o describirlo se repiten o varían muy poco: poder imperial, incontrolado o incontrolable, hegemonía, partido dominante. Los riesgos de las tentaciones populistas o dictatoriales, tout court, se remarcan. La espada de Damocles bolivariana se puntualiza, por aquí y allá. Las palabras, casi siempre, se usan de modo vago. Antonio Gramsci se revolvería en su tumba si leyera o escuchara a qué se reduce, de ordinario, su sutil y complejo concepto de “hegemonía”. A los emisores no les importa. Como en una riña callejera, lo que expresan no sirve tanto para describir al fenómeno cuanto para trasuntar su rabia y el ánimo de denostarlo.

Para enrevesar más el asunto, la mayoría de los PEO, amén de tarifar la cuota de poder de CFK, pronostican su caída irrevocable. El vaticinio remite a dos causas: la lucha por la sucesión y un fracaso del modelo en años venideros, sea por su propio agotamiento, sea por las derivaciones de la crisis financiera internacional.

A primera vista, hay una contradicción entre la enunciación de un poder omnímodo y el anuncio de su fecha de vencimiento, bastante cercana. Si se agudiza la mirada, la contradicción se corrobora.

Sigue acá.

martes, 25 de octubre de 2011

La importancia de Cristina



Argentina es un país para no aburrirse: en diez años pasamos del “que se vayan todos” a casi 12 millones de personas adhiriendo al tercer período de un mismo proyecto gubernamental. 

La contundencia de las cifras era importante. Muy importante. Si las distancias hubieran sido menores valía igual, claro está. Pero el orden de lo categórico es menos tolerante con la ambigüedad, con las probabilidades, con los claroscuros. 

Lo categórico “para arriba” y lo categórico “para abajo”. Porque entendemos que un 1,84% de votos para la Coalición de Carrió también era necesario. Nos referimos a la severidad (democrática) del castigo a un modelo desenfrenado de dirigente, bárbaro, mendaz y nocivo. El 5,89% de Duhalde también era importante. Porque lo arrima al borde del abismo político (aunque nunca se sabe…) a un tipo de dirigente vetusto y viciado. Es importante, también, que sea el Frente progresista encabezado por Binner la presunta segunda fuerza nacional. 

Después de unas elecciones presidenciales todos los analistas salen a buscar “sus” explicaciones. Los medios opositores, claro está, son los que la tienen más difícil. La idea de que el kirchnerismo es una máquina sagaz de lavar cabezas huecas (casi 12 millones de boludos) no les alcanza para explicar los hechos. Manosean la retórica para ver si sale algo pero nada. 

Hasta que no se interroguen acerca del amor no van a avanzar nada. ¿Qué amor? El que puede ser capaz de fogonear un(a) líder político en las masas. A costa de trabajo, sí, también de eficacia, es decir de resultados. Hasta que no se interroguen acerca de los motivos que hacen que miles se emocionen con el discurso de un líder no van a llegar a ningún lado. Hasta que no ahonden en las causas de la imantación que se produce entre una mujer y las masas no entenderán nada. Hasta que sigan negándose a ver que hace años que la política viene, por fin, derramándose en las masas nada en claro van a sacar. Hasta que sigan “explicándose” el llanto de miles por un líder que se fue a través de fórmulas idiotas como la de la “pasión mortuoria” de los argentinos van a continuar derrapando. 

Hay que entender que, aun con todo en contra, Cristina hizo todo bien. Perfecto podría decirse. Desde la misma madrugada del 17 de julio de 2008 (la histórica traición de Cobos) hasta hoy. ¿Qué es lo que hizo? Simple: trabajar duro. ¿Y qué más? Poniéndole los oídos a unos y sacándoselos a otros. Mantuvo una clama perfecta mientras que se hizo mucho (y se hará más) para que la perdiera. 

Otra evidencia: Cristina hizo todo bien porque entendió todo bien. El que no entiende bien las cosas procede mal, fatalmente mal (el mal de los columnistas de opinión opositores). Aquel analista (y un presidente lo es en primer lugar) que haga una mala lectura de los sucesos de la realidad errará sus pasos y padecerá las consecuencias. ¿Es Cristina, acaso, una enviada de los cielos? En absoluto. Es una mujer que siente a la política desde la adolescencia. Esto tampoco lo puede entender la razón liberal: siempre anti política y pro gerencial. Lugar común pero cierto: el triunfo de CFK es el triunfo de la política convertida en ejercicio permanente. La política, también y fundamentalmente, derramándose sobre la ciudadanía. 

A Cristina, como a todo el mundo, le tocó y le tocará trabajar en la exigente contingencia de los contextos. Se llenan la boca hablando de “viento de cola”. ¿Fue “viento de cola” la alianza agro-mediática que se propuso horadar el gobierno en marzo de 2008? ¿Fue “viento de cola” la implacable realidad de las legislativas de 2009? ¿Fue “viento de cola” la crisis financiera internacional de 2008 que el país logró sortear sin demasiados sufrimientos? ¿Fue “viento de cola” la furibunda sequía de 2009? ¿Fue “viento de cola” la repentina muerte del máximo líder del partido oficial? 

La pregnancia de las mayorías hacia el gobierno de CFK fue en una constante levantada a fuerza de hechos. Y coraje. Las anteriores experiencias de gobierno, a la hora de rozarse con la debilidad propia, acabaron siempre entregándose a ésta: y sucumbieron. Tras las perdidosas legislativas de 2009, contrario a nuestra lógica histórica, el gobierno salió a duplicar la apuesta y a jugarse el todo por el todo en el mismo momento de perder la mayoría en ambas cámaras. Y acá estamos. Cuando se juntan las convicciones con el coraje suelen salir cosas buenas.

La importancia de Cristina fue haberse comportado diferente a todos. Mientras que no había un solo político que no construyera su agenda (su “quéhacer” y su “quédecir” político) luego de leer los diarios de la mañana, CFK invirtió los órdenes: la cancha la marcó y la marca siempre ella. Contra las denostaciones, contra la opinología peneana, contra el hábito horadador de las plumas insignes, en fin, contra todas las adversidades, Cristina fue lo suficientemente sagaz como para entender que si ella no se afirmaba en el timón otros lo harían por ella (la Historia así nos lo dice). Esa sagacidad (parida de una hembra política) le depararía o un horizonte fabuloso o un horizonte lastimero. Y acá estamos.

Luego del hito más duro de su vida, la muerte de Néstor, cuando el vetusto de González Frega pretendía ponerle los puntos con el cadáver todavía tibio de su marido, lo único que hizo Cristina fue seguir siendo la misma. Lo mejor que podría haber hecho. Los festejantes de las redacciones de La Nación y Clarín, a casi un año del funesto 27 de octubre, tienen hoy la obligación de retorcerse en la propia miseria. Porque el principal objeto de sus burlas les demostró que los idiotas útiles son ellos, que son ellos los que se anquilosaron en el tiempo, que las plumas como penes de traje y corbata deben callar cuando el pueblo habla. La odian y seguirán haciéndolo. Pero ahora con la obligación de respetarla. Con la obligación de estimarla.     

La importancia de Cristina (y de Néstor) fue la herejía. El hereje (siempre divino) es aquel que se rebela ante el hábito, quien no se conforma con encontrar lo justo siempre en la corrección. El hereje, recordemos, es un insumiso y un insumiso, muchas veces, suele jugarse todo en ello. Nada va a seguir siendo igual luego de los años kirchneristas. Nada. Aún cuando pasen cincuenta o sesenta años. Pero lo cierto es que durante estas horas se abre una nueva etapa de estos años: el cristinismo. Veremos de qué se trata, aunque ya sepamos algo. Mientras tanto… disfrutemos.   

Mauricio Alonso.

jueves, 20 de octubre de 2011

Pelando trayectorias



 En los numerosos  (y patéticos) programas televisivos en los que tanto conductores e invitados se dedican casi exclusivamente a ventilar miserias de la vida íntima de propios y ajenos se suele asistir a “peleas” cuyos contenidos van casi siempre por el mismo camino: cada cual le escupe al otro “la trayectoria”. Fulano o mengano utilizan como defensa argumental “la trayectoria” que (al menos eso suponen) los eleva por sobre el contendiente. Esta estrategia apunta a descalificar al otro, a considerarlo “no apto” para la discusión por el mero hecho de poseer “menor escalafón”, “debilidad de currículum”, “carencia de trayectoria”: lo que se persigue mediante estas autoexaltaciones es desclasar al otro. 

Estas bajezas se suponen habituales y dignas del universo televisivo invadido de vedettes famélicas de fama y peculio, conductores rastreros y productores enfebrecidos por el rating. 

Hay que decir que el recurso a “pelar trayectorias” superó la berreteada televisiva para llegar a la gente seria. 

Hace rato ya que Lanata hace uso y abuso de esto. Lo hizo y hace, por ejemplo, con cuanto colega K se le cruza en el camino. El último que tuvo que leerse todo el currículum vitae de Lanata fue Barragán en la columna que el primero tiene en el ominoso “diario” Libre (“En Argentina todo da lo mismo”). Allí mismo, luego de la palabra en negritas Trayectoria, Lanata pasa a enumerar buena parte de su pasado laboral. Difícil imaginar menor grado de timidez y egolatría: ¡vedetísimo!

Otro caso actualísimo de “pelada de trayectoria” lo vemos en Hermenegildo Sábat Vicente López (diario Clarín, “Es peor la ignorancia que la mala fe”) hacia Víctor Hugo Morales. Como el primero supuso que el segundo criticó un dibujo de su hijo (Alfredo Sábat) en La Nación el padre entendió que era necesario salir a defender al retoño. Parece que el hijo se mandó un dibujo de un Tío Sam enorme frente a una Cristina pequeñísima. Parece, además, que a Hermenegildo lo “pincharon” mal porque Víctor Hugo jamás habló mal del artista (todo lo contrario) sino que hizo referencia a un “contrasentido” que a cualquier perspicaz se le hubiera ocurrido: el sentido buscado con la caricatura (minimizar a Cristina frente al poder de EEUU) contra el sentido ideológico troncal de un diario como La Nación para quien el Tío Sam (USA) resulta poco menos que un Dios regente de toda reflexión. Mientras que la caricatura pretendía burlarse de la pequeñez de CFK frente al gran tamaño del Tío Sam la ideología fundante y eterna de La Nación (perdón por el uso de la demoníaca palabra “ideología”) es el acuerdo y defensa de esas relaciones de “tamaños”. Cada escribidor de La Nación entiende a la política a partir de esta óptica Amo (USA) / Esclavo (nosotros). 

¿Qué hizo, entonces, Sábat padre? Claro, ¡peló trayectoria!. En este caso la peladura de CV fue de carácter histórico: se fue por las ramas de su bisabuelo, abuelo, tío abuelo y padre hacia casi los comienzos de la civilización. Peló trayectoria, también, del hijo ofendido (y silencioso). “La trayectoria” es la ignorancia que Sábat le imputa a Víctor Hugo. Igual procedimiento que hace Lanata con Barragán. 

¿Qué lleva a hacer creer a una persona que sus éxitos laborales del pasado le prestan un blindaje moral? ¿Por qué se defienden con el abolengo en lugar de hacerlo con las palabras y las ideas? ¿Por qué hacer gala de una moralidad clasista y de auto exaltación?             

Mauricio Alonso.

lunes, 17 de octubre de 2011

Los cambios en la escuela, en la mesa y en el trabajo. Por Mario Wainfeld.


Un estudiante de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata entrevista a Chino, beneficiario de la Asignación Universal por Hijo (AUH). Chino tiene once años, es el mayor de varios hermanos. La charla busca “información de campo” sobre su perspectiva de la AUH. Chino es tímido pero va conversando, sabe de lo que habla aunque a veces se interrumpe, parece distraerse. En pocas palabras, acumula detalles: la mamá le compra con la Asignación “todo eso para la escuela... cuadernos, lápices”. Se expresa con naturalidad, establece pausas. Vuelve a enumerar: “Zapatillas, también para (pagar) el colectivo”. Hace un silencio prolongado, se le interroga si habían podido sumar algo más. Le brillan los ojos, añade “una cama de dos pisos”. Sin teorizarlo, pero sabiéndolo, la narrativa de Chino (y su flamante cama cucheta) dan cuenta del efecto secuencial, progresivo, del ingreso en su cotidianidad, en la escuela y en la casa.

Un padre chaqueño que percibe la AUH para sus hijos le comenta a otro investigador: “Antes me tenía que pelar todo el tiempo el lomo en el monte, ahora puedo estar más tiempo en casa. Si no fuera por eso, ahora no estaría hablando con vos, tendría que estar adentro del monte”.

Los ejemplos se multiplican y forman parte de un interesante informe cualitativo elaborado por seis universidades nacionales a pedido del Ministerio de Educación. El relevamiento cubrió siete provincias, se entrevistó a 1200 personas entre funcionarios, docentes, padres de alumnos, alumnos, funcionarios y “otros actores” (ver recuadro aparte). La finalidad es conocer las percepciones generales sobre la AUH, sus consecuencias en la escolarización, las prácticas educativas, el consumo en los hogares. También hacerse cargo de las “tensiones y desafíos” que desata el cambio, acápite que incluye divergencias entre docentes.

El ministerio sintetizó y sistematizó el material, preparando un informe general al que tuvo acceso Página/12. El Informe combina datos duros, percepciones, historias de vida. También se elabora un video con testimonios. Un abordaje parcial, sin duda, pero relevante acerca de lo que desata la AUH en el sistema educativo y en los hogares, cuando están por cumplirse dos años de su implantación. Repasemos algunos de sus puntos más salientes.

En términos generales, entre los principales universos entrevistados, los beneficiarios (jefes de hogar o alumnos) muestran conformidad y, sobre todo, testimonian lo que fue cambiando en su cotidiano. Los funcionarios (previsiblemente) están conformes. El colectivo docente (maestros, directores y personal administrativo) está más dividido. Los hay muy conformes y entusiastas. Los hay críticos, en especial acerca de la conducta de los padres, respecto de la escolarización misma, como administradores del dinero. Algunos creen que ese tipo de medidas desalienta la búsqueda de trabajo. O sea, “se produce un quiebre” entre las voces de muchos docentes y beneficiarios (padres y alumnos) y un conjunto de docentes.

El promedio, a estar al Informe, concuerda en que “la condicionalidad educativa” estipulada para poder cobrar la AUH es un acierto y que tiene una centralidad mayúscula en el imaginario social, político y mediático.

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Lo que va cambiando. El informe detecta “un reconocimiento mayoritario” en el aumento del presentismo escolar, en la evidente mejora de las condiciones de vida y en el acceso a la posibilidad de recreación y nuevos consumos culturales. El Ministerio de Educación verificó que, efectivamente, la matrícula aumentó y, además, que es otra la forma de “estar en la escuela” de muchos alumnos. Se inscribieron más educandos y la tasa de retención mejoró. La trayectoria educativa es mejor, observándose menos repitencia, abandono y sobreedad.

En 2006, el 23 por ciento de los alumnos tenía más edad de la esperada para el ciclo que cursaba, en 2010 ese porcentaje desciende al 17,7 por ciento, en correlato con la disminución de repitencia y abandono. El director de una escuela de Avellaneda pone el fenómeno en palabras: “Cuando se pone en aviso a uno de los padres de que el chico está en riesgo la situación cambia. Antes seguía en riesgo y abandonaba. Hoy el nivel de abandono es menor”.

La asistencia social también llega más, explica una preceptora de Berisso. De nuevo, hay un “antes” y un “ahora”: “Para las asistentes (trabajadoras sociales) cambia porque antes iban a la casa y no las recibían. Ahora, con la obligatoriedad, es distinto”.

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Los útiles, la comida. La AUH no es un subsidio al desempleo. En tendencia, la mayoría de los jefes de hogar tienen trabajos informales, a veces esporádicos. El agregado de los dos ingresos reconfigura la, siempre restringida y exigente, economía familiar. El modo en que las familias asignan los nuevos recursos, ya se dijo, es leído contradictoriamente entre los docentes. Los padres y los alumnos enfatizan que los útiles escolares y la comida son el principal destino. Refacciones en la vivienda, otro caso.

La experiencia del Ministerio de Educación y muchas escuelas corrobora sus dichos. Desde principios de 2011 se redujo sensiblemente el número de pedidos de útiles a las autoridades nacionales, provinciales y municipales. En parte, explican conocedores del terreno, es que hay más plata en los hogares. En parte, es que los chicos prefieren darse un gustito eligiendo tal o cual cartuchera, mochila o lapicera.

El pago en las cooperadoras aumentó, informa la directora de un colegio en Junín, “antes era menos, casi nada”. Se completa un círculo virtuoso, conmovedor. La familia retribuye, aporta a la comunidad educativa, más allá de lo que le sería exigible.

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A comer. El menú cotidiano es otro, las familias dan cuenta. “Les compro dulces y frutas”, comenta una madre formoseña. Una alumna de Melchor Romero se entusiasma, entre otros motivos porque, argentina al fin, puede convidar: “Ahora comemos pollo al horno, más seguido asado... invitamos a gente a la casa a comer, más a los chicos de la iglesia a comer pizza”.

Los comedores escolares están, por lo general, menos poblados. A veces los alumnos demuestran nuevas exigencias: “A los pibes les gusta la milanesa, el puré... si les das acelga, digamos, antes la comían porque en la casa había necesidad, no había comida, pero ahora es como que no la comen” (un inspector regional).

Por cierto, ni los menores ni las familias son ascéticos, puritanos o estoicos. El consumo entusiasma, los testimonios dan cuenta de “galletitas para mi hermano”, “una Coca cola en la mesa, pedir chocolate y comprarle”. Hay quien se manda a un McDonald’s el día de cobranza para que la nena tenga sus “papitas fritas”.

La escuela, se razona en el informe, se “va librando de las múltiples tareas que había asumido durante la crisis social”. Recupera, parcialmente más vale, su rol esencial. No es sencillo ponerse a la altura, reconocen a este diario asesores muy cercanos al ministro Alberto Sileoni. En la secundaria, especialmente, va virando un paradigma: se había convertido en una escuela selectiva. Los nuevos educandos, muchos de ellos primera generación en la familia que va a la secundaria, proponen desafíos. Más trabas en el aprendizaje, menos adecuación a la disciplina y las rutinas, más proclividad a “entrar y salir” del sistema. En los hogares de clase media, como norma, no se “negocia” si el chico cursará el secundario. El menor de estratos más humildes sí lo hace, pues la escuela compite con “la calle”, la posibilidad de trabajar o de emprender otro camino. Acaso esto explique, en parte, las reticencias de varios docentes, menos optimistas respecto del desempeño de los papás, como integrantes de la comunidad educativa y como administradores del dinero.

“Los padres no dan bola”, cuestionan preceptores de Junín. Hay quien les imputa total desapego: “Sólo les importa cobrar la AUH” (trabajadora social de Berisso). “Ves a los chicos con las zapatillas rotas y están con la mejor cámara digital” (directora de escuela en Junín). Otros denuncian que los chicos llegan “con ropa vieja, faltos de higiene” (director de escuela en Formosa). O sin ganas de estudiar.

Otros maestros, mayoría según el Informe, piensan de modo muy distinto, por ejemplo un chaqueño: “Antes capaz los chicos venían a pedirnos pan y ahora tienen que venir a estudiar”. Tal vez registren multiplicidad de situaciones o de conductas, no ha de ser puramente homogéneo un universo de casi un millón de familias.

La diversidad de consumos es otra novedad, que se debate.

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Consumos. “Antes veíamos las cosas por la tele y (los chicos) decían ‘¿cuándo vamos a ir?’. El año pasado fuimos a lo que fue el Bicentenario, este año fuimos a lo de la murga, en Boedo. Aparte, nosotros nos enganchamos en todo. Hay un recital gratis a beneficio, si podemos vamos todos”, cuenta una mamá.

La ampliación de ciudadanía se trasunta en nuevos consumos culturales, anche el Bicentenario, que algunos observadores creyeron un reducto de las clases medias. Seguramente Tecnópolis fue otro centro de atracción, no registrado en el Informe por su fecha de confección.

Los MP3, celulares, golosinas para el recreo son partes de nuevos patrimonios. Hay docentes que ven en esos accesos una mejora en las condiciones cualitativas de acceso al aprendizaje. Otros barruntan un desperdicio. Una preceptora de Melchor Romero propone un discurso más sofisticado, con reconocimientos y prevenciones: “Tienen que comprar porque así recuperan la dignidad. Cuando esa moneda es gratis se la gastan en puchos, en chicles, en Coca Cola. Se terminan acostumbrando a todo lo que se les da”. Un director del Chaco matiza más, comprende ciertas decisiones, pero alerta: “Con el recibo de la Asignación les dan el crédito para la moto. Esperemos que después la plata sea para los chicos y no para otra moto”. La moto, la bicicleta son elecciones habituales, para nada caprichosas ni superfluas. En muchos confines del Conurbano o del interior de provincias el transporte público funciona mal, si es que existe. La movilidad propia deviene un imperativo. Acceder a la motito es ganar tiempo y calidad de vida.

Los críticos remarcan, más de una vez, un potencial conflicto con la cultura del trabajo: “(La AUH) hace que la gente no quiera superarse. No se apuesta al trabajo, que es lo que dignifica”, reflexiona una empleada de maestranza de una escuela de Formosa.

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Reparar, pagar, reedificar. El aumento del Presupuesto educativo, la inversión en infraestructura, las netbooks para todos, la mejora sensible en el salario docente forman un combo que eleva la base material del sistema. La AUH incentiva a los padres a escolarizar a sus pibes y fomenta que éstos lleguen menos desprovistos a las aulas. Que “estén”, antes que nada. Que tengan “otra forma de estar”, después.

Las suicidas políticas económicas de fin del siglo XX sumieron a la Argentina en un pozo tremendo. Pérdida de derechos, destrucción del Estado y del aparato productivo, niveles inéditos de desocupación. En el plano que hemos sobrevolado, la escuela debió cubrir (con gran esfuerzo y pérdida en el aspecto educativo) roles propios de la asistencia social. Las familias se desmembraron, por primera vez en la historia convivieron dos y hasta tres generaciones que nunca trabajaron. La comensalidad familiar, por imperio de la necesidad, cedió paso a la alimentación en comedores comunitarios o escolares.

Ese tobogán ha cesado, se está remontando... pero curar el daño y elevar el nivel de la calidad educativa no es tarea de meses, ni de años, ni de lustros. El rumbo económico elegido, la inversión social, el compromiso y la dignidad de las familias son condiciones necesarias de la solución. No deben estimular la euforia (muy bajo habíamos caído, muy a mitad del camino estamos) pero sí el optimismo de la voluntad.

Página/12

sábado, 15 de octubre de 2011

Conservaprogres. Por Luis Bruschtein.

El ex presidente uruguayo Tabaré Vázquez ha presentado a principios de este año un libro suyo que se titula Crónica de un mal amigo. Como es oncólogo, habla del tabaquismo, no es autobiográfico. El hombre quiso mostrar sus dotes de estadista ante un grupo de estudiantes y contó, con aire suficiente de anécdota parroquial, que había pensado seriamente en una guerra con Argentina. Además de pensarla seriamente, contó que habló con sus jefes militares y los generales le contestaron en broma, no lo tomaron en serio, según su propia versión. Como le dijeron que no había nada que hacer en ese caso, decidió pedir ayuda contra Argentina al presidente de los Estados Unidos, George Bush. Habló con él y con su canciller, Condoleezza Rice. Bush era el presidente que había invadido Afganistán e Irak, que secuestraba a personas en cualquier parte del mundo como parte de la guerra contra el terrorismo, que impulsaba la utilización legal de la tortura en los interrogatorios, que mantenía un campo de concentración con detenidos sin proceso y en condiciones infrahumanas en Guantánamo.

Tabaré Vázquez rechazó cualquier camino de diálogo con Argentina, rechazó la vía diplomática bilateral, rechazó recurrir al Mercosur, rechazó cualquier herramienta de la diplomacia regional, ya sea la Unasur o cualquiera de las reuniones que se realizan. Ni siquiera buscó a Brasil como intermediario, pero en cambio prefirió pedirle vergonzosamente a Bush que, en algún momento, y si le venía bien, aclarara que Uruguay era “socio y amigo” de los Estados Unidos. El primer reflejo de Tabaré Vázquez, según su propio relato, fue pedir la intervención de los Estados Unidos, un rasgo que en la historia de América latina ha quedado reservado para sus personajes menos respetados y de convicciones dudosas.

Paradójicamente, no proviene de la derecha conservadora, sino que es dirigente del Partido Socialista uruguayo y fue el primer presidente de la izquierda en Uruguay, postulado por el Frente Amplio. No hizo lo que se esperaría de una persona con esos antecedentes.

Barack Obama es el primer presidente afrodescendiente de los Estados Unidos, el país del Ku-Klux-Klan, el país donde asesinaron a Martin Luther King. Ganó las elecciones con un discurso progresista frente al conservadurismo de Bush. Pero la denuncia del complot iraní esta semana pareció provenir de Bush y no de Obama.

Un típico perdedor, un pequeño estafador frustrado iraní, sin intereses políticos conocidos ni fanatismo religioso, fue presentado como el orquestador de un atentado gravísimo en territorio norteamericano. El organizador sería un iraní que vive en Estados Unidos y habría recibido órdenes desde Irán para contratar a un mafioso mexicano que debía matar al embajador de Arabia Saudita en Washington. Parece un atentado organizado por una agencia de turismo. Es poco creíble. Y lo peor es que trae reminiscencias de una mentira norteamericana que justificó la invasión a Irak durante la administración Bush: la existencia de armas de destrucción masiva en ese país que nunca se pudo comprobar.

Con Argentina, Obama ya había tenido una actitud hostil y bastante poco compatible, si se quiere, con su discurso progresista. Al votar contra la Argentina en el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, Obama estaba cediendo ante uno de los lobbies con peor fama en todo el mundo: el lobby de la usura internacional, no ya de los bancos ni los organismos financieros, sino de la usura que representan los fondos buitre, que por alguna razón han sido bautizados de esa manera. Los fondos buitre financian campañas, promueven políticos y movilizan grandes recursos en Estados Unidos. De esa manera cuentan con varios diputados demócratas y republicanos que venden su voto a Obama en determinados proyectos de ley, a cambio de que Obama vote contra la Argentina. Y Obama necesita esos votos, por esa razón se trata de una medida de compromiso y sin consecuencias reales, pero que es amplificada por sus aliados en los grandes medios de comunicación.

Tabaré Vázquez y Obama tienen discursos progresistas y un contexto que los encuadra en ese sistema de pensamiento. Con ese discurso fueron votados y ganaron. Pero cuando asumieron tomaron muchas decisiones en el extremo opuesto de esa oferta ideológica. Argentina vivió una experiencia parecida con la Alianza, que ganó las elecciones con muchos votos progresistas, que a poco de andar se vieron sorprendidos por ajustes, flexibilizaciones y ortodoxias neoliberales.

Mucha gente tiende a creer que los discursos progresistas o los contextos que rodean a algunos dirigentes, como la pertenencia a tribus con identidades políticas determinadas, constituyen la parte más importante de la política. Como si la pertenencia a determinada tribu otorgara garantía de calidad.

Y hay determinado progresismo que se permite serlo sólo en la medida que no confronte con las grandes corporaciones. Pueden repartir notebooks en las escuelas, y hasta ser muy escrupulosos en el manejo de las cuentas públicas, pero llegados al punto de una confrontación de ese tipo se vuelven más concesivos que algunos políticos de la derecha. En el caso de Vázquez, su actitud con relación a Argentina fue peor aún que la del conservador Batlle, su antecesor del Partido Colorado. La estrategia de Vázquez se redujo a tratar de evitar a toda costa cualquier tipo de molestia mínima que pudieran tener las pasteras y por eso evitó cualquier negociación con un vecino con el cual comparte el río y la historia. El actual presidente, José Mujica, no perjudicó a las pasteras, pero además demostró que las pasteras no lo mandan a él y aceptó una negociación sin el vergonzoso pedido de intervención a Estados Unidos. Tabaré Vázquez fue débil en su gobierno ante la presión de las corporaciones económicas, mediáticas, militares y políticas.

De la misma manera, Obama sucumbe ante las presiones de los fondos buitre en el caso del voto de su gobierno contra Argentina en el BM y el BID, y ante el monumental dispositivo de la industria bélica norteamericana, interesada en mantener viva en la opinión pública de su país la imagen de un peligro de agresión militar inminente. La denuncia del complot iraní encabezado por un gran patán pareciera apuntar en ese sentido.

En realidad, no hay equívocos. En ninguna parte del discurso de estos “conservaprogres” se concibe la confrontación con las corporaciones, ya sean económicas, militares, religiosas o mediáticas. Y menos se lo explicita. Simplemente algunos les atribuyen a ellos esta idea porque forman parte de determinada tribu ideológica. Pero ellos nunca lo explicitan y por supuesto menos lo practican si tienen oportunidad de llegar al gobierno. Es un progresismo que funciona mientras no sufra presiones. Son más sensibles a las presiones corporativas, incluso, que algunos conservadores que en determinado momento puedan entrar en contradicción con esos intereses. Bajo presión, este tipo de conservaprogres se vuelve más papista que el Papa.

Es cierto que el desarrollo de la política no se puede concebir desligado de la relación de fuerzas. Parte de la acción política para conseguir determinados objetivos es reunir la masa crítica, la fuerza necesaria para hacerlo. Estas sociedades son injustas porque hay relaciones injustas, en las que algunos poderosos tienen beneficios a costa de injusticias que sufren los más humildes. Si se quiere cambiar esa situación hay que afectar necesariamente intereses de esos poderosos. Las relaciones de fuerza medirán los plazos y las estrategias, pero cualquier movimiento de cambio tiene necesariamente que marchar en ese sentido.

Los márgenes para ser progresistas sin afectar intereses de las grandes corporaciones son bastante estrechos. En la práctica terminan siendo gobiernos poco progresistas y a veces con actitudes muy de derecha, como las que confesó Tabaré Vázquez o las que termina realizando Barack Obama.

Página/12

Dicen que soy aburrido

jueves, 13 de octubre de 2011

Mi enemigo delante del espejo






Muchas de las voces encendidas contra el gobierno comparten una misma actitud: la de parecerse bastante al objeto detestado. Estas voces (Tomás Abraham, Lanata y un largo etcétera), bélicamente enfrentadas al proyecto kirchnerista, parecen no advertir hasta que punto acaban asemejándose a lo que ellas mismas impugnan en el oficialismo. Como si no pudieran desprenderse de la “lógica del odio” que no dudan en localizar en el gobierno. Comportamiento que las arrastra a ecuaciones analíticas extremas, desfasadas y, sobre todo, infladas de ira y odio. 

Abraham (un tipo lúcido) aclara que en tanto intelectual su labor consiste en “llevar los pensamientos al extremo” y está muy bien. Aún cuando el absurdo y las calificaciones hiperbólicas también son extremos posibles. Abraham está sacado y es algo con lo que él deberá lidiar en su cotidianeidad. Él dice: “el gobierno ha puesto trincheras y yo estoy de un lado de esas trincheras”. Con esta frase Abraham se representa como el pajarito que ha caído en la trampera: detenta un gesto de su enemigo y como única reacción posible se pliega a él jugando el juego que dice rechazar. Abraham acaba volviéndose aun peor que su enemigo: la ira que lo domina lo arrastra hacia diversos tipos de hipérboles. Por esto es que habla de un gobierno “fascista” (¿cómo un filósofo de la talla de Abraham puede extraviar de tal manera su lucidez y caer en este tipo de definición tribunera?); habla de “censura” (el descocado y presumido de Bonelli agrega “persecución”); habla de “van por todo” (máxima acicateada por lo peor de la prensa opinóloga); también habla de “dictablanda”, de “esto ya lo vivimos” y de “sectas”. La ira que lo posee lo hace enunciar no como el buen filósofo que es sino, más bien, como el más vulgar conferencista de café. El giro que adopta es, como el que le achaca a su enemigo, intolerante y descalificador.

De igual modo procede Lanata cuando cómo única explicación acerca de aquellos que adhieren al gobierno habla de “corruptos” que sólo actúan por dinero. Pensando de este modo ¿acaso Lanata no está ninguneando, no está descalificando y ensuciando a quienes piensan distinto a él?  

Declarándose un intelectual en guerra (“trazaron la trinchera y yo estoy de un lado”) Abraham se coloca en el mismo sitial moral que le adjudica a su enemigo. La ira y el rechazo profundo le ennegrecen la visión y el análisis de la realidad: ahí es cuando el gobierno se convierte en un demonio incapaz de nada bueno. Su posición crítica (absolutamente lícita) se transforma, entonces, en una anteojera que sólo le ofrece un horizonte negro, maléfico y, lo peor, unívoco, monocromático.

Entre paréntesis: (cuando Sarlo dijo en la mesa de 678 que el informe que acababa de ver era una edición artera y faltante a la verdad muchos festejaron el comentario como si se hubiera tratado de un desenmascaramiento gigante. ¿Y “el documental” de A dos voces qué? ¿Acaso no se trata de un montaje que deja buena parte de la realidad afuera, por ejemplo la actitud golpista de algunos medios de comunicación? Hasta el zócalo resulta incompleto: ¿Por qué “Medios y Poder Político” y no Poder Mediático y Poder Político).  

La cólera, se sabe, no es amiga de sutilezas. Una cabeza arrebatada sólo es capaz de producir pensamientos arrebatados. 

Mauricio Alonso.

sábado, 8 de octubre de 2011

Furiosos. Por Luis Bruschtein.

Hay un sector recalcitrante en la sociedad que está seguro de contener una verdad que para la inmensa mayoría estaría vedada. Esa inmensa mayoría no estaría en condiciones de ver lo que para ellos es evidente y revulsivo. A veces con paternalismo, a veces con un profundo sentimiento de superioridad, con un elitismo elemental, explican esa diferencia de percepción que les da identidad como pequeño grupo. Reivindican esa percepción que les da rango de minoría, como si fuera de minoría exquisitamente profética.

No es la oposición, sino una fracción de ella la que se hace cargo de esa mirada, que es compartida por algunos columnistas de los grandes medios, que necesitan ese condimento para hacer más vibrantes sus comentarios. Pero esa actitud ante la realidad también tiene raíz en un sector de la sociedad, un sector con más tendencia a los prejuicios y a las miradas conspirativas tipo Sabios de Sión. Este sector alimenta a esos columnistas y a algunos políticos de la oposición en el peronismo disidente o en viejos sustratos del antiperonismo, radicalmente gorilas, por izquierda y por derecha.

Estos políticos, como Eduardo Duhalde o Elisa Carrió, han sido los más castigados por el voto. Después de las PASO, quedaron prácticamente en vías de extinción. Quedó muy expuesta la actitud crispada, al borde de la explosión violenta, siempre predispuestos a la pelea gritona, acusadora y despectiva. Es evidente que más del 80 por ciento de los votantes, entre oficialistas y opositores, no vieron motivos para esa tensión. Y la penaron.

En realidad, toda la oposición estuvo tentada por ese discurso. Algunos lo tomaron más y otros menos, pero en general la tentación fue grande porque es más fácil confrontar entre blanco y negro. Hacer una crítica con matices desde el llano es más complejo y no tiene efectos inmediatos. Los discursos más castigados fueron los más crispados, pero los resultados demostraron que en general toda la gama que integra la oposición fue puesta en penitencia.

Uno podría preguntarse qué habría sucedido si la oposición hubiera asumido otra actitud frente al Gobierno, si, en ese caso, los resultados hubieran sido menos contundentes, si las diferencias hubieran sido menores. Pero sería una pregunta contrafáctica y, como todas ellas, sin respuesta certera. No faltan los que votan al oficialismo porque no ven una oposición que los convenza. Es posible que ante una disposición crítica razonable –ni rupturista ni oposicionista– ese voto cambiara de rumbo. De todos modos, el grueso de los votos que fue cosechando el oficialismo se explica más por sus méritos que por las metidas de pata de la oposición. Cargarle toda la romana a la oposición, como se tentaron algunos después de las primarias, también sería hacer una lectura equivocada.

Leyendo, viendo y escuchando el mensaje corporativo de los grandes medios y observando las actitudes en algunos sectores de capas medias porteñas, se puede ver que ese antikirchnerista ultrarrecalcitrante y esencialmente gorila, a izquierda y derecha, sigue igual que antes de las primarias. Son bastantes en la Capital Federal, pero son poquitos en general. Creen que la mayoría no puede ver la realidad. Con ese argumento no se preocupan por, aunque más no sea, intentar ver lo que piensa la mayoría. Con mucho resentimiento, se sienten profetas desoídos, minoría iluminada y furiosa. Sumergidos en una sopa de omnipotencia sin resignación, insisten con el mismo discurso brutalmente despectivo y descalificador, escriben artículos insultantes y libros con afirmaciones discutibles, citas dudosas y conclusiones terribles que evocan una realidad que comparten muy poquitos. A veces parte de esa producción es consumida, pero es evidente que no es valorada. El que lo escribió y vendió tanto, no será leído de la misma manera la próxima vez.

Algunos que posan de izquierdistas, y otros que desertaron del oficialismo porque pensaron que se desplomaba, insisten mucho con la idea de la hipocresía, del doble discurso, de la traición permanente, de las intenciones aviesas detrás de las propuestas progresistas. Coinciden con otros sectores conservadores para los que todas las acciones del Gobierno están inspiradas por la corrupción. Para ellos es un gobierno del narcotráfico, o de corruptos esencialmente autoritarios que desprecian las instituciones republicanas. Esa verdad conspirativa es su tesoro, que aquilatan con el fanatismo de una revelación.

Cualquier gobierno con esas características despierta odio y rechazo. Es lo que siente la minoría que tiene esa visión del Gobierno. En algunos se trata de una construcción artificial y oportunista, pero hay muchos que, movidos por el odio, realmente creen en esa descripción y, por lo tanto, son agresivos y muy despectivos con los que no piensan como ellos. En zonas como Barrio Norte y Palermo se han dado situaciones de agresión física incluso, protagonizadas por personas con ese perfil. No es común que un gobierno despierte enconos tan desaforados. Hay un antecedente en los primeros gobiernos de Perón. Debe existir seguramente una relación entre el gobierno como acción, propuesta y pensamiento y la intensidad de esos sentimientos. Entre los afluentes culturales, sociales y económicos de esas furias se mezcla el odio contra el advenedizo, contra el recién llegado y contra lo plebeyo. Por supuesto, hay un condimento muy fuerte en ese compuesto, que es el aportado por los afectados por la temática de los derechos humanos y sus familiares y partidarios. En ese tema, en el que la gran mayoría de la sociedad ya tiene una posición asumida, no hay término medio. El que odia por esa razón, lo viene haciendo desde hace tiempo y con mucho ímpetu, con la diferencia de que ahora, sus sentimientos quedaron mimetizados entre los otros odios y amplificado junto con ellos por los grandes medios y los columnistas enojadísimos.

Las encuestas que están circulando sobre las elecciones presidenciales indican que Cristina Kirchner ganaría en primera vuelta con un porcentaje tanto o más alto que en las primarias. Hay votos del peronismo disidente y del progresismo opositor que fueron a la Presidenta, con una altísima composición del voto por parte de los sectores más humildes. Y votos del radicalismo que se corrieron hacia Hermes Binner.

De todas maneras, esa minoría recalcitrante que odia visceralmente al kirchnerismo, al que concibe como lo peor de lo peor, debe soportar ahora que sea uno de los gobiernos con más respaldo popular de la historia. Que esa pústula de arribistas, hipócritas y corruptos, que serían los KK, como les dicen, vuelva a gobernar este país en un ciclo que se extenderá finalmente por doce años, seguramente constituye una situación insoportable para ellos. Ese pequeño grupo seguramente atraviesa uno de los momentos más difíciles de sus vidas. No es para envidiarlos.

Tampoco es para no prestarles atención, porque de la mano de esta forma de sentir y pensar han venido siempre los revanchismos. De minorías como éstas se formaron los comandos civiles, por ejemplo, o han proporcionado las excusas de izquierda, centro y derecha para justificar reacciones sangrientas y antipopulares. Todo lo irracionales y desaforadas que puedan parecer esas posiciones ahora, en otro momento histórico podrían convertirse en paradigmas del sentido común de bandas de linchamiento como han sido los golpistas del ’55 y del ’76. A la oposición política no le conviene confundirse con estos grupos, partidos o dirigentes. La Argentina no está en el ’55 o en el ’76, es otro momento histórico y los discursos del odio son nada más que eso, no juntan votos ni abren puertas al futuro.

Página/12

sábado, 1 de octubre de 2011

Buitres. Por Luis Bruschtein.

“A mí lo que me molesta es el enfrentamiento, hay momentos que se ponen muy intolerantes y eso hace que mucha gente se sienta molesta”, afirmó Mirtha Legrand a CNN. Y cuando le tocó el turno, Susana Giménez se lamentó “porque vivimos en un país donde reina la inseguridad”.

Ninguna de las dos son famosas por despreciar el dinero. Pero en la entrevista las dos se refieren en forma despectiva a “los argentinos” porque “cuando tienen plata en el bolsillo no les importa nada”, ese “nada” de Legrand sería el enfrentamiento. A Susana le va mejor la sorpresa desde la inocencia: según ella, nadie levanta la voz en protesta por la inseguridad, porque “sorprendentemente, la situación económica está muy floreciente”.

Desde el punto de vista de los medios, Mirtha y Susana constituyen el epístome de un sentido común generalizado hasta el punto de haber sido el lenguaje natural de los medios durante muchos años. Los medios pensaban así. A esta altura, aunque suene algo polvoriento, todavía seduce a muchas almas cuando se enuncia con la convicción de las dos divas veteranas de tantas batallas.

Llaman la atención de todos modos en este discurso las concesiones planteadas como datos indiscutibles de la realidad. Las dos coinciden en el reconocimiento de una etapa de gran prosperidad que ha provocado un respaldo electoral muy fuerte al Gobierno. Ninguna de las dos oculta el sustrato ideológico desde donde hablan, sobre todo Susana, que participó activamente en las campañas de Mauricio Macri y Miguel Del Sel.

Sigue acá.
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