sábado, 30 de junio de 2012

El periodismo excremental de la escuela de Fontevecchia


La señal de alarma saltó al término de la peor semana de Cristina Kirchner. Fue la que comenzó con el traslado de su hijo a Buenos Aires, afectado de no se sabe muy bien qué. Continuó con su regreso apurado desde Nueva York, luego de que su principal ex socio sindical mostrara el fósforo y la nafta desde TN. Y culminó con el desbarajuste institucional paraguayo, que la empujó a visitar a los periodistas acreditados en la Rosada. Se la vio demacrada, y más allá de sus palabras enérgicas, preocupó a los funcionarios más cercanos, quienes cada vez más notan cómo la Presidenta parece sentir el esfuerzo y no lo puede ocultar con maquillaje.

Desde lo político ya están en marcha acciones para disimularlo.
Un ex funcionario (renunció el año pasado) comentaba esta semana en un bar frente a la Plaza del Congreso que ya tenía el visto bueno para impulsar la reforma que posibilitaría un nuevo mandato de Cristina. Los que están adentro no harán comentarios, pero él –y otros outsiders oficiales– intentarán instalar el debate, si la coyuntura les da un respiro.

La salud. En las mismas condiciones, sometida a la presión diaria del poder, cualquier persona se sentiría abrumada. El caso de Cristina requiere mayor cuidado aún. Quienes la tratan seguido, incluso los ministros que no la ven todos los días, han comenzado a preocuparse. En especial, porque han creído que cierto desarreglo no habitual en ella o algunas dispersiones en sus cada vez más extensos discursos es producto de la presión que ejerce sobre ella la crisis.

Lo que casi nadie se pregunta es si la Presidenta cumple con la rigurosa rutina que se les impone a quienes están obligados a vivir con medicación diaria a perpetuidad por falta de la tiroides, que a ella le fue extraída en enero. Y aun así, hay que preguntarse si el equipo médico que la monitorea ha encontrado ya el nivel óptimo de esa hormona artificial. La falta de tiroxina, por ejemplo, puede provocar el resecamiento de la piel, propensión a olvidos y una tendencia a la depresión. El exceso de la misma hormona también provoca otras alarmas de signo contrario.

La sintonía fina de los médicos para dar con la dosis adecuada no sólo depende del hoy y el ahora del paciente. También hay que tener en cuenta enfermedades previas, otra medicación que pueda modificar o interferir con la nueva droga y, es una obviedad, el nivel de estrés en juego. Todo muy razonable para un ciudadano común, pero difícil de cumplir en un ciudadano con resposabilidades extraordinarias, como decía Kirchner.

La falta de información sobre la salud presidencial –no ha habido partes sobre los controles posteriores a la intervención– y la personalidad fuerte de Cristina contribuyen a complicar el panorama. Si se observan los últimos discursos de la Presidenta hay rostros preocupados a su alrededor, en especial cuando comienza a subir el tono de sus definiciones. Antes, los aplaudidores parecían reír relajados. Ahora, se revuelven en las sillas y esbozan muecas forzadas. Como los días que vienen son complicados en lo político y lo social, sería bueno que quienes tienen acceso a Cristina la ayuden a someterse a los controles estrictos. Y sería saludable, desde lo institucional, que se informe sobre los chequeos periódicos. Aunque los Kirchner, se sabe, no consideran que eso deba ser parte de la agenda pública.

¿Está bien cuidada la Presidenta? Es esperable que así sea. La salud presidencial no puede quedar sometida al marketing político. La historia clínica no es pesificable.

Cloaca.

A la escuela voy contento. Por C. Rodríguez.


El 99 por ciento de los chicos de 6 a 11 años va al colegio. El 68,7 por ciento completa el primario una vez iniciado: es el 1,6 por ciento más que en 2001. Los que terminan la secundaria son el 57,4 por ciento de los que empiezan: 5,3 puntos más que diez años atrás.


El 99 por ciento de los niños y niñas de 6 a 11 años asiste a un establecimiento educativo, según los nuevos datos sobre el Censo 2010 que fueron dados a conocer ayer por el Indec. Esto significa que sobre un total de 4.104.008 chicos de esas edades en todo el país, los alumnos regulares suman 4.062.254. El promedio general de crecimiento, en ese grupo etario, es del 0,78 por ciento respecto de las cifras del Censo 2001, pero el dato saliente es que la concurrencia es creciente en 21 de las 24 provincias, excepto Tierra del Fuego, Santa Cruz y La Pampa, que presentan “descensos muy leves”, aunque en todos los casos tienen “coberturas cercanas al ciento por ciento”. Hay también aumentos en la población que completa los estudios primarios, dado que llegan al 68,7 por ciento los que terminan la escuela una vez empezada. Es un 1,6 por ciento más que en 2001. También son más los que terminan la secundaria. En esta caso se llega al 57,4 por ciento del total que ingresó a ese nivel educativo, lo que representa un incremento del 5,3 respecto de 2001.

Un dato considerado importante en el informe es que los niños y niñas de 5 años tienen “una tasa de asistencia a un establecimiento educativo del 91,4 por ciento”, que supera en un 12,56 por ciento las cifras del Censo 2001. Leandro de la Mota, técnico del Indec que participó del diseño conceptual del Censo 2010, le dijo a Página/12 que en este aspecto “ha tenido una importancia fundamental la Ley de Educación Nacional 26.026, de 2006, que estableció la enseñanza obligatoria a partir de los 5 años”, mientras que en éste y otros grupos etarios ha producido “un fuerte impacto” socioeconómico la Asignación Universal por Hijo.

En los niños y niñas de 5 años, las provincias con mayor aumento en las tasas de asistencia fueron Tierra del Fuego (28,3 por ciento), Misiones (22,3), Catamarca (22,2) y Mendoza (22 por ciento).

Sigue.

¿Brasil o un tal Rubens Barbosa?

Periodismo Militante de The Nation
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