domingo, 24 de febrero de 2013

Odio de mujer (o dislates de una ex erpiana baldeando la vereda)


En los plazos de esta abogada especialista en deudas prendarias, quince días pueden estirarse a 35 años: total, los intereses pagan. Siempre por delante. Igual que lo hizo el 17 de febrero, día del entierro de su suegra María Juana Ostoic. Ella, la nuera y primera mandataria, no integró el cortejo, en el que iban acompañando el féretro los nietos, las hijas, los amigos de la antigua vecina de Río Gallegos. No caminó mezclada en la pequeña comitiva. Lo esperó reclinada en el vano de la puerta del Mausoleo. Sola, vestida de negro, gafas negras, botas negras.

La imagen de la desgracia, el monopolio del dolor.

La muerte que se interponía una vez más entre ella y su vida, la muerte que autoriza, legitima, habilita a usar el látigo. Nadie, sino a condición de una formidable deshonestidad intelectual, puede decir que esas imágenes son casuales. Pero la Presidenta había llegado a Calafate para celebrar, el 19, su 60 cumpleaños. No pudo ser, aunque arribó lo bastante a tiempo para cruzarse de piernas sobre el guardabarros de un coche, y ser por unos segundos una estrella de Cinecittá, una Anita Ekberg sin la magia de Federico Fellini y con la tosca “reggia” de Javier Grossman. De tanto representarse a sí misma, su alma se ha soldado a la de Fátima Florez (...)

Puede atestiguarlo Zulma Ojeda de Garbuio, la madre de Carlos, un joven de la edad del hijo de la Presidenta, que murió en el primer vagón de la formación (...) A escasas semanas de la tragedia, Cristina Fernández la mandó llamar. La recibió junto a Mariana Larroque, hermana de Andrés, “el Cuervo” Larroque, dirigente de La Cámpora. En el preámbulo, como ignorándola, las dos funcionarias hablaron de extensiones de pelo y de carteras. Zulma introdujo una cuestión molesta: su desgarro. La Presidenta, con un gesto de estar de vuelta de todo, le respondió: “Vos hablás desde el dolor pero todavía no sabés de qué se trata”. 

Y es imprescindible preguntarse, ahora, ¿ de qué pasta está hecha Cristina Elizabet Fernández de Kirchner? La madre de Carlos tiene una contestación al acertijo: “De mármol, señora”. Narciso se enamoró de la imagen que le devolvía el agua. Incapaz de ver otra cosa que su rostro, se inclinó en el lago hasta sumergirse. Se ahogó en su propio, pobre, esplendor.

Cuentan que la Presidenta se ha hecho proyectar una veintena de veces The Queen , el film en el que Hellen Mirren personifica a la Reina de Inglaterra. La Presidenta, es probable, estudie su modo de lejanía, de sobrevolar con la mirada. Allí, cree esta muchacha de Tolosa, reside lo mayestático. Ignora, por cierto, lo que Elizabeth II le deberá siempre a Mirren: el poder, la distancia, el control de las emociones son una carga pesada. Están, pero no a la vista. Son una lava contenida, no una mutilación.

Fuente.http://www.clarin.com/politica/Presidenta-dias-pueden-anos_0_871712872.html

jueves, 14 de febrero de 2013

10 estrategias de manipulación mediática (Noam Chomsky)


  1. La estrategia de la distracción El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.
    La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética.
    • “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto 'Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

  2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”.
    Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar.
    Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad.
    O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

  3. La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos.
    Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990:
    • estado mínimo
    • privatizaciones
    • precariedad
    • flexibilidad
    • desempleo en masa
    • salarios que ya no aseguran ingresos decentes,

  4. ...tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

  5. La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura.
    Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato.
    • Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente.
    • Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado.

  6. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

  7. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental.
    Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante.
    Por qué?
    • “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

  8. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos.
    Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

  9. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud.
    • “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver "Armas silenciosas para guerras tranquilas")”.

  10. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

  11. Reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos.
    Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se auto-desvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción.
    Y, sin acción, no hay revolución!

  12. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las elites dominantes.
    Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente.
    El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo.
    Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

sábado, 9 de febrero de 2013

La economía del miedo (por A. Zaiat)



El discurso económico convencional captura la atención en las sociedades modernas emitiendo mensajes que advierten acerca de que algo malo puede suceder. Los divulgadores de esos avisos siempre presentan un peligro potencial de consecuencias desastrosas para la economía y por lo tanto para el bienestar de la población. El motivo de esa eventual desgracia varía según el momento. No importa si predicen desastres donde no los hay y luego no se verifican, puesto que no son interpelados por la catástrofe que no fue. No pierden tiempo en revisar fallidos y reemplazan un miedo por otro. Intervienen en un escenario global donde se despliega la precariedad de la existencia, en general asistida por las religiones o la filosofía, abonando la economía del miedo. Alimentan la angustia de gran parte de la población por el riesgo a perder el trabajo, los ahorros o advierten que la perspectiva de la economía personal puede ser amenazada por el desborde inflacionario o una brusca alteración de la paridad cambiaria.

El objetivo de diseminar temores es disciplinar a una sociedad para que acepte situaciones que serían rechazadas si fueran ofrecidas en un marco normal. El miedo es el vehículo para condicionar el comportamiento colectivo. En una era de incertidumbre global, la meta es imponer de ese modo políticas impopulares. En los noventa se convocaba el recuerdo traumático de la hiperinflación para aplicar reformas devastadoras de derechos sociolaborales y de liquidación de activos públicos. Después se alertaba sobre el riesgo de salir de la convertibilidad para justificar fuertes ajustes fiscales con recortes del gasto público y de salarios y jubilaciones.

Las dudas sobre lo que está sucediendo y el temor sobre lo que vendrá provocan intranquilidad. Gran parte de la sociedad se encuentra así en condiciones vulnerables para absorber teorías conspirativas, escenarios apocalípticos y análisis de caos inminentes. El crecimiento espectacular de Internet con el flujo de información al instante y la comunicación vía mail y redes sociales ha derivado en un canal impresionante de rápida difusión de todo tipo de análisis y especulaciones. Los mercaderes de la ansiedad ocupan el centro de la escena y se requiere de una firme voluntad política para desenmascarar sus intenciones y neutralizarlos.

La persistente mención del riesgo a la debacle va consolidando la sociedad del miedo, donde existen antecedentes traumáticos que abonan el terreno del temor. En este delicado cuadro, el manejo de las expectativas juega un rol fundamental para construir consensos sobre cómo se desarrolla la economía, y para evitar que el círculo vicioso de las exageraciones pueda concluir en profecías autocumplidas. El español Joaquín Estefanía escribió el libro La economía del miedo, donde remarca que “el miedo ha sido siempre fiel aliado del poder. Nos han inoculado el miedo a la inseguridad económica, al paro, al otro, al que viene a disputar los pocos empleos que se crean...”. Cuando Estefanía habla del poder se refiere al económico. Rescata una viñeta del dibujante “El Roto” que resume ese concepto: “Tuvimos que asustar a la población para tranquilizar a los mercados”, dice un hombre de traje y corbata desde un balcón.

El recorrido desde la recuperación de la democracia en 1983 reúne varios capítulos de la economía del miedo. Para su construcción ha intervenido una variable financiera principal subordinando el resto. La administración alfonsinista padeció la evolución del dólar. El vaivén del billete verde era presentado como el termómetro más firme sobre la marcha de la economía. Cotización que acompañaba diariamente la información del estado del tiempo. El alza de la paridad cambiaria fue limitando así la gestión de la política económica, acorralada por la carga de los pagos de la deuda, hasta generar las condiciones para el golpe de mercado que hundió el gobierno, obligando el adelantamiento de la fecha de las elecciones y de la posterior entrega del poder.

Durante el menemismo, pese a la alianza del gobierno con los grupos económicos locales y trasnacionales y la banca acreedora, las contradicciones al interior del poder económico tenían como registro principal de esas tensiones el movimiento de los activos bursátiles. El tipo de cambio estaba congelado y la deuda se cancelaba con la venta de empresas públicas y emisión de nuevos bonos. La evolución de las acciones líderes era entonces el indicador para abonar el miedo económico. En esos años, las pujas por la permanencia del ministro de Economía, las agudas internas políticas en el gobierno o los intereses de grupos económicos y de la banca acreedora tenían como caja de resonancia el sube y baja de las acciones y bonos.

La memoria está más fresca con el índice de riesgo país que mantuvo en jaque la presidencia de Fernando de la Rúa enredada en la falsa ilusión de complacer al poder financiero como política de supervivencia. Ese indicador golpeaba día a día difundiendo con títulos catástrofes cada una de sus variaciones, afectando las expectativas de los agentes económicos. En esos años el riesgo país actuaba como termómetro de la economía dominada por la lógica financiera. Ese índice es la diferencia entre la tasa de interés del bono del Tesoro de Estados Unidos a diez años con la de uno similar argentino. Esa brecha era sinónimo de una mayor o menor confianza de los acreedores para prestar dinero comprando nuevos bonos en la refinanciación de vencimientos de deuda. El riesgo país actuaba como un factor de disciplinamiento del poder político para que aplique medidas de austeridad que, en búsqueda del respaldo de los mercados, aseguraran el pago de la deuda.

Cada una de esas experiencias con sus respectivas variables (dólar-Alfonsín; Bolsa-Menem; riesgo país-De la Rúa) tuvo al Fondo Monetario Internacional como el protagonista principal para (des)ordenar la economía con las condicionalidades de ajuste adheridas a los planes de auxilio financiero, facilitados por el despliegue de esos indicadores de la city alimentando la economía del miedo.

Este círculo vicioso se pudo romper con la cesación de pagos y la renegociación de la deuda con quita, disminución de la tasa de interés y extensión de los plazos de pago, como también con la cancelación total de la deuda con el FMI. Además, con la acumulación de abultadas reservas en las arcas del Banco Central para pulsear con éxito cada una de las corridas contra el peso. El riesgo país sigue ubicado en niveles muy elevados sin influencia relevante en el funcionamiento diario de la economía doméstica, revelando así que sólo es un índice de utilización política del mundo financiero, puesto que los indicadores de deuda argentinos son muy sólidos en relación con el PBI, reservas internacionales, sector externo y horizonte de vencimiento. La deuda dejó de ser un problema principal y el mercado de cambio oficial es manejado sin dificultad por el Banco Central.

La economía del miedo se quedó de ese modo sin indicadores de las finanzas globales para atemorizar sobre lo inevitable de una crisis. Ni el dólar, ni la Bolsa, ni el riesgo país. En el ciclo político del kirchnerismo irrumpieron entonces nuevos fantasmas con pronósticos sobre la inminencia de un default, recesión, desborde inflacionario o fuerte devaluación. Si bien tuvieron su impacto negativo en la formación de expectativas no han podido afectar en gran medida la evolución de la economía. El elemento diferenciador con los mencionados períodos anteriores fue que la gestión de la política económica no quedó subordinada a los dictados de indicadores financieros, sino que comenzó a disputar en pie de igualdad el control del escenario económico.

A partir del régimen de administración y control de acceso a la moneda extranjera, alquimistas de la economía del miedo encontraron la variable necesaria para recuperar aliento y fortalecer posiciones con predicciones de próximos descalabros: la cotización del dólar comercializado por fuera del circuito formal.

La trampa de la economía del miedo ahora es de color “blue”.

Fuente.http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-213534-2013-02-09.html

martes, 5 de febrero de 2013

La prensa invisible


No deja de llamar la atención cómo entre ayer y hoy la prensa opositora aborda la patoteada a Axel Kicillof. Resulta lastimoso leer cómo la gran mayoría de los periodistas comienzan por esgrimir un ligero repudio al hecho para pasar luego a diversas parrafadas que no hacen más que justificar la violencia recibida por el viceministro. Amagan argumentos aquí y allá para no explicitar lo que en definitiva quieren dejar sentado: “los funcionarios del gobierno nacional se la tienen merecida”.

También interesante resulta la ausencia casi absoluta de reflexión (o autocrítica, en el más ilusorio de los casos) acerca de la influencia de los periodistas en los que todos acuerdan en llamar el “clima de intolerancia”. La prensa opositora teje un relato excesivamente simple: el violento es el Gobierno Nacional. Y punto. Todo lo demás es la resultante de esa violencia política. Por supuesto que esta idea simple no es más que otro aporte para engordar la maniquea construcción de la Tiranía Oficial frente a una sociedad de mansos corderos.    

“El búmeran de la intolerancia”, titula hoy el inefable Gonzalez de El Cronista. Veamos.

Kicillof ha tenido también sus momentos de violencia verbal contra la prensa. El 1´ de junio del año pasado, dio una conferencia de prensa agitando un ejemplar de El Cronista que anunciaba en tapa el avance de iniciativas pesificadoras por parte del Gobierno.Invento, aberrante, estúpidos, fueron algunas de las palabras que utilizó para desmentir una información que previsiblemente se confirmó en los días siguientes”.

Gonzalez, intentando justificar la violencia recibida por Kicillof, recuerda una violencia que él entiende de similar carácter del viceministro hacia El Cronista. Cabe preguntarse: ¿Cómo se concatena el gesto del funcionario a un diario con la agresión de “la gente” al funcionario? ¿Por qué un hecho habilitaría (justificaría) al otro? Solamente por la creencia de Gonzalez de que “la gente” se venga de la afrenta recibida por El Cronista. Con este párrafo el periodista no puede evitar establecer una identificación entre el Medio y “la gente”. Este es justamente un punto que la mayoría de los periodistas se han cuidado de tocar: el papel que juega la prensa opositora en el “clima de intolerancia”.

La prensa opositora pareciera creer que de sus plumas sólo surgen respetables críticas, sanas observaciones a los malos pasos del gobierno nacional. Todos parecieran estar convencidos que ellos nada tienen que ver en la construcción social de climas. Ellos no influyen ni inciden en nada: son invisibles al humor social. Esta falacia quizás sea uno de los pilares de esa otra falacia no menor de Periodismo Independiente. Mientras que ellos son neutrales absolutos es el gobierno el único capaz de incidir en el (mal) humor social. Esto a Gonzalez se le escapa y por eso esgrime una identificación entre el diario y “la gente” para justificar la agresión.

Los turistas del Buquebus le gritaron marxista a Kicillof. ¿Cuántos de esos patoteros saben qué significa ser marxista? ¿Y de dónde han sacado la idea de que Kicillof aplica esa teoría político-económica en su función? Lo máximo que uno intuye que pueden saber esos turistas es que marxista es, para ellos, una mala palabra. Nade puede dudar que el germen de ese grito es un germen nacido en la prensa: Pagni el Astuto fue el primero que lanzó lo de “Kicillof marxista” en las páginas de La Nación ¿Por qué? Porque bien sabe él que para los lectores de La Nación pocos calificativos pueden ser peores que el de marxista ¿Para qué? Para estigmatizarlo.

En la prensa opositora hay tipos arteros y tipos ignorantes. Los arteros mienten o tergiversan para construir el mensaje que pretenden transmitir. Los ignorantes repiten ese mensaje (es el caso de Ari Paluch el Liviano quien ha dejado sentado su tragicómica ignorancia acerca de la teoría marxista; aunque no debemos descartar que su apego al Pro lo corra del grupo de los ignorantes hacia el grupo de los arteros).

Cuando a los manifestantes del 8N se les acercó un micrófono nos cansamos de escuchar repeticiones casi textuales de tapas y notas de opinión de los medios opositores. Por supuesto, entre los que adhieren al gobierno también están aquellos que repiten. La información política, a veces lamentablemente, sólo nos llega mediatizada. El problema mayor no es la influenciabilidad de “la gente” (aunque sí lo sea cuando quien escribe miente, fabula e irrita adrede). El problema es la prensa que se vende como invisible, neutra, respetuosa, sana y desinteresada.

¿No son incitaciones a la violencia, acaso, los desvaríos dominicales de Susana Viau? ¿Las faltas de respeto de un Roberto García no son provocaciones a la violencia? ¿Las descripciones del kirchnerismo como una Diktadura, Monarquía o Tiranía no son violencia? ¿No rezuma violencia Carrió cada vez que abre la boca? ¿Y los libros farsantes de Majul? ¿Y el anti peronismo maníaco de Eliaschev, Grondona y Sarlo? ¿Las insultantes tapas de Noticias no son violencia? ¿La anti política reciclada y el piolismo guarango de Lanata no tienen nada que ver con el “clima de intolerancia”?

Todos se protegen diciendo: “empezaron ellos”. Detrás de esta idea se invisibilizan. Es la misma historia de siempre: la prensa ataca duro y luego saca el gran escudo de la libertad de expresión. No es este el momento para pensarlo pero en todo esto hay una herramienta clave, una estrategia repetida que toda esta prensa sabe eficaz: vaciar a la Política o llenarla de mierda, que es lo mismo.                
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