jueves, 30 de mayo de 2013

Una jodita para Lanata



















En la primera jornada de esclarecimiento ciudadano de la Mesa de Enlace, realizada el martes en el Obelisco, Buzzi se mostró con otros integrantes de su entidad haciendo el polémico "Fuck You" que popularizó el programa Periodismo Para Todos. Al respecto, entre risas, dijo: "Fue un chiste, un accidente. No algo planificado. Los compañeros de todo el país que habían estado haciendo la manaña de los encuentros lo propusieron y salió. Cantamos el himno e hicimos el Fuck You para el programa de Lanata y terminó siendo la imagen de la protesta. Es una expresión de decir basta, nada más". Fuente.

miércoles, 29 de mayo de 2013

LOS GARCAS. UNA TIPOLOGÍA NACIONAL (V. y H. Muleiro). Frag.


(…) ¿Se trata de una recta línea histórica que va armando una fábrica de garcas seriales? Pues no. Se trata de política, de economía y de sociedad. De un sustrato inicial y persistente de la conquista española que, como primigenia máquina de sumisión, traza el esbozo de una tipología entre cómica y majestuosa que adquiere distintas formas mientras atraviesa las épocas, mientras va endureciendo, en su meollo, una constante concepción del país y una relación con la alteridad, con los otros, donde manda el crudo sojuzgamiento hacia abajo, hacia los habitantes del territorio propio y la servil dependencia hacia arriba, hacia “los países serios” que se les/nos cagan de risa.

(…) Clarísimo pues: un garca es, en uno de sus significados del habla de todos los días, un oligarca (…) Se es garca, entonces, por poseer el oficio de perjudicar a los otros y se es garca por pertenecer o adherir a las políticas y a la visión del mundo y de la vida de la oligarquía

(…) Éstas son sus características básicas y permanentes, comenzando por los sectores altos de la sociedad.

·         Un garca es aquel personaje que viene desde los trasfondos de la historia colonial y que avanzado el tiempo y la era independiente de la Argentina ha consolidado una fortuna con base en la explotación de los bienes del país y de sus gentes.

·         Un garca piensa y quiere al país como subordinado a los centros del poder mundial.

·         Un garca es clasista, o sea que desprecia a los sectores sociales que se sitúan por debajo de su ámbito natural.

·         Un garca es racista, desprecia al americano nativo si proviene de los pueblos originarios y al extranjero pobre o portador de otras ideas y costumbres.

·         Un garca es partidario del uso de la violencia para disciplinar a la sociedad y ha participado y/o apoyado los periódicos baños de sangre que tienen como víctimas a los sectores populares.

·         Un garca aspira a un Estado que sólo promueva y proteja sus negocios. Aunque lo declame, el bienestar general no es un valor en su concepción del país.

·         Un garca no sólo aspira a su crecimiento y despliegue personales, también deplora que otros sectores sociales crezcan.

·         U garca es inmisericorde con el dolor y la necesidad ajenos. Si ocupa cargos con responsabilidades públicas, esa villanía será la marca de su acción de gobierno.

·         Un garca es golpista. Tiene cuño carnicero y apenas puede lo manifiesta, tanto de maneras brutales como aparentemente sofisticadas.

·         En la vida cotidiana un garca es partidario de la mano dura.

(…) un garca es una persona que tiene gravemente perturbada sus relaciones con la alteridad. Un garca establece con los demás, con el otro, una relación de sujeción y explotación y, en cualquier caso, de prejuicio y perjuicio.

(…) El garca atraviesa todos los sectores sociales, pero su modelo está en la cumbre: desde el viejo garca agropecuario hoy transnacionalizado hasta los nuevos garcas, grupos de poder económico-sociales que comienzan a diversificarse desde la segunda mitad de los años 30 hasta la pretendida globalización actual.

lunes, 27 de mayo de 2013

Cuatro reflexiones


1-       Cada día que pasa la lectura de The Nation se vuelve más alucinante. En su editorial de hoy titulado 1933 la pluma invisible (bien podría ser la de Aguinis y la de tantos…) intenta una reflexión histórica con el fin de comparar el presente de la Argentina con la Alemania que comenzó a erigir la figura de Hitler. Desopilante. Apelando a un recurso casi para infantes en dos oportunidades se nos dice “salvando las enormes distancias…”; o sea: ¿estamos o no estamos como en la Alemania de 1933? Si la distancia es enorme ¿para qué el paralelismo histórico tiradísimo de los pelos? ¿Es posible subestimar tanto a tus propios lectores? ¿Es posible subestimar tanto a la Historia en una de sus peores demostraciones de barbarie? Para La Nación sí es posible. Es cierto que lo de las juventudes hitlerianas ya lo había echado a volar Aguinis el Bruto y Grondona el Cuartelero. También es cierto que en el 55 la misma tramoya en las mismas letras de molde consiguió el raje del General y una larguísima proscripción del peronismo. La torpe lectura de la Historia como una eterna e idéntica repetición (cuando conviene, por supuesto) supera a la Nación. También Sebreli el Converso ha caído en ello, hasta Abraham el Socialista sugiere en Perfil la misma idea entre los diez años K y los diez años M. Eliaschev el Odiador es otro vanguardista del mismo palo (a éste lo seduce más la igualación con el stalinismo). Leuco el A-Paisano encuentra la repetición del Historia con referencias a Lenin. Y podríamos seguir…

2-      Tomás Linn reflexiona en La Nación de hoy acerca de lo que él denomina “los monarcas elegidos”. Serán las casualidades de la vida que para el quía los monarcas en cuestión sean Correa, Chávez, Maduro, Cristina, Ortega y Evo. Cuando no te gustan son monarcas, cuando te gustan son republicanos. Esta línea que desarrolla Linn ya se ha convertido en un clásico de las derechas regionales: “el problema está en la gente”, nos esclarece Linn. “El problema es la barbarie” es lo que éste y tantos otros no se animan del todo a dejar sentado.

3-       Los lunes de Lilita la Desmesurada son por demás agitados. Luego de los programas dominicales de Jorge el Ïdolo de los Quemados ella se ve en la obligación de correr a primera hora del lunes a los Tribunales con una nueva denuncia. El empleado que se las recibe casi a diario debe pensar lo que muchos pensamos. Carrió fue siempre una tele-política, al punto que en su presente sólo le dan cobijo lo sets televisivos. De igual modo aventuro aquí que su próxima perfomance electoral la va a tratar mejor que la última ¿Por qué? Porque varios en la sociedad se identifican hoy con el nicho de la diputada (la anti-política radicalizada); hasta es posible escuchar en los corredores de la Argentina Blanca la frase “al final la Carrió tenía razón” o “la Carrió vivió siempre en la misma casa”. Es probable que ella sea la política con menos para perder (porque ya lo perdió todo, menos la fe en dios y en sí misma); situación que la coloca en la posición de acaparar los votos más envenenados de la Argentina Blanca.

4-       El público de Jorge el Narciso es un público-niño (no sólo porque se ríe de cualquier pavada). Es un público que hoy, como están dada las cosas, está dispuesto y entregado a creer en TODO. Cualquier bolsa negra esconde dólares, cualquier rincón oculta una bóveda, cualquier funcionario K es un maníaco detrás de fajos de billetes, cualquier militante joven es un pichón de millonario o un comunista armado hasta los dientes. Así como los niños se entregan a las ficciones más disparatadas con total pasión los fans de Jorge el Despechado hoy deliran en un mundo pletórico de bóvedas, bolsas negras y jets volando por las noches. Un antiguo enigma ha sido resuelto para ellos: ya se sabe que escondía “el viejo de la bolsa”.

viernes, 24 de mayo de 2013

Carta Abierta 13

Comenzamos esta carta –que a la vez es un llamado– con la fácil comprobación de cómo han avanzado, de qué recursos se valen y cómo se realizan los crecientes procesos de deslegitimación del Gobierno. El estadio siempre presente de lo político, si bien no suele ser el más hablado, es el de la creencia colectiva, la libre opinión emancipada del tejido social. Hay un tono diario que tienen el hombre y la mujer de la calle para expresar en un sistema sabido de signos rápidos, sus opiniones sobre la relación de los hechos colectivos con sus propias perspectivas vitales. Como sabemos, son la forma más profunda y también menos formalizada de las opciones políticas. Creencias en estado de insinuación, que suelen llamarse humores o estados de ánimo, nombres imprecisos pero elocuentes, en cuyo otro polo suelen estar las elucubraciones más exigentes, el cálculo de los políticos y el modo real en que operan las fuerzas sociales y económicas.

Estamos hablando del basamento efectivo y crítico en que se enraíza todo gobierno, el sustento de la verosimilitud del vivir común en un sociedad, las hipótesis que nos dejan entrever que no hay miedo en la convivencia, que hay esperanza en la vida pública y argumentos, por más que puedan ser apenas borroneados, en la esfera manifiesta de las acciones democráticas. Revistiendo tanta importancia el núcleo de creencias públicas que son siempre cambiantes, pero no impiden revelar una viga maestra de donde toda comunidad viviente extrae el concepto de lo justo, hasta cierto punto es lógico que sean ellas las primeras atacadas. Ellas deben ahora encontrar sus propias lógicas expresivas ante el avance impiadoso de una narrativa mediática que apunta a deslegitimar, bajo la forma de un relato brutal, lo recorrido desde mayo de 2003. Para producir el ataque buscan sus símbolos evidentes, las palabras que ciertos ritos, ingenuos o profundos, señalan como el lugar de la creación de mancomuniones sociales. Es lógico, decimos, que quien desee perjudicar de modo extremo esta conjunción ciudadana donde se encuentran las instituciones visibles y la vida cotidiana, las políticas públicas y las realidades del trabajo, la actividad persistente de las más diversas militancias, dirija su hostilidad a los cimientos formadores de la adhesión que se congrega en las capas de la población que sostienen una experiencia singular de cambios sociales. ¿Qué cambios? Los que implican que por primera vez en la historia nacional se discutan aspectos de la organización del Estado y la sociedad, de la Justicia y los medios de comunicación, con sentido emancipador y no restrictivo o portador de coerciones. Se trata, después de muchos años, de darle a la idea de justicia una dimensión que logre articular lo que siempre fue prolijamente separado por los poderes económicos: la libertad y la igualdad. Contra la apertura inédita de estas dimensiones fundamentales de la vida social es que se dirigen estas acciones profunda y visceralmente desestabilizadoras no sólo de la continuidad de un proyecto transformador sino, también, destinado a incidir insidiosamente sobre el sentido común de una parte significativa de la sociedad que es capturada por ese discurso destructivo y hostil de cualquier forma de convivencia democrática. De las cloacas del lenguaje se extraen los argumentos que, más allá de cualquier prueba, son presentados como la verdadera cara de un gobierno supuestamente atrapado en su propia red de venalidades y corrupciones. Ya no importan las diferencias políticas o ideológicas, tampoco los modelos económicos antagónicos, lo único que le interesa a esta máquina mediática descalificadora es sostener un bombardeo impiadoso y constante que no deje nada en pie.

Pero entonces, con menos pruebas que arietes dirigidos a mansalva, ausentes los fundamentos del uso de la prueba, la investigación, el juicio sobre las leyes y el mismo andamiaje legal del país, se considera todo ello fruto de un espíritu despótico, de jefes políticos que se prepararon toda una vida para llegar a la función pública mandando agrandar los cofres familiares mientras pronunciaban palabras como impuesto a la renta agraria o asignación universal por hijo. Nuevamente la impostura pero ahora justificada por un ansia desenfrenada de enriquecimiento. La oscura figura del avaro, la brutal construcción del “judío” con los bolsillos llenos de dinero que supo desplegar el antisemitismo exterminador, el relato de fabulosas bóvedas rebosantes de oro y de billetes se convierten, como en otros momentos de nuestra historia en la que gobiernos populares fueron derrocados por ominosas dictaduras, mediante la estética del más consumado amarillismo periodístico, en santo y seña de una oposición que busca destruir no sólo un gobierno, sino la propia legitimidad de la política. Todos los recursos de esas estéticas televisivas y de la ficcionalización disfrazada de realidad son movilizados por quienes buscan horadar a un gobierno que, por primera vez en décadas, cuestionó injusticias y desigualdades, tramas monopólicas y abusos de poder de quienes siempre se sintieron los dueños del país. Quieren sembrar la duda en el interior de la sociedad. Buscan emponzoñar una realidad que ha sido transformada en un escenario por el que desfilan políticos corruptos, valijas llenas de dinero, oscuros entuertos financieros, prebendas nacidas del afán pantagruélico de quedarse con riquezas fabulosas. Atacan no sólo al kirchnerismo. Su objetivo es más amplio: apuntan a destituir cualquier posibilidad de que la política sea un instrumento emancipador.

Pero si se discute la Justicia es porque finalmente una comunidad arribó a la discusión de lo más profundo que hay en la Justicia: lo que se halla en las pausas internas de sus articulados, en la manifestación misma de las figuras del derecho, que es lo que aquí llamamos lo justo. El intrínseco actuar común en torno del diferendo que se resuelve con argumentos y el pensar sobre los otros. Lo justo es la alteridad de nuestra propia vida ofrecida como prueba de que ella misma debe introducirse en esos domicilios del pensar común sin hacer excepciones a favor de uno mismo. Lo justo también como una práctica que, al mismo tiempo que reconoce al otro y a su diversidad, también se afirma en la distribución más igualitaria de los bienes materiales y simbólicos. Lo justo no como retórica de lo nunca realizado sino como evidencia, más que significativa a lo largo de esta última década, de un proceso de transformación social que no sólo vino a reconstruir derechos sociales y civiles sino a poner en cuestión la hegemonía de aquellos que condujeron al país a la desigualdad y la injusticia. Eso es lo que no perdonan ni aceptan. Contra eso dirigen todas sus baterías mediáticas y sus golpes de mercado.

Sin embargo, los ataques a lo justo comienzan siempre en los lugares más sensibles, que son donde se equilibran el deber de los funcionarios con la organización de un formidable sistema para repartir cuotas perseverantes de sospechas o suspicacias respecto de su probidad y acciones regidas por lo que convenimos en llamar ética pública. Esto ocurrió en todas las épocas, porque no es de hoy el descubrimiento de que la ética pública es menos un decálogo de virtudes que un sistema de símbolos de enorme fragilidad que tiene su domicilio último en el empleo consistente y verídico de la palabra pública. No sabríamos decir, ahora, si las enormes maquinarias para horadar a los cuadros dirigentes de un país han excedido, por un lado, lo que ocurría en épocas pasadas, cuando eran las grandes crisis económicas, los procesos interminables de inflación –como en la Alemania de los años ’20–, los ámbitos de incerteza que hacían que todo lo sólido se evaporase en el aire. Sí sabemos que están dispuestos a empeñarse a fondo, sin ahorrar ningún recurso, para descalificar a un gobierno que ha puesto el dedo sobre la llaga del poder hegemónico en el país; de un gobierno dispuesto a doblar la apuesta abriendo brechas antes inimaginables en el interior de una sociedad que parecía entregada al saqueo de todas sus esperanzas.


Una época de cambios en una perspectiva democrática y popular implica un orden de credibilidades públicas donde no sea la prepolítica del miedo la que dirija la economía sino la economía la que se inserte como acto inherente a las figuras explícitas del argumento político. Los pronósticos de las crisis capitalistas como los que realizara Rosa Luxemburgo en 1913 o las graves desidias comprobables que se notaban en la esfera pública en las épocas que llevaron a terribles guerras siguen siendo aleccionadoras. A estos eventos, que denominaríamos crisis objetivas de los sustentos de los regímenes representativos parlamentarios, se les agrega ahora el proyecto de originar un descalabro en las figuras públicas que son emblemas de gobiernos populares y le dan su forma de aglutinamiento, especialmente fijadas en su nombre. Lo que antes era la consecuencia de la debilidad de regímenes parlamentarios que fueron sistemáticamente carcomidos por la ampliación de la crisis económica y el avance de las derechas fascistas hoy ha mutado en una prédica seudomoralista que busca deslegitimar a gobiernos democrático-populares utilizando los recursos, antiguos, de la denuncia serial y el fantasma de la corrupción. No ha habido en el pasado ni en la actualidad un solo gobierno popular que no haya recibido las descargas de esa seudomoralina autoproclamada como el último bastión de la verdadera república siempre amenazada por los populismos. Una simple y rápida revisión del papel de ciertos medios de comunicación en nuestra historia, al menos desde Yrigoyen en adelante, permitiría poner en evidencia la falta de originalidad de la actual campaña desestabilizadora que se viene llevando a cabo en nombre del “periodismo independiente”. Otro tanto comprobaríamos con sólo echar un vistazo a lo que ocurre en otros países de la región en los que los intereses de la derecha se complementan perfectamente con el funcionamiento de los grandes medios de comunicación. Nunca ha sido tan clara la intervención desestabilizadora de la máquina mediática puesta al servicio del establishment económico-financiero. Un lenguaje surgido de las letrinas amarillistas y de las gramáticas del golpismo histórico se despliega con virulencia insidiosa desde las usinas del poder mediático que han dejado de apelar a cualquier tipo de argumentación para desencadenar, una tras otra, una batería de rumores, mitos urbanos de enriquecimientos olímpicos, denuncias indemostrables articuladas con una colección de personajes que van de los lúmpenes del jet set vernáculo a una ex secretaria despechada.

Se funda entonces una maquinaria de horadar, que por supuesto no es nueva y que incluye muchos antecedentes en el pasado inmediato de la cultura social de Occidente, y especialmente de nuestro país. Indirectamente aludimos a la caída de la República de Weimar que dejó abierto el camino para el ascenso del nazismo al poder, pero también a los climas previos fomentados por agencias operativas de los intereses derrocadores, en el caso del gobierno de Arbenz –en Guatemala– y del candidato Gaitán –asesinado en Colombia en plena campaña electoral–, desde luego, siempre con climas en la prensa donde se hace cabalgar con mayor o menor grado de ingenio a los jinetes del Apocalipsis, pero con actos donde de repente se abren los enrejados de infinitas acusaciones de los ámbitos conservadores, de cuyas tinieblas puede emerger el revólver donde habita, como dueño del argumento seco, el disparo final. En nombre del saneamiento moral de la república se abrieron las compuertas para los peores regímenes dictatoriales. En nuestra realidad sudamericana, en ese mismo nombre se busca terminar con los proyectos de matriz popular y democrática que comenzaron al final de la década del ’90 con Hugo Chávez en Venezuela y que se continuaron en Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador, signando un tiempo extraordinario en la historia de un continente dominado y sumergido en la pobreza y la desigualdad por aquellos que siempre hablaron en nombre de la moral pública. En su nombre avanzó el golpismo en Honduras y Paraguay.

Estamos en tiempos diferentes, pero en los cuales una sutil forma de golpismo opera todos los días bajo el amparo de los nuevos estilos de escenificación, agrietamiento y cancelación de las creencias sociales. Ejemplos de esta actitud no son difíciles de encontrar en la historia de nuestro país. La campaña del diario Crítica en los años ’20 es un ejemplo característico y debe estudiarse en todas las escuelas de comunicación social. Más allá de la figura, curiosa e interesante en su excentricidad, de Natalio Botana, el diario salía con sus martillos cotidianos a perforar creencias cívicas con ejemplos resonantes de corrupción, ineficiencia, extravagancia del gobernante (la senectud de Yrigoyen) y la asimilación de sus partidarios al Ku Klux Klan. Hombres sinceros de izquierdas y derechas –que precisamente se congregaban también en la redacción de Crítica– adoptaban estas manifestaciones de ingenio metafórico del diario más popular, a fin de no sentirse expropiados en su conciencia si caía al fin y al cabo un gobernante llamado inepto –llorado pocos años después, en ocasión de su fallecimiento, por millones de argentinos, muchos de ellos embargados en un tardío y comprensible arrepentimiento–. Por cierto, estas corrientes subterráneas cuyo índice sísmico es la inmediatez del cuadro económico (la Argentina ha salido de crisis profundas, pero atraviesa conocidos problemas: para el primer caso no conceden reconocimientos, para el segundo ausentan toda clase de comprensión), operan como corrientes que siempre han actuado como terreno ya roturado para las aventuras contrainstitucionales, aunque pasan muchos períodos dormidos a la espera de sus irrupciones cíclicas en la historia nacional. Hoy regresan tratando de cerrar un tiempo argentino caracterizado por el avance poderoso de políticas de reparación social. Van en busca de la reconstrucción de sus privilegios y, para ello, no dudan en movilizar tanto los recursos de la espectacularidad televisiva como la complicidad de una oposición carente de ideas propias. La sombra del revanchismo social, esa que conocimos en 1976 y que acabó instalándose con el menemismo, se yergue como una amenaza contra todas las corrientes populares y progresistas y no sólo contra el Gobierno. ¿Comprenderán los genuinos demócratas que de triunfar la alquimia de vodevil mediático, intereses corporativos, gestualidad antipolítica y neogolpismo especulativo, lo que nos espera será nuevamente el vaciamiento de la vida institucional democrática y el retroceso social? ¿Entenderán que lo que está en juego es la propia idea de la política como instrumento emancipador? El aliento fétido de la regresión neoliberal sale de la pantalla impúdica los domingos a la noche.

No actúan con pruebas ni documentos irrefutables. Están antes de la prueba y el documento, en esa faja indocumentada (no que no los tengan en sus identidades propietarias, puesto que son los que más los poseen) respecto de qué es, qué fue, qué termina siendo un ciclo histórico en la Argentina. No actúan en nombre de lo justo, sino de una peripecia espiritualmente de las más complejas, llamando justicia al desequilibrio social que actúa a su favor, y llamando golpismo a lo que haría el Gobierno, a fin de justificar lo que con vergüenza en el decurso de los tiempos muchas veces terminaron acompañando, esto es, sus propios llamados golpistas sin precisar pronunciar ese mismo nombre. Lo hacen con la facilidad llamativa de haberse convertido en pobres comediantes de las derivas fatales de militares golpistas y ministros de Economía que revestían de argumentos nacionales un fatídico arte para la depredación de los recursos financieros, energéticos y económicos de la nación. Son actores de un relato que afirma la condición autoritaria y hasta dictatorial del Gobierno para generar las condiciones de una irrevocable restauración conservadora. Son quienes sin sonrojarse hablan desde sus editoriales de “terrorismo simbólico de Estado” utilizando la tribuna que se benefició del terrorismo real que durante la terrible dictadura de Videla le dio forma a la apropiación de una empresa que acabó en las manos de quienes construyeron el monopolio del papel para diarios en Argentina. El cinismo y la mentira como instrumentos de esa moral republicana que dicen defender.

Estas porciones no siempre pequeñas de la población han aguardado en sus reductos sentimentales, con su arte de mascullar formas de opinión que hacen al juego normal de la democracia, pero son multitudes disconformes de su propio lenguaje democrático, que no dudamos que lo tienen, pero como posesión particularista, sin animarse a definir lo democrático como lo justo y lo justo como la contingencia donde hay que decidir a favor del bien público siempre. Por eso tiene también el exceso respecto de ese lenguaje, una sobra inabsorbida por sus corazones que, por motivos no siempre incomprensibles, dudan sistemáticamente y a priori de las medidas sociales progresistas y reaccionan cuando perciben tropiezos, que es evidente que los son, que son sometidos a un sistema de magnificaciones e hipérboles donde todo es escandaloso y falso. Nada más impropio que a un país lo dirijan falsarios enmascarados. ¿Se precisaba el magno folletín que contara esta historia fantasmal con castillos draculianos y llamados telefónicos a carpinteros infernales que construyeran bóvedas, criptas o cúpulas salidas de un relato de Edgar Allan Poe, que los carpinteros de la utilería televisiva tratan de remedar entre risotadas?

Han descubierto una consigna que merece algún análisis, que es lo contrario de lo que aquí llamamos lo justo. Una consigna que tiene su vigencia absolutamente atendible en el momento del accidente lamentable y doloroso en la estación Once –“la corrupción mata”– y que parece resumir uno de los aspectos que contiene el golpe certero de un conjunto de problemas que ni son inexistentes ni admiten el sumario tratamiento cercano al de la justicia mediática que exige rapidez y se excusa de la falta de pruebas en nombre del difuso concepto con que han reemplazado al pueblo: “vos”. Pero aquí hay decenas de ciudadanos muertos, trabajadores que iban a sus lugares de trabajo y sucumbieron con una muerte absurda que no exime responsabilidades al Estado, los concesionarios, los operadores del sistema ferroviario en todos sus niveles. “La corrupción mata”. Es una verdad fundamental pero abstracta. Lo que critican es justo. Pero es lo justo a través de un encadenamiento argumental que omite eslabones fundamentales que, de no estar, toda sociedad sería imposible a no ser que esperásemos al Mesías que nos venga a salvar de esta estructura destructiva que conduce trenes, aviones, tratados internacionales, ómnibus de corta y larga distancia, subterráneos, ordena el cada vez más caótico tráfico callejero. Esa consigna, tan impresionante como es, no es un sinónimo del imperio de la justicia. Más bien es una proclama del Apocalipsis, donde según los sabios que lo escribieron el develamiento de cada sello, el misterio de las trompetas y las cifras cabalísticas llevan a erigir al cordero salvador mediante una Justicia rápida, encerrada en una creencia sin mediaciones, sólo basada en la facultad de la profecía. Todo resulta, desde ese enunciado catastrofista, un escándalo que demuestra, una vez más, que la responsabilidad de todos los males la tiene un gobierno que mientras anuncia que la pobreza desciende se dedica a construir bóvedas donde esconde las riquezas mal habidas. El vodevil televisivo, el stand up ingenioso, el improperio seudovirtuoso del periodista, puestos al servicio de una Justicia express que, una vez más, nos demuestra que todo está perdido mientras nos dejemos gobernar por un populismo de hipócritas. El añorado Capriles argentino se estaría preparando para venir a rescatarnos de tanta infamia. Su paridor, qué duda cabe, saldrá del espectáculo televisivo en el que la verdad siempre está siendo revelada.

Interesante ejercicio para los estudios serios de las relaciones que siempre se encierran en el magma profundo de las sociedades, aun las contemporáneas y protagonistas de la Revolución Industrial o informática. Pero la corrupción del capitalismo es silenciosa, no hay “amigos” allí sino “operadores”, ni toda impericia surge de los corruptos, que en todos los casos hay que identificar con pruebas. Si esa consigna la dijeran grandes filósofos de la moral, siempre que no lleven a que nos gobierne un nuevo Savonarola o la misma Inquisición, sería atendible. Pero en las sociedades democráticas hay recursos de investigación, juicios, sumarios y sentencias, que impiden la correlación rígida de estos dos conceptos. El corrupto que para serlo mata es tema de las novelas sobre el mal de los siglos góticos. Hoy, con esa frase se puede dejar de lado la verdadera corrupción de las grandes estructuras capitalistas de dominio para quedarse apenas con una serie de fotografías de casas solariegas de “nuevos ricos vinculados” que no hacen bien a los gobiernos, pero desvían la atención de las verdaderas incisiones que la lógica del Capital hace en la Justicia y en la Política.

No es justo que se empleen estos criterios para hacer de la Justicia una justicia mediática, sin pruebas, haciendo pasar todo discurso político por el cedazo del discurso cómico, de la afirmación desprovista de pruebas, de la manipulación de prejuicios sobre toda clase de funcionarios, y arrojando una sonora mácula contra las figuras centrales de este momento nacional, el ex presidente Kirchner y su esposa y actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. La acción no es nueva, pero lo novedoso es la recreación ficcional, el estilo de vodevil y de novela de terror gótico en la representación de las valijas de dólares, como utilería de la vieja tradición del circo-teatro, y del folletín popular en los bulevares de todos los tiempos. Si no tiene el menor sentido de lo justo, por lo menos tiene efectividad.

El impulso dramático que tienen estos métodos, que proviene del uso central de los medios de comunicación más entrelazados con una receptividad indignada (por razones ni siempre justas ni siempre injustas), pero que opta por una escena de truculencias que remiten a la clásica acusación del golpista que ve el origen de su insondable rencor en el supuesto golpismo de los otros. No admite ser un agente explícito de la libertad de expresión mientras dice que no la hay. Y así llega a instalar, como si sobre una entera ciudad se colocara una red de semáforos perfectamente coordinados, unas fuertes denuncias a la corrupción a través de técnicas folletinescas viejas y modernas. La espectacularización de las noticias en general exime de pruebas pero no de un monologuismo sostenido por escenas cómicas e imitaciones con propósito degradante, bien diferentes a la genuina crítica que los artistas del humor e ironía les han dedicado a los gobernantes, desde los tiempos del periódico El Mosquito, que actuó hace ya un siglo y medio en la política nacional.

¿Vivimos en sociedades sin corrupción? Esto no es posible afirmarlo. Pero es posible decir que la corrupción más importante –si este concepto ganara en tipificaciones jurídicas antes que en amorfas descripciones de comedia musical– es la que ocurre en las grandes transacciones capitalistas en materia de estructuras financieras ilegales, circulaciones clandestinas, excedentes que pertenecen a rubros invisibles de la acumulación de sobreprecios, instancias implícitas de gerenciamiento de dineros privados considerados como mercancía de las mercancías en pequeños países que no es que tengan sistema capitalista, sino que el sistema capitalista los tiene a ellos. Cuando la política se convierte en un engranaje subordinado que implica un eslabón implícito de remuneraciones de la circulación financiera, estamos en una sociedad que posee sólo formas democráticas ficticias. Esa es la aspiración de quienes están por detrás de ese denuncismo desenfrenado, ésa es la escritura que elabora los guiones del neogolpismo folletinesco. Su aspiración no es lo justo, su estrategia busca erosionar a quienes lograron cortar la hegemonía indisimulada de aquellos que convirtieron, durante décadas, al país en una agencia del capital financiero.

Se llaman noveleramente paraísos fiscales, con un eufemismo sorprendente, a formas nacionales o territorios sostenidos por una suerte de ilegalizada legalidad en el alto capitalismo. Nuestro país es soberano, y sus problemas económicos y sociales, que no son pocos ni desconocemos, del mismo modo que señalamos los logros de esta década, sus ámbitos de discusión, que deberían ser más amplios y sus falencias en el debate público son evidentes –sólo pensar en el nombre de la etnia qom basta para ejemplificar muchos otros casos– no puede limitarse a enlatados de televisión con novelas seriales de grosera comicidad, donde se filman casas de funcionarios –aunque es cierto que hay que ser austero– y misteriosas cajas fuertes –es cierto que salidas de la imaginación de alguien que vio las formas físicas en que se representan el poder en películas como Batman o James Bond–. Sólo en novelas de Ian Fleming las cajas fuertes, los documentos públicos, las bolsas de dinero están en las cajas fuertes del poder, pues ésa es la representación empírica y prejuiciosa de lo que es abstracto y no mediato. Del poder sabe bien Goldman Sachs o los grandes financistas que pueden desencadenar guerras sin tener siquiera un bóveda debajo de la escalera de su casa.

Pero sabemos que este conjunto de palabras apunta a erosionar la figura pública de un ex presidente, en una acción que se torna una respuesta de music hall para problemas que merecen otro tratamiento. La marejada política del país llevó a la ley de medios, ésta a la necesaria reforma judicial, ésta a la consideración de la vida cotidiana bajo la normativa de lo justo, ésta a la nacionalización de numerosas empresas públicas, y todo esto debe llevar a nuevos estilos de discusión, donde en vez de verse los Dragones del Apocalipsis escondidos tras cortinados donde defienden con arbitrios y trompetas bíblicas sus cajas empotradas, hay que ver un gobierno que atraviesa distintos momentos y distintas dificultades, todos propios de la vida pública compleja, mundial y nacional, y cuyas explicaciones son más que obvias, por más que muchas medidas no se perciban totalmente eficientes. Pero lo cierto es que, una vez más, no lo atacan por lo que hizo mal sino por todo aquello, ya consignado, que ha significado un cambio notable y positivo en la vida del país. Lo atacan, y esto más allá de los errores y de los aciertos en esta larga batalla política, porque saben que la continuidad de este gobierno amenaza, como nunca antes, sus privilegios. Lo atacan, hasta la náusea y utilizando todos los recursos a su alcance, por haber reinstalado, en nuestra sociedad, la idea de que lo justo no constituye una quimera inalcanzable o una reflexión académica, sino la práctica posible de un proyecto sostenido en los principios de la igualdad y la ampliación permanente de derechos. Lo atacan porque Videla murió en la cárcel y porque propone, con más costos que beneficios, que la Justicia puede y debe ser reformada.

Sin desconocer problemas, sin admitir que se violente la dignidad de la función pública, sin aceptar que bajo una cita de Jefferson o Madison se nos diga que no entendemos de los ordenamientos judiciales, que son producto de sociedades historizadas y no paralizadas por sus clases poseedoras, sin argumentar con excepciones vigentes sólo hacia nosotros mismos, todo ello nos habilita a señalar a una prensa que primero le dice golpista al Gobierno –como se lo dijeron a Yrigoyen para después poder golpear ellos– sin pretender que las instituciones están al margen de una vivaz discusión cotidiana, hacemos un llamado a quienes siguen formando en la consideración hacia este gobierno a pesar de su dificultades –que llamamos a discutir– y de las izquierdas democráticas a quienes llamamos a deliberar sobre la base de un mismo sentido común: el sentido de lo justo, madre de las inclinaciones históricas hacia un latinoamericanismo emancipado, una economía y tecnología sin agresiones al medio ambiente y un sector progresista de la sociedad que sin dejar de criticar a la corrupción, como nosotros mismos lo hacemos, no haga de este concepto una sentencia visual de jueces autoerigidos, de togados mediáticos donde en vez de pruebas necesarias, que lleven a prisión a quienes sea necesario, como en el caso Pedraza, sirvan apenas para la tarea menor de ser coadyuvantes de una comedia desestabilizadora que nos introduzca a una nueva tragedia argentina.

Pero también destacamos, con el mismo énfasis, que en la semana en que se cumplen los primeros diez años de este gobierno somos testigos de un país que ha logrado reencontrarse con aquello que se había extraviado, primero en la noche oscura de la dictadura y después bajo la impunidad neoliberal, y que fue recuperado por la voluntad de ese mismo hombre al que hoy buscan caricaturizar como si fuera el arquetipo del avaro y custodio de bóvedas donde se guardarían riquezas fabulosas. Nos referimos a un país que vuelve a colocar en el centro de sus disputas y debates las cuestiones fundamentales de la igualdad y de lo justo. Una década en la que la reconstrucción de la política se transformó en una de las claves decisivas para volver a soñar con un país más justo, libre y emancipado. Eso es lo que está en juego en esta hora preñada de dificultades y desafíos. Ellos, los inspiradores de tanto odio, lo saben: es ahora cuando tienen que golpear despiadadamente. Nada más horroroso, para su visión alucinada, que la consolidación y la ampliación de un proyecto que vuelve a hacer visibles a los invisibles de la historia. Eso, nada más ni nada menos, es lo que ha estado y sigue estando en disputa en esta década atravesada por cambios notables y nuevos desafíos que, eso pensamos, deberían, siempre, ir en busca de una sociedad más justa.

Conmoción en Tandil

Miércoles, 22 de mayo de 201301:00 | Informacion General

Un matrimonio se divorció por sus peleas por el kirchnerismo

Ocurrió en la ciudad bonaerense de Tandil. Ella miraba "678" y el ponía "A dos voces", cada uno en una pieza, y se peleaban en el pasillo.

Un matrimonio de 35 años de la ciudad bonaerense de Tandil se divorció "por razones políticas", según sostuvo el marido, a causa de las desavenencias que tuvieron con respecto al kirchnerismo de su esposa y a su antikirchnerismo.
 
"Nos separó el kirchnerismo, aunque a usted le parezca mentira", dijo Raúl al diario digital Portal de esa ciudad, quien no consultó a Teresa, para que contara la otra mitad de la historia del divorcio de la pareja.
 
Raúl es docente. Teresa es bibliotecaria. Ambos son vecinos del barrio La estación. La política no había sido, hasta hace un tiempo, un tema de discensos profundos. "Si bien es cierto que nunca conciliamos del todo, matizábamos las diferencias con humor. Desde 2003 que veníamos complicados, cuando yo lo voté a Lunghi y mi esposa, perdón, mi ex, a Bracciale. Pero ¿qué nos íbamos a imaginar entonces cómo iba a terminar nuestra historia?", se indaga, retóricamente, el profesor de La estación.
 
A lo Pepe Mujica. El cronista, escéptico, pregunta si no había alguna cuestión más de fondo horadando el tejido íntimo de la pareja. "Ninguna de las cosas que son graves para un matrimonio. Ni cuernos ni muerte sexual, por decirlo así. Nada. Veníamos bien hasta que apareció el Tuerto", agrede como si emulara a Pepe Mujica. La mención a Néstor Kirchner transfigura el rostro del docente. Después aclara que si bien no lo votó, Néstor tampoco le caía tan mal, sino que el asunto se agravó cuando llegó "la vieja" a la presidencia, vuelve a atacar como lo hiciera el presidente uruguayo en off. "Fue un proceso lento. Teresa se fue fanatizando con Cristina al mismo ritmo con que yo me iba llenando las pelotas, con perdón por la palabra", señala el docente.
 
Durmiendo con el enemigo. Diecisiete meses duró el conflicto político del matrimonio. "Lo peor es que al final ya discutíamos por cualquier cosa, pero lo más triste es que el mejor momento de la familia se arruinaba sin remedio. A la noche cuando nos sentábamos a cenar ella quería ver "678" y yo a "A dos voces". Primero compartimos el control remoto, en las tandas mirábamos un rato cada uno. Hasta que inevitablemente terminábamos a las puteadas. Al final yo terminaba comiendo en la pieza, sentado en la cama mirando el otro televisor. ¿Qué pareja puede aguantar así?", dice el ex marido de Teresa.
 
Desde la Asignación Universal por Hijo ("Que para mí es un estímulo a la vagancia y para mi ex es la medida más progresista que hizo Cristina por los pobres"), pasando por el conflicto con la Sociedad Rural, la ley de matrimonio igualitario, la ley de medios, el control cambiario, la estatización de los fondos jubilatorios y de YPF, la democratización de la Justicia y todas y cada una de las políticas implementadas por el kirchnerismo, el matrimonio no tuvo paz ni un solo instante de dicha.
 
"Lo peor de todo es que toda la vida leí el Clarín ¿sabe? Y de un día para otro a la señora se le antojó que ese diario nunca más iba a entrar en nuestra casa. El colmo fue lo que me dijo: «Elegí: o Magnetto o yo». Una locura total".
 
Los cortocircuitos se hicieron cada vez más feroces. El resto de la familia comenzó a involucrarse en las disputas maritales con resultados similares: Raúl se peleó con su cuñada y hasta con su hijo, "el del medio", cuando empezó a militar en la Cámpora.
 
Eran pocos y cayó Lanata. En un momento de la relación, el rechazo visceral y automático anuló a la fuerza de los argumentos: "Es probable que yo con Cristina tenga una cuestión de piel. Me parece arrogante y soberbia, no soporto escucharla. Pero el asunto llegó a un punto sin retorno cuando en el día sagrado de cualquier familia bien constituida, el domingo, apareció por la tele el gordo Lanata. Eso fue el acabóse, sobre todo para Teresa", cuenta el docente.
 
Cuando el periodista del monopolio Clarín habló de la supuesta bóveda de los Kirchner en el Calafate, los cónyuges —que estaban viendo el programa cada uno en su propia televisión— se cruzaron en el pasillo que conduce al baño ladrándose con la mirada, con un odio feroz, como si fueran dos enemigos conviviendo bajo el mismo techo.
 
El final se precipitó con naturalidad, el día después del dibujo de Lanata de la hipotética bóveda de los Kirchner; el telón cayó como una puerta vencida. "Así la cosa no daba para más. Teresa hizo el mate, nos sentamos a charlar y llegamos a la conclusión de que lo mejor era tomarnos un tiempo, por lo menos hasta ver qué nos pasaba una vez que dejáramos de pelear por política", dice Raúl. Y lo que ocurrió, a juzgar por su propia confesión, resulta tan increíble como cierto: "A los dos nos sobrevino algo muy parecido a la paz", revela. Raúl se fue a vivir a un departamento que había construido con la intención de alquilarlo a estudiantes. Y Teresa se quedó en su casa donde Pajarito, el canillita del barrio, ya no le pasa Clarín bajo la puerta.
 

miércoles, 15 de mayo de 2013

La vieja Argentina resiste


Hemos regresado (afortunadamente por un rato nomás) a la vieja Argentina. Aquella en la que los hilos de la política se movían leyendo las tapas y las columnas dominicales de uno o dos diarios. Esa misma Argentina que muchos no terminan de enterrar para dar paso a la nostalgia.

Primero acto:
Como en este circo todo nuevo número es bienvenido el pasado domingo Lanata decidió abordar como real una nota de Morales Solá en La Nación. Ya de por sí tomar como real algo escrito por Morales Solá es, como mínimo, circense. Parece que en la nota el quía alertaba acerca de la invasión K a la empresa C ¡EXPROPIACIÓN! La imaginativa producción de Lanata diseñó un final de programa en el que se logró condensar en justa dosis lo que hace a la “Cultura Clarín”: música luctuosa de fondo, primerísimo primer plano, conductor mirando a cámara. Allí Lanata se hizo eco de la pluma de M. Solá y, el momento más freak por lejos, llamó a “la gente” (los fans) a que “hagan algo” para evitarlo (¿cacerolazo, revolución, una troika half hair?). Ni que hablar de una recreación a lo Gelblung que se había mandado un rato antes.       

Segundo acto (al día siguiente):

Escenario: Telenoche. Concilio de cardenales (Bonelli, Castro, González, Pagni, Lanata, Alfano, M. Solá…) tratando la invasión K a la empresa C. Rostros serios, graves. María Laura con su carita y su vocecita de Caperucita a punto de ser devorada por el lobo; Biasatti con su única cara. Faltó nomás la fumata blanca.

Tercer acto:

Macri y su DNU para blindar a la empresa C de cualquier posibilidad de invasión K. Detalle: semanas atrás su propia policía apaleaba a periodistas en el Borda.

¿Cómo se llama la obra?

La vieja Argentina resistiendo. ¿Resistiendo qué? ¿Resistiendo contra quién? Crean el fantasma, le dan forma, lo echan a andar, lo replican, lo inflan, lo tornan cada día más horroroso y temible ¿y después? Después empiezan a tener miedo, mucho miedo. Entonces el miedo pasa a ser el tema principal. Gritan y alertan que el monstruo está pensando en devorárselos. M. Solá cierra su programa del lunes con un compungido “hasta la próxima, aunque no sé si habrá próxima”. Tremendo.

El DNU de Macri (un esperpento que seguramente le llegó redactado a sus manos) es para blindarse a sí mismo. Todo palurdo, por más cogotudo que sea, sabe que sin ayuda no podrá llegar a Presidente. A Macri le cuestan mucho más las alianzas políticas que las mediáticas. Si él ya no está sentado en el sillón falso de Rivadavia es por la Década Ganada; si hubiera nacido quince años antes, en la vieja Argentina, ya lo estaríamos padeciendo hace rato.

Sociedad del espectáculo:  

Ni una sola fuente real, comprobable, torna posible una invasión K a la empresa C. “Hay verdades que no necesitan certificarse”, dijo el inconsciente de M. Solá. Y así es. ¿Qué interés tiene una prueba real, chequeable? Ninguno. Los medios concentrados se han acostumbrado históricamente a hacer creer (y creerse) que la realidad es la que está escrita en el papel o mostrada en la tv. Lo de afuera es otra cosa pero no la realidad. En un punto no están muy equivocados: la realidad es una construcción. El detalle crucial es interrogarse qué hay detrás de los constructores de realidad. Hoy para ellos la realidad es la invasión K a la empresa C. En pos de esto hay que montar los escenarios, la musiquita y el vocabulario de fin del mundo, los rostros graves de los cardenales de la independencia periodística y el idiota útil (y astuto: Macri). En diez días, como mucho, toda esta puesta en escena pasará para darle lugar a otra. Y así. La vieja Argentina negándose a habituarse a la nueva, la vieja Argentina resistiendo con las mismas armas que otrora fueron efectivas, exitosas. Hoy, afortunadamente, las balas de fogueo ni siquiera asustan.           

lunes, 6 de mayo de 2013

ODIO


Es la otra cadena. Es la cadena de facto. Es la que no se anuncia ni se proclama de manera protocolar. En determinado momento, las señales “de noticias” del Gobierno cortan su programación habitual y se conectan con la Casa Rosada. Desde allí, ineluctablemente, llegan la palabra y la imagen de Cristina Kirchner. Esta semana fueron tres cadenas de facto (lunes, martes y jueves).

El dispositivo está lubricado y no falla. Con eje en el gubernamental Canal 7 (al que candorosamente medios no oficiales siguen llamando “televisión pública”, como si fuera una descripción neutra), cuatro de las cinco señales del género informativo se enchufan a la transmisión oficial. Esas señales, que de hecho maneja el Gobierno, no hacen el más mínimo esfuerzo por maquillar su condición. No van con equipos y cámaras propios. La emisión es unidireccional y central: sale de la Casa Rosada y los supuestamente privados CN23, América 24, Crónica, C5N y Canal 26 sólo se limitan a interrumpir su transmisión para permanecer encadenados a la Casa Rosada hasta que las verborreas presidenciales terminan.

En esas cadenas de facto, Cristina da la sensación de estar convencida de lo que hace y dice. Cree que le sirve, o le conviene. Son largos monólogos plagados de comentarios casuales que se ramifican sin pausa. Las cámaras de la Casa Rosada muestran siempre una platea masculina embelesada, sonriente y lista para aplaudir con entusiasmo.

A menudo, en estas videoconferencias a las que se hizo adicta, Cristina es acogida por barras juveniles que le juran ser sus pibes “para la liberación”. Los rostros de Amado Boudou y Carlos Kunkel descuellan entre los aplaudidores más fascinados. Ella permanece siempre enlutada sin visos de salir del color negro. Es el color al que ha adherido desde la muerte de su marido, el 27 de octubre de 2010. Es un luto llamativo y de una longevidad récord: ya lleva treinta meses vestida de negro, una viudez también llamativa.

Las caras de sus plateístas son especialmente reveladoras. El éxtasis de esos rostros se vincula con el deseo de ser vistos, de aprobar, de agradar, de ser considerados. A veces se detectan caras somnolientas o inconfundiblemente hastiadas, pero Boudou y Kunkel no fallan. El vicepresidente parece instalado en un nirvana de éxtasis cuando ella habla, gesticula, se pone y se saca los anteojos, manipula los micrófonos y hace alusiones directas a sus contertulios. Kunkel, uno de los diputados de la JP a los que Perón les pidió en enero de 1974 que se sacaran la camiseta peronista si no obedecían a él, se esmera por comunicar triunfalismo recargado en sus gestos.

Las cadenas de facto ratifican el carácter arraigadamente vertical de estas ceremonias. Esto es lo importante: los seguidores de Cristina se retratan como “soldados” de ella. Casi todos lo proclaman sobreactuadamente, como esta semana Gabriel Mariotto, quien confesó que hará siempre lo que ella mande, donde sea, cuando sea y como sea. A casi treinta años de democracia, el grupo gobernante exhibe un nivel tan rastrero de obsecuencia que impresiona.

En estas cadenas de facto, Cristina ejerce con pasión su cada vez más firme tendencia al castigo disciplinador. ¿Qué necesidad tenía de decirle en la cara a Daniel Scioli que le pregunte a su mujer Karina Rabolini quién es el joyero Bulgari? Simple: como Scioli recibe castigo en silencio y sin replicar, era una oportunidad para humillarlo en sociedad, una forma presidencial del bullying político.

Las cadenas de facto de la Casa Rosada también le permiten a Cristina ejercitarse en otra de sus pasiones: el sarcasmo exasperado, mecanismo que aplica por igual a periodistas, jueces, opositores y empresarios. Ese sarcasmo presidencial es un chasquido frío y doloroso; ella desenvaina y comenta lo que le molesta, con desdenes que revelan una ira profunda. Lo que tiene con la prensa es una cuita infinita, que no cicatriza ni amengua.

Tal como lo hizo en su época Néstor, Cristina no trepida en zamarrear a reporteros y cronistas que se le aproximan y a quienes despedaza desde su sitial inalcanzable de “presidenta de los cuarenta millones de argentinos y argentinas”, como grita desaforadamente su locutora de cabecera.

Hablar de Cristina Kirchner y sus prácticas presidenciales no es tarea menor. Tampoco son preocupaciones subalternas. La Argentina tiene al frente un régimen que ha ido dejando de ser mero gobierno convencional para mutar en máquina de poder.

Como la astucia presidencial no debe ser subestimada, la pregunta no es baladí: ¿por qué funciona así? ¿Por qué hace lo que hace? Algo debe ser dicho, por de pronto: la relación de Cristina con el narcisismo es importante. Cuando descerraja sus cadenas televisivas, siempre tiene al frente grandes monitores, ante los que se contempla a sí misma, probablemente fascinada con el fenomenal poder del que se vale desprejuiciadamente. Hay, además, otro elemento importante: ella y el grupo gobernante creen fuertemente en el carácter “pedagógico” de la línea que bajan desde las alturas.

Setentismo puro, no dudan de que una sociedad alienada y colonizada por los grupos hegemónicos debe ser pacientemente reformateada. De modo que, si no gusta la sopa, ¡más sopa! Tres cadenas de facto en una semana, además de la asombrosamente necia decisión de exhibirse junto al nada maravilloso boxeador Sergio Martínez, revelan un mareo importante. Nada para alegrarse; un régimen mareado en las alturas no es el mejor piloto cuando se va encapotando el cielo ante las primeras turbulencias.

Fuente.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Carta de VHM


Pablo soy yo, vh.
 
He leído tus correos y no puedo menos que envidiar tu autoestima. Estás a punto de alzarte con una pequeña fortuna en la zona liberada de los ataques a mi persona y te comportás con el empaque y la soberbia  de quien asume una tarea valiosa para la humanidad. Llegás a secretario de redacción de un diario pero los cuarenta o cincuenta mil pesos mensuales que ganás  llevan en el vientre la ambición de cambiar esa suerte cuando  los plazos empiezan a cumplirse. Entonces, ¿cómo despreciar la  recaudación de 20 o 30 mil libros vendidos a los foristas de tu diario y de Clarín? La palmada en el hombro de los Saguier que despejan el camino de las éticas molestas, de Magneto que siempre es una carta en la manga para tu futuro.
 
La entrada triunfal entre aplausos con Lanata, Majul y Fernández Díaz y el público aplaudiendo a ese héroe que venís a ser vos y que asume todos los riesgos imaginables en la aventura de despellejar al designado enemigo público de las corporaciones mediáticas. La publicidad del libro en TN, La Nación, Clarín, Perfil, gratuita, porque la mafia sabe a quién debe proteger. Y vos estás bendecido por ellos. Sos de las espadas filosas e implacables que los señores necesitan.
 
Son extraños ustedes los opustos del dei. Creen en Dios, pero no le temen. Estás lanzado a hacer un daño deliberado y cruel en un libelo del que sólo interesa la tapa porque las páginas serán previsibles y sólo servirán para justificar el agravio impuesto desde los afiches, los avisos, el facilismo de los comentaristas que adhieren a la causa. A veces nos sucede enfrentarnos. Fastidios momentáneos, pequeñas maldades que nos tributamos por vanidades heridas o ideologías que confrontan.
 
Entonces escribís una nota para mañana y lanzas una maldad. Nadie se priva de eso. Pero urdir un daño con avaricia a otras persona es un  cantar  diferente. ¿’No mirás a tu alrededor y sentís que las maldades se  pueden volver en contra?¿Tenés personas queridas, sobrinos, madre, pareja?¿Nada temés cuando preveés un daño? Es raro y envidiable. Me gustaría sentirme inmune a  la ira de Dios.
 
Uno de tus talentos es creer que no puedo llegar a vos. Te percibís intrascendente para la opinión  pública. Te pensás como un ratón que mira desde la cueva al gato impotente cuyos zarpazos dan en la pared. Considerás que tapas ingeniosas y ofensivas son exclusivas de tu genio. Y ni soñás con que un día las personas que te estiman puedan sentirse afectadas por lo que no importara si es mentira, con tal de que luzca creativo en la vidriera de una librería. Me subestimás. Porque aplicás la idea de que soy muy formal, muy contenido en mi vida profesional.  Espero que no tengas razón.
 
Pero abordemos lo que nos interesa en este inesperado contacto que iniciaste al ofrecer una entrevista para tu “libro”. (Vos sabes de cine, literatura, estás preparado, escribís bien: ¿no te hubiera aureolado mejor un libro sobre esas capacidades? Se trabaja más, se gana menos, pero es más digno de tu investidura en un diario importante.)
 
Yo digo que dado el volumen del ataque que como pilar tiene la palabra converso, necesito decir lo mío frente a cada argumento esgrimido para fundamentar el título. Para lo cual es necesario un tiempo indeterminado, hasta agotar los desacuerdos. Y es imprescindible que no haya edición, salvo para depurar el estilo, de lo que se converse entonces.
 
Vos decís que podés ofrecer una charlita de 45 minutos en la cual, dejando de lado “lo que ya se sabe de mí, porque lo digo todos los días en la radio”. Vos guiás el diálogo desde el conocimiento de los secretos del libro. Yo, inocente, colaboro  con tus hipotésis, ignorando qué hay detrás de la formal pregunta.
 
No es justo. Querés una entrevista que avale tu libro. Ser un periodista de ley que destroza el honor de un adversario con la aquiescencia de éste .O decir más tarde, que vos ofreciste a la víctima la oportunidad de hablar.
 
¿Tenés miedo a los insultos, decís? Amenazás con una minuciosa cobertura de  mi comportamiento si no es elegante… ¿Qué podría hacerte, Sirvén? Si revisás las peleas de mi vida con las cuales vas a establecer mi perfil psicológico, ocurrieron todas en desventaja. No le pegué nunca a un Sirvén como vos.
 
¿Alguna imputación liviana?¿Esbozar el perfil psicológico de alguien que
se ha ocupado enfermizamente de mi? Puede ser, no te lo niego. Pero con mucha delicadeza, eso sí. Hipocresía inglesa del tipo que describe Oscar Wilde te ofreceré. Podrás disimularlo con una sonrisita irónica, como dejándolo pasar, como que no vale la pena responder. Si vos sabés cómo soy, ¿verdad?
 
Lo que me interesa, en cambio, es aprovechar el tiempo para refutarte. Vas a dar a entender que me convertí por dinero a lo largo del libro. Una mezcla de ¿cómo se explica mi cambio con lo que en páginas anteriores o posteriores son los comentarios periodísticos que existen sobre mi. Los mails de los diez millones de dólares o de los chacareros. La denuncia de Magdalena sobre Bajada de Línea… lo harás con la pretensión de evitar juicios que desde ya no pienso iniciar. Lo que yo pretendo es dejar manifestado por qué eso es falso, y demostrarlo.
 
Decís que preferís que de esto no se haga un show. Es decir, deseás esperar tu propio espectáculo sin interferencias mías. Tiempo al tiempo. Que nada perturbe tu inspiración de las creativas semanas que vivís en la elaboración del panfleto. Hagamos o no la entrevista, no cuentes con eso. Disfrutá la publicidad que conlleva, aunque sea poca cosa, comparada con la que Magnetto y los Saguier  habrán de dispensarte.
 
Querés testigos. Te gustaría invitar a un periodista de los no estigmatizados ni de un lado ni de otro? ¿Estarías de acuerdo en que Martin, Varski, Andy, Casella, Siettecase, uno de ellos fuese el blindaje para obtener una buena calidad de diálogo?
 
Con respecto a tu mail de febrero 18, advertís que chequearías aunque sea “mínimamente las cosas”. Nada lanzarías a boca de jarro. Exigirte una responsabilidad  ”mínima” para buscar la verdad, parece impropio de un secretario de redacción.
 
Mencionás que me quiero victimizar. ¿Te parece que al cabo de mil páginas de los Magnetto, Saguier y Fontevechias, destrozándome cada día con la paciente masticación de un desdentado durante los años que sobrevinieron al Futbol para Todos y la Ley de medios, puedo pelear desde una trinchera tan escasamente honda?
 
Hablás de mi militancia diaria. ¿Quién me la ordena y por qué? A veces pienso que es mi libertad la que te mortifica. ¿Cómo puede ser que un individuo que vive de los medios haya despreciado toda chance de trabajar con el más poderoso desde hace más de 20 años, acusando de mafia al principal multimedio?¿Cómo un ser que vive del futbol se pelea con Grondona, la más aconsejable de las relaciones para tenerlo todo en esa
actividad? Soy libre, Sirvén. Una bestia enamorada de su libertad. Un peleador honrado como no conozco otra persona, sin poner en duda que pueda haberla. Pero hasta ese límite. Soy libre para pelear a Telefónica si es mi patrón aunque me eche. A Prisa, que lo es ahora, si no me gusta lo que dice. Al gobierno, si anda del brazo con la mafia de Clarín, a los Saguier si destinan a no menos de siete editorialistas para que me destrocen cada día, (Mariano Grondona en un editorial de La Nación dijo que soy de la mesa chica del gobierno con la presidenta y Zaninni y a la presidente le di la mano dos veces y a Zaninni una, sin llegar a tener dialogo con ninguno de los dos).
 
Y conste que gano con los Saguier la cuarta parte de lo que ganás vos (te están currando: reclamales un buen aumento que te evite libros que no podrás mencionar en tu curriculum) por hacer una columna que me piden de vez en cuando.
 
Hasta hubo alguien que dijo que cómo podía ser (no se si no fuiste vos) que yo siguiera trabajando allí, como si fuera yo el que se tiene que ir.
 
El 19 de febrero decís que hablé del libro que “junta basura”. Pasé por alto tus chequeos “mínimos”, pero sé cuál fue tu dialogo con Florencia Ibañez, sé lo que buscás. No entrevistás ni muy amigos ni muy enemigos, porque si hablaras con Paenza, Apo, Niembro, y cien como ellos, tendrías que avergonzarte de lo que pensás hacer. Te cubrís. Vos sabes que sé que a ellos no los llamaste. ¿Quién sabe si a los “enemigos”, no los hiciste desfilar?
 
El mismo 19 de febrero decís que para desilusión mía el libro no será un panfleto en mi contra. Se lo que estás haciendo estas semanas. Pero además sé cuál es el título. Y que debés justificarlo adentro: El converso. Desde ese trampolín, a qué podés llegar que no sea panfletario?
 
En una página hablás del dinero. En otra de las pautas. Creás la percepción y  jugas dentro de ella.
 
Querés saber en qué cambió VHM desde 2009.Te voy a decir algo al respecto sólo para  actuar sobre las partes sanas de tu conciencia. Y voy a empezar por jugar a que es verdad.
 
¿Y qué? En  2009 el gobierno tenía una imagen positiva del 22 por ciento. Saltó al 55 en 2011. Unos cinco o seis millones de personas cambiaron de opinión. Unos cinco o seis millones de conversos que fueron incorporando a su formación política datos nunca analizados hasta entonces: dónde radica el verdadero poder. El rol de los medios. El sombrío accionar de las  corporaciones.
 
Pero qué extraño cambio el mío en 2009. En febrero del año siguiente, durante dos mañanas fustigué a Nestor Kirchner por la corrupta compra de dólares  ara atesorar. Si se produjera la entrevista me importará llevarte lo que dije. Aunque me da una infinita vergüenza el trato que di a ese hombre. Caramba: ya había sucedido lo del Fútbol para Todos, ya estaba en marcha la Ley de medios. Habían transcurrido meses de todo aquello. Y el cooptado, el converso, volvía a decir barbaridades de los Kirchner. ¿Te das cuenta de cuanta libertad tiene mi vida? No habían podido ni las dos medidas más esperadas de toda mi vida. A la miércoles Estatización de las AFJP, Fútbol para Todos y la Ley de Medios si ese hombre había comprado dos millones de dólares para guardárselos cuando era él el primero en saber si había una devaluación.
 
Dos días inicié el programa destruyendo el honor de ese hombre, porque estaba mintiendo. Y no importa ya si era carne podrida la que yo había comprado y la fijación de agenda de los medios la que me arrastraba al infundio, a la altisonancia, a la desmesura.
 
Aun no se sabía que Skanska era un invento, desactivado por 25 peritos de la corte y la Cámara actuante. No era sabido aun que según la embajada de EEUU, Clarín retuvo la presunta información cuatro meses hasta que le fue oportuno políticamente y entonces le dio vía. Aun no había vuelto la plata de Santa Cruz. Aun no se conocía Argenleaks el libro de Santiago O Donnel que conoce todos los cables  secretos de la Embajada en Baires y el departamento de Estado. Y no se sabía por lo tanto que no hay un solo cable entre 2600 que no mencionan jamás que haya un episodio de corrupción en el gobierno argentino. Así que Kirchner, corrupto desilusionante, te regaló el FPT, y la Ley de Medios, la independencia del FMI, los juicios de Verdad, Justicia y Memoria.
 
Vos sos lo que estoy diciendo este lunes y este martes de febrero.
 
Me fui a la mierda, Sirvén. Pero en ese viaje que me duele aun en mi conciencia, era libre. Entendes eso?
 
Y cuando hablas del converso, sé que hablas del dinero presunto. La usina de Magnetto de la calle Perú, hizo llegar un mail a cuatro millones de personas diciendo que me habían comprado por 10 millones de dólares. Las personas firmantes no existen. Pero andá a  decírselo a los que, como piensan distinto a mí, necesitan castigar la osadía de mis ideas con esa infamia. Tampoco existen los chacareros de los cien mil dólares por una entrevista. Basta ir al Ministerio del Interior y chequear esas inexistencias.
 
Magadalena y La Nación introdujeron lo de Bajada de Línea. Tenés en mi página, los correos de más de un año antes de empezar el programa. Es lo más libre que puedas concebir como programa.
 
No hay quien pueda condicionar una sola opinión mía. ¿Por qué en vez de recoger basura en los zaguanes de los resentidos no entrás y leés en una hora la historia viva del programa? No podrías hacerlo. ¿Cómo avanzar  con El converso si te vas desautorizando?
 
La plata. Vos sabés, o podés saberlo, que en el 2009 yo era millonario. Creo que nunca un periodista de radio ganó tanto dinero como yo. No estaba expuesto a nada, Sirvén.
 
Y había hecho esa diferencia de dinero (bendito fútbol) sin darle la cola a nadie, nunca. Contra Clarín, la AFA, los clubes-Peleando por Bilardo, por Griguol, por Bielsa. Enojado con los árbitros cuando favorecían a los grandes. Desairando el hábito de hacer notas para subsistir. Contra la FIFA y de frente march a todo lo que fuera la corporación clarinista, así fuera el gobierno argentino.
 
Te voy a transcribir una fuerte contra  Kirchner de la que no me arrepiento. Mediados del año 2007. Cablevisión le había puesto el nombre Cablevisión al campeonato. Fue en Diario Perfil. En una parte, con relación a lo que entendía era la complicidad del gobierno, yo  escribo: “El gobierno sabe quién es Grondona, nadie puede no saberlo en el país. Trata diariamente con las empresas que lo dominan. Sabe cuanto grupo hay en el asunto. Pero no está dispuesto a dar la batalla. Sueña, quizás, con destruir a un gigante que, al final, lo sabe, le jugará siempre en contra, una vez consumados sus caprichos, y colmada su voracidad. Pero no se anima. El coraje del atril famoso (el atril de Kirchner) conoce sus límites. Es esa inteligencia su debilidad moral”.
 
Meses después Kirchner firmo lo de Cablevisión y Multicanal. ¿Cuánto no aumentarían mis críticas al gobierno? Mi subjetividad era la referida a un gobierno que protegía y negociaba con esa mafia. A lo que se sumaban las varias denuncias mencionadas sobre su carácter.
 
Cuando llegó el tema del campo y yo creí con todo mi corazón que se perjudicaba a los pequeños productores, que se trataba igual a los desiguales, mi desacuerdo con el gobierno por la alianza con Clarín y lo que me parecía injusto sobre Botnia, los dos temas más fuertes y condicionantes de la opinión en esos años, permanecí firme en la crítica. De la misma manera que pocos meses más tarde, alenté y participé con alegría de la lucha por la estatización de las AFJP. Debo decir que la confrontación por la 125 tiene también sus bemoles. En estos días pondré al aire notas de ese entonces. Verás, si escuchás, que el trato era mucho más equidistante que lo que se pretende recordar. Y me dio por escuchar esas viejas notas porque Martín Becerra me comentó que había elogiado  esa “equidistancia” en Pagina 12. Y encontré la referida nota hacia abril de 2008.
 
Un gobierno produce hechos que te sublevan o te fascinan. Cada día hay algo nuevo. Ningún juicio es permanente. Cuando el Dr. Alfonsín fue lapidado por Somos en el caso BCCI, y la mentira se sumaba a recuerdos como el del Pacto de Olivos no era, para mí que lo admiraba como a nadie, el mismo que demostró las mentiras de los medios y terminó teniendo razón con aquel pacto. De haber tenido programas del tipo del que hago ahora, hubiese tenido puntos de vista discordantes en el tiempo con respecto a esa figura excepcional?
 
¿Converso en cuál sentido?¿De crítico de esos acuerdos a la celebración de  que se le pusiera fin a semejante sociedad: poder mediático más el gobierno? ¿No hizo Cristina Fernández exactamente lo que yo reclamaba hacia años a través de lo de las AFJP, el fútbol y la Ley de Medios?
 
Se separaban los poderes. Se tenía el coraje, por los motivos que fuera, de dar la más grande y esperada batalla por la dignidad, según yo la concibo y la concebí toda mi vida: ¿podía quedarme afuera de la oportunidad de cambiar el país?
 
¿Se necesita un dólar para acompañar las decisiones del gobierno en la confrontación con los medios, 20 años después de encarada una lucha que me costó el desprecio de los más poderosos, decir siempre que no a las propuestas del sistema? (te invito a leer el prólogo de Adrián Paenza en un libro sobre mí que sale en estos días, narrando uno de los encuentros, uno que él presencio con TyC. Si querés te lo envío).
 
Cuando evitás hablar con los que me conocen de tantos años, lo que intentás es que no te pesen las manos por la vergüenza que te provocaría entonces el ataque para el que te preparás.
 
Los gobiernos producen hechos diferentes. Magnetto no.
 
Para encontrar conversos en los términos que me adjudicás, tendrías que mirar a tu alrededor. No te será difícil detectar alguno que recibió dinero de la Side (según Majul) de empresarios ladrones (segun él mismo) y finalmente de Magneto.
 
Un personaje que, como dijo Charly García, quizás estaba cansado de no tener un peso, de dejar tendales de compañeros abandonados, y que, al final, sin más caminos, se entregó a Magneto por la plata que siempre menciona cuando habla de mí.
¿En qué sentido “converso”? ¿Que pasé de la izquierda a la derecha, por ejemplo, cuando me convertí en millonario dentro de mi profesión? Si tengo en mi maletín esa prueba. Me da pena decirlo, pero hasta esa claudicación de la elegancia me permito para defenderme de la afrenta. He sido bastante distributivo en mi vida justamente por fidelidad a esa consigna.
 
Sigo siendo lo que fui toda mi vida. La repaso desde los 25 años y me encuentro siempre del mismo lado del mostrador.
 
Los archivos de la inteligencia de la dictadura uruguaya, que podés ver en mi página, o en nuestro encuentro si se produce, mencionan constantemente mi pensamiento de izquierda. Desde 1973 hasta 1986, soy para la dictadura un zurdo, que siempre esta con zurdos, que trabaja para “espías comunistas”, que da micrófono a los exiliados, que visita zurdos en huelga de hambre, que hace campaña para que Uruguay vaya a los juegos de los comunistas de Moscú. “Campaña”, dicen, para asentar la observación de que soy un zurdo que desprecian claramente en el tono de lo que escriben en el seguimiento de todos esos años. Por cierto que eso habita mi maletín, al que te referís con una ligera sorna (personas como vos, acusaciones como las tuyas, me han colocado a la defensiva).
 
Y cuando llego a la Argentina, los reportajes hablan de un hombre de izquierda, y es saludado por los hombres de izquierda, y relata goles jugando con “a desalambrar”, en lo que eran también tiempos de dictadura… decadente en la Argentina, pero dictadura al fin.
 
En 1997 escribo un libro rotundo contra el liberalismo, llamado Un grito en el desierto, un libro concebido en soledad en los tiempos del aplauso fácil al genocidio de las políticas de entonces. Y en 1999 soy el rostro visible de la publicidad del Frente Amplio uruguayo. Y en 2004 me ofrece Tabaré Vázquez ser funcionario de su gobierno. Y ese mismo año Kirchner a través de Miguel Nuñez, su vocero de entonces, me ofrece la Presidencia de ATC.Y esa invitación demuestra que nada tuve contra el gobierno de Kirchner, mientras no lo sentí un cómplice más de los grupos mediáticos dominantes.
 
Dije que no porque yo no serviría para eso, pero sobre todo  para no perder mi libertad, ese eje de la vida del que no me separo.
 
Mi voz es la que más se escucha, decís. Conozco el juego. Te voy a enviar lo que dije de Kirchner aquellos días de febrero. Un gobierno que yo consideraba entongado con Clarín, no es lo mismo que el gobierno que ahora quiere  construir una sociedad en la que las corporaciones no sean las que condicionan nuestra vida.
 
Un gobierno que hacía política hacia adentro con Botnia, no es igual que el  que lucha codo a codo con el Pepe Mujica por una América más inclusiva. Hay una nota escrita en La Nación, cuando no era ese diario una extensión de Clarín, respecto al tema Botnia. Ahí encontrarás “mi voz” crítica.
 
No hay, salvo la desmesura que reconozco entre mis defectos visibles, un juicio que deba cambiar. Siempre dije lo que sentí. No he modificado mi manera de ser. El país se adaptó mucho mejor a mi vieja lucha contra las corporaciones mediáticas.
 
Pero si cada elogio o crítica al gobierno te hace un converso cada vez, te diré que un tipo de izquierda, un opuesto, podría verme ahora como alguien que está contra el gobierno. Sé que no conviene a tus planes. Que el negocio que intentás va por otro lado. Pero si la obsesión por verme parte del  gobierno, porque esa es la kriptonita que lanzan sobre mi credibilidad, no los cegara, podrían apreciar que en los últimos meses, empezando por estos días, opino que -si se pide la expulsión de Menem el gobierno debe votar para concederla.
 
-estoy contra la ley antiterrorista, (aunque me reservo el derecho a cambiar de opinión si en efecto está sirviendo, como dice Sbatella, un funcionario que aprecio desde que se fue del gobierno, disgustado con Kirchner cuando la operación Cablevisión-Multicanal)
 
-de la ley de las ART
 
-del acuerdo con Monsanto
 
-del traspaso de los fondos del Banco Ciudad
 
-del voto de los extranjeros al cabo de 2 años (me permito una revisión ideológica en estos días influido por un artículo periodístico muy valioso, contrario a mi punto de vista)
 
-de la falta de decisión para encarar la ley de aborto no punible.
 
Hay varios temas más en los que manifiesto desacuerdo o recelo, pero ¿qué pasaría si todos o una buena parte, fueran resueltos de  acuerdo con lo que he manifestado?
 
¿Debería seguir estúpidamente en contra?
 
“Y luego si queda tiempo vemos lo que él quiera o agrega algun tema que se le ocurra”,  decís, al poner las condiciones. Si queda tiempo del tiempo que vos asignás, decís. Envidiable arrogancia.
 
“La palabra converso tiene un desarrollo sorprendente en el libro”, decís.
 
¿A quién le importa lo de adentro con un “afuera”, una tapa, que no sólo establece la prematura rendición de todas las defensas del lector, sino que necesitará su justificación en el andar del libro?
 
He sido extenso lo sé. He querido que entiendas que tu ofrecimiento de una conversación limitada a tu interés, que desahucia mi necesidad de argumentar, de discutir de buena fe, no sirve si no es a fondo, sin tiempos, y con la obligación asumida  por vos de publicar cada palabra, sin otro límite que lo acordado por cuestiones de estilo.
 
No pretendas que yo sea tan solo un aval para tu periodístico trabajo en el que no debería faltar una nota al personaje central. Luchar contra ustedes, los grandes jugadores como los Saguier y los Magnetto, y los gendarmes de sus intereses, es una especialidad. Convivo con la derrota cotidiana que me infligen. Y en el vientre de esa derrota, está mi dignidad.
 
Lo que me ofrecés es un trato miserable para mí, en caso de aceptarlo.
 
No tengas ningún temor, ni lo finjas.
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