martes, 22 de abril de 2014

La Gente

Está en la voz de casi todos; en la televisión, en la radio y en la prensa escrita a cada momento asistimos a su apelación: “la gente”.

Todos hacen decir a “la gente” lo que cada uno cree que siente o expresa esa porción indeterminada de personas que hacen al colectivo (¿?) “la gente”; en realidad todos hacen decir a “la gente” lo que a cada uno le interesa que “la gente” sienta o exprese.

“La gente” funciona como una suerte de validación más o menos incuestionable: lo dice “la gente” y ya ¿cómo atreverse a contradecir? “La gente” juega a funcionar como una noción sustituta de “la mayoría”. Cuando escuchamos “la gente” podemos sospechar que quien lo dice lo dice como resultante de una exhaustiva encuesta en toda la sociedad: “es lo que la gente está pidiendo”.

“La gente” es un sucedáneo generacional de “el pueblo”. En los 70 las izquierdas locales aludían a “el pueblo” tanto como hoy se convoca a “la gente”. “Es lo que el pueblo está pidiendo”, “la lucha del pueblo”, “el pueblo llama a la revolución”. Los líderes revolucionarios no dudaban un segundo en estar interpretando fehacientemente la voluntad de “el pueblo”: siendo exégetas de “el pueblo” es que tomaban sus decisiones. Ya pudimos comprobar que resultó de esa creencia.

“La gente” es una suerte de naipe comodín, multiuso. Su apelación juega a producir puro consenso: “es lo que la gente en la calle pide”. Los mismos que hablan de “grieta” hablan de “la gente” como una noción maciza, homogénea, fácilmente ubicable. ¿En dónde es que operaría, entonces, esa “grieta”? Si la sociedad está partida por una grieta ¿cómo “la gente” se presenta como una idea uniforme?

Un uso abusivo de “la gente” suele ser el de trasladar pensamientos o ideas de uno a esa entidad en definitiva híper anónima que es “la gente”: no lo digo yo, lo dice “la gente”. Mirtha Legrand es una especialista en esto: ella es LA exégeta de “la gente” (uno se la imagina traqueteando las calles del país empapándose de “la gente”). Especialmente la televisión es la que nos ofrece el uso más indecente de esta modalidad.

El trayecto mediático de “la gente dice” es más o menos el siguiente: en los medios hegemónicos se comienza a germinar un rumor (“hay gente que dice…”) que no demora en caer a la calle y desparramarse para luego volver a los mismos medios bajo el formato de “en la calle la gente dice”. Es decir, un bumeran que comienza y acaba en el mismo sitio. La mejor explicitación de este trayecto está en este breve texto: En Australia no se consigue, de Verbitsky.   

Muchas veces se me ocurre pensar que todos los que dicen “la gente” son los mismos que utilizan “sentido común”: “este país necesita sentido común”; “es una cuestión de sentido común”, etc. Dicen que fue Barthes el que dijo que el “sentido común” es el menos común de todos los sentidos. La idea que pretende invocar la frase “sentido común” es desde todo punto de vista inviable, hasta absurda. ¿Común a quién o quiénes?

Con “la gente” sucede algo similar. Siempre me da la sensación que cuando un tipo en la televisión dice “la gente quiere…; la gente pide” se está refiriendo a no más de diez o doce personas con las que se vincula en la cotidianidad. Es un recorte universal que se hace a partir de la voz de no más de veinte tipos.

Están, finalmente, los que no dudan en emparentar los resultados de las mil y una encuestas que se hacen a diario con la voz, unívoca, de “la gente”. Como si todas estas encuestas ofrecieran un exacto resultado y no, como la realidad demuestra, muchos y bien diferentes.

“La única verdad es la realidad”: he aquí otra falacia de adopción multiuso. Hasta el más gorila acepta citar a Perón con este apotegma. No advierten, eso sí, que si algo lo destacaba al General por sobre el resto era su infinita capacidad de persuasión en la negociación (el año 45 fue esencial en esto). Podría decirse que el truco consiste, primero, en hacer una descripción de “lo que sucede” sin nombrar la palabra “realidad”, para finalmente lanzar la frase “la única verdad es la realidad”: la que te acabo de contar.

Creer que la realidad contiene una sola versión monolítica es semejante a creer que “la gente” refiere a una sola voz, homogénea y clara y que “sentido común” responde a una lógica colectiva, masivamente consensuada. El lenguaje está lleno de estas expresiones vacías de sentido que pugnan por presentarse como verdades reveladas de la cultura.   

sábado, 19 de abril de 2014

Intratables (por C. Barragán)

EL CUPO

¡Alegría! El programa Intratables de Santiago del Moro parece ser el nuevo foro democrático donde podemos asistir al mejor pluralismo televisivo. Ahí podemos encontrar desde un Alfredo Casero hasta un Luis D´Elía, pasando por Jorge Yoma, Massa, De Narváez, Altamira, Insaurralde, y otros. Pero Intratables no sólo hace gala de esa pluralidad de bazar a la hora de las invitaciones, también parece plural en su estructura donde cuenta con un panelista diferente encarnado en Diego Brancatelli. Brancatelli funciona ahí como la palanca que pone en marcha la falsa democracia del programa cuando Del Moro decide escuchar y presentarle a su audiencia al “fenómeno”, el kirchnerista, el peronista que muchas veces es acompañado por la marcha ad-hoc en un gesto de sarcasmo que es festejado por el resto del grupo conformado por panelistas normales. Digamos que Intratables es un programa normal, hecho por gente normal, menos uno –Brancatelli- que vendría a ser el que cumple con el cupo de discapacitados. Un hecho que Del Moro asume con paciencia y responsabilidad como lo haría cualquier patrón sensible a las leyes laborales. En este caso las leyes del rating.

En Intratables nunca se presenta a cualquier otro panelista como el radical Mengano, el fascista Zutano, o el ignorante tal, el acomodaticio tal, el gorila tal, el trosko tal, o el boludo tal. Sólo Brancatelli necesita ser adjetivado y encuadrado en su pertenencia política que lo destaca como una deformidad dentro de un grupo normal de personas normales. Hasta Alfredo Casero zafa de calificativos y se vuelve normal, como un día se volvió normal el ex-anormal Lucas Carrasco con el sencillo expediente de sentarse ahí y no decir nada que favoreciera al gobierno sino todo lo contrario. Nadie se ríe de ellos, nadie les pone una marchita, se los deja hablar amablemente, y el trato es el que se le dispensa a cualquier persona respetable u opositora, que son sinónimos.

En realidad la lógica que impone Intratables es la misma que podemos ver en los medios más poderosos. Sólo el oficialista Brancatelli es sospechado de recibir dinero de manera espuria, y sólo a él se le pregunta cuánto gana y cómo lo gana, y para qué se lo pagan. Los demás pueden decir lo que quieran, operar para el candidato que quieran, sumirse en la imbecilidad que quieran, bajar la línea política que quieran, que eso jamás supondrá una sospecha sobre las intenciones íntimas o los objetivos no dichos que figuran esos discursos. Y mucho menos se indagará sobre qué ventaja monetaria les trae realizarlos.

En términos televisivos uno diría que Brancatelli es a Intratables lo que Pardini es a Duro de Domar. La diferencia es que en DDD Pardini está ahí para generar alguna polémica y nunca para ponerlo en la picota de la desconfianza y la corrupción. Diríamos que Pardini funciona en el grupo como el amigo diferente, mientras que Brancatelli funciona como el enemigo diferente. Al primero se lo escucha con cariño y con ganas para ver de qué manera se le devuelve la pelota, al segundo se lo tapa con las voces normales para después sospecharlo de corrupto como el gobierno al que apoya. En DDD Pardini participa de la relativa anormalidad del grupo, en Intratables Brancatelli garantiza la absoluta normalidad de los demás exponiendo su deformidad K.


DEFENSA DE LA NORMALIDAD

Después de tantos años de pelearnos contra la hegemonía de la lógica liberal en los medios hay que asumir que fue poco lo que pudimos hacer para cambiarla. No es un cambio ver a uno de los nuestros metido entre esos normales de siempre que saben transitar desde 678 hasta aterrizar en el programa de Luis Majul, como es el caso de Oliván. Ella es la muestra perfecta de quien supo salvar su normalidad a tiempo, y comprendió pronto que para seguir perteneciendo a la corporación periodística debía abandonar la conducción del monstruo y renegar de cualquier pretensión de cambiar o al menos criticar esa lógica de la dominación que hoy se reproduce en Intratables.

La normalidad de siempre es lo que Del Moro logra conservar en cada emisión de su programa. La normalidad de siempre es lo que se refuerza mostrando a Brancatelli como lo que no es normal. La normalidad de siempre es la que diferencia al “vecino” que lincha, del “delincuente” linchado. La normalidad de siempre es la que le permitió a nuestra clase media sentirse exenta de lo que ocurría durante la dictadura del 76. La normalidad de siempre es Massa. La normalidad de siempre es Mercedes Ninci. La normalidad de siempre es Clarín con las medialunas del domingo. La normalidad de siempre es que somos un país de mierda. La normalidad de siempre es el humor de Borenzstein. La normalidad de siempre es Bonelli. La normalidad de siempre es que nos dejen ahorrar en dólares, que la sirvienta trabaje en negro, que los poderosos escriban sus leyes, que el gobierno es un gestor al que contraté votando, y que lo privado es más transparente y limpio que lo estatal. Pero sobre todo, la normalidad de siempre es que los medios de comunicación sepan instruírnos sobre qué es normal. Esa es la lucha que nunca abandonaron –la de ser nuestros instructores- porque saben que la clase media burguesa y quienes la ansían son muy sensibles a que los consideren seres anormales, incorrectos, kirchneristas. Ese terreno fértil sobre el cual trabajan es lo que les da energías y esperanzas en volver a tener un país como el que tenían. Y yo no sé si estamos a tiempo o no de dar vuelta la pelea, pero eso no me influye a la hora de seguir peleando por la anormalidad general. Supongo que a Brancatelli le pasa lo mismo.
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